KRAUTROCK. Los dos primeros discos de Kraftwerk comparten algo más que la estética exterior. Si los alemanes se decantaron por repetir la portada cambiando los colores, debió ser porque el contenido también tenía mucho que ver. El segundo prolonga lo propuesto en el primero de una manera categórica. Un retrato fidedigno del momento vital de unos músicos que no estaban empezando, pero que con este nuevo proyecto que comenzaban estaban más que dispuestos a encontrar por fin su voz.
Una voz que trataron de hallar en los repliegues mántricos y psicodélicos del krautrock más canónico. Sí, si como yo has oído que meten a Kraftwerk en este saco, y después de tragarte sus joyas más definitorias, de Autobahn (1974) a Die Mensch-Maschine (1978), no puedes entender que los etiqueten así, es porque no te has topado aún con sus dos primeros álbumes. Dos rodajas complementarias que tratan de conjurar el mejor rock ambiental del momento, eso sí, sin sacar los pies del tiesto ni un poquito respecto a lo que hacían Can, Neu!, o en terrenos más kosmische, Tangerine Dream.
Ahí está el problema con unos álbumes que buscan nuevos caminos para el sonido, nuevas formas de fabricar música algo alejados del rock y sus poses. Esta idea será clave para la banda, todavía dúo aquí, y aunque se les percibe algo perdidos y lejos de lo que pretendían conseguir, ya se nota que los manierismos de la música popular y ese limitarse a los instrumentos que todos relacionamos con el rock no iba con ellos. A la luz de estos experimentos, nada ingenuos por cierto, no podíamos imaginarlo, pero el tiempo iba a darles la razón en sus ideas. Más pronto que tarde.
"Tocamos con máquinas, pero las máquinas también nos tocan. No podemos negarlo como hacen en la música convencional. Ahí el hombre está considerado siempre superior a su máquina, pero no es lo mismo aquí. La máquina no debe hacer solo su trabajo esclavo. Intentamos tratarlas como colegas. Ellas intercambian sus energías con nosotros." (Ralf Hütter)
★★☆☆☆
Total: 39:39
Total: 42:42
No podemos dejar de lado el hecho de que entre estos dos discos hubieran pasado dos años. Un tiempo demasiado largo como para suponer que las cabezas siempre en ebullición de Florian Schneider y Ralf Hütter se hubieran quedado estancadas.
Es cierto que he calificado a estas dos obras como un cojunto inseparable, algo que está más que aceptado por la mayoría de los fans de la banda. Eso no quita que se trate de obras diferentes entre sí. Hasta el punto de que muchas veces me pregunto si no será exagerada la conexión que establecemos entre ambas. Tal vez sería más atinado el decir que son complementarias, porque no hay que pararse mucho para ver una evolución clara entre una y otra.
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Mientras que el primero es más decididamente rock, más psicodélico en el sentido más clásico, un auténtico producto del krautrock de la época, el segundo es más experimental, más pausado y más plagado de esos silencios que son los que acaban esculpiendo su unicidad. Una obra más difícil a todas luces, más seria y más dura para el oyente casual. Un disco que, por un lado, parece menos exitoso en cuanto a conjunto de canciones de corte popular, y por otro abre multitud de nuevos caminos para lo que vendría después. La prueba irrefutable de que Kraftwerk siempre han ido evolucionando, de manera lenta pero inexorable.
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