
POP ROCK MELANCÓLICO. Aquí hay un giro claro en el sonido del grupo. Aunque la melancolía sigue bañando a cubetazos las atmósferas, se aprecia un endurecimiento en forma de guitarras eléctricas y una actitud que a veces casi bordea el rock. Unas maneras más enérgicas para envolver el cripticismo y el misterio de una banda que seguía empeñada en sonar como nadie más.
Un giro con el que iban a enfilar su época más exitosa, la cual culminaría en su siguiente largo, Coge el viento (1989), y que aquí da sus primeras muestras de expansión con gemas tan inolvidables como "La tierra de los sueños", "Cuatro direcciones" o "Es un teatro". Tres de las canciones más emblemáticas de la banda y los auténticos motivos para emocionarse con un disco que acaba siendo demasiado irregular como para que podamos decir que no echamos de menos la finura de Armarios y camas (1986).
Todo porque, aparte de los temas mencionados, hay muy poco a lo que agarrarse en un trayecto en el que también hay demasiadas cosas que no encajan por muchas vueltas que les demos. A este escueto y magro haber añadiría el tintineo lánguido y empañado de "Zambullirte", el misterio acuoso de "Nunca he entendido a las sirenas" o la melopea vitalista de "Sombreros empapados", pero absolutamente nada más. Esa es la pena y lo inevitable de uno de los dúos más inclasificables de toda la historia de nuestro pop.
★★★☆☆
A1 Un sendero 3:30
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