THRASH TRIBAL. Doloroso y adictivo a la vez. Se
atreven a experimentar y les sale su criatura más perfecta, si es que
esta palabra tiene alguna utilidad para describir a estos brasileños. Roots muestra un afán por domeñar y filtrar la perfección del caos: tormentas de feedback puro y ruido blanco, percusiones tribales, actitud hardcore y recitados animales emparentados con el rap. En su Electric Ladyland (Jimi Hendrix, 1968) particular apenas hay riffs metálicos clásicos, sino atmósferas vegetales cargadas de estática.
En
su obra magna, la Amazonía arde desde las mismas raíces (sangrientas
raíces). Porque no se podrá exagerar jamás la influencia que ha tenido
Brasil, su enormidad, sus selvas y sus tribus en este disco. No solo
porque participe un personaje como Carlinhos Brown ni porque la tribu
Xavantes intervenga de manera estelar. Hay un latido primario en el
disco y hablo del magma rítmico del señor Igor Cavalera. Él solo se las
arregla para que esto suene caliente, desbordante y salvajemente latino.
Todo un orgullo que no consigue enmascarar ni la guturalidad de Max, ni
las intervenciones más o menos afortunadas de Mike Patton o Jonathan
Davis, ni esas guitarras acojonantemente ruidosas.
Creo que lo he
dejado claro. Este disco es mucho. Ha exportado una idea de Brasil al
mundo. Una idea nada convencional. Una idea que asombra y engancha por
aplastamiento. También es el disco de la ruptura y del callejón sin
salida. Aquí rompieron definitivamente con sus fans de toda la vida,
aunque se ganaron muchos otros acostumbrados a una dieta variada y no
siempre cercana al metal. Y también rompieron la formación clásica con
el abandono posterior de Max Cavalera. Parece claro que en esta obra
todo se les fue de las manos. Se ve que se vaciaron aquí. Roots se convirtió sin pretenderlo en una apuesta a doble o nada con demasiadas ganas, demasiado ardor y demasiado caos.
★★★★☆

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