Destacaría una "Heureuse" que te mete en faena como ninguna, una juguetona "C'est à Hambourg", esa infalible "La goulante du pauvre Jean" y el rajo portuario de esa maravilla que es "Padam padam". Lo demás bascula entre lo inocuo y lo notable. Tampoco importa mucho, porque al final siempre es un deleite sumergirse en los requiebros imposibles de una de las mejores voces de la historia.
Un disco interesante de la más grande. Incluso podría decir que un buen disco. Sí, sin más.
★★★☆☆
Total: 33 min.

Olympia 61 (Édith Piaf, 1961) [DIRECTO]
CHANSON. Registro histórico de la Piaf en el templo sagrado del Olympia parisino. El segundo que publica, dando fe esta vez de su espectacular madurez en un concierto sobresaliente. En él da rienda suelta a sus mejores dotes interpretativas y deja espacio para todo, errores incluidos. Me refiero exclusivamente a ese inicio en falso en "Mon Vieux Lucien", un fallo tan encantador que se hace hasta necesario. Un fallo mínimo que nos recuerda que la cantante regresaba al Olympia después de algo más de un año de enfermedad.
Sin detalles como este, todo sería demasiado higiénico, demasiado perfecto, demasiado en su sitio. Ni afecta al resultado ni lo araña. Más bien lo mejora, porque no es sino la prueba fehaciente de una decadencia física que, en todo su poder desgarrador, apenas puede herir la potencia infinita de la gran dama de la chanson. Así de superlativo está el gorrión de París en su entorno, un hábitat que venía dominando ya durante casi tres lustros. "Mon Dieu", "Les flons flons du bal" o esa extática "Non, je ne regrette rien", que acababa de grabar poco más de un mes antes, atestiguan el poder supremo de una de las más grandes en un momento de gloriosa emoción.
Precisamente, la interpretación de esa canción, que se convertiría en su sello personal para siempre, fue definitiva para encumbrar a este disco como el documento histórico que es. Por un lado, nos mostraba a una cantante orgullosa de su legado y dispuesta a no dar ni un paso atrás a pesar de su fragilidad. Por otro, Piaf moriría a finales del 63, alrededor de dos años y medio después de este recital. Dato que convierte al concierto y a "Non, je ne regrette rien" en su testamento musical, en una despedida que resume toda su vida.
El símbolo de esa cima inalcanzable que toca con las dos manos en una actuación en la que sentimos en todo momento que estamos a los pies de la eternidad. Algo que podemos vivir muy pocas veces con un disco en directo. Por eso, este, no lo olvidemos, es gigante de gigantes.
★★★★★
A1 Les mots d'amour
❤ A2 Les flons flons du bal
A3 T'es l'homme qu'il me faut
❤ A4 Mon Dieu
A5 Mon vieux Lucien
B1 La ville inconnue
❤ B2 Non, je ne regrette rien
B3 La belle histoire d'amour
B4 Les blouses blanches
Total: 35 min.
A veces un disco puede ser perfecto para nosotros a pesar de estar lejos de la perfección técnica o de otros tipos. Ese es el caso con este directo. Hay problemas con los cambios de volumen en el público entre canciones y, a veces, incluso el final de la pieza queda amputado en plena explosión de sonido por unos aplausos que se nota que están pegados a destiempo. Esto último es especialmente notorio en el final apoteósico del concierto, el cual debería haber sido otra cosa y nos deja en un coitus interruptus que nos hace plantearnos la grandeza del documento.

Y aun así, analizando y disfrutando lo bueno que hay, tengo que admitir que es mucho, demasiado. El susto que nos da la Piaf cuando se para en mitad de canción en "Mon vieux Lucien". "Remarquez, j'me suis déjà trompée hier. J'vais la recommencer encore une fois, parce que faut que j'me guérisse de ça, sinon je la chanterai jamais. // Fíjense, ya me equivoqué ayer. Voy a empezar otra vez, porque tengo que curarme de esto; si no, no la cantaré nunca", dice antes de retomar el tema. Algo que habla de la capacidad de resiliencia de la artista y que ha quedado grabado para siempre en este álbum.
También podría hablar de la interpretación, pero creo que es superfluo, cuando todo el mundo es consciente de la calidad superlativa de la Piaf sobre un escenario. Aquí se da en grado sumo, y aunque la interacción con la orquesta no es lo perfecta que desearía, creo que es más bien un problema de los medios técnicos del momento y, además, eso acaba dotando a este documento de una humanidad inimitable que todos persiguen, pero que es muy difícil añadir si no se tiene de serie.
Por último, tengo que hablar de la narrativa del disco, que es lo que creo que lo hace realmente especial. Antes he dicho que yo, como mucha gente, preferiría que "Non, je ne regrette rien" cerrara el álbum. Sin embargo, de esa manera nos perderíamos ese descenso a los infiernos que nos cuenta la artista en las dos últimas canciones. "La belle histoire d'amour" es justo lo contrario que promete el título: una historia de amor que pertenece al pasado, a la que se agarra la protagonista, pero que no va a volver. Puro desgarro reflejado en una música en la que la orquesta parece estar clavando los clavos de un ataúd a base de estacatos brutales.
Hablábamos de descenso a los infiernos, el cual se materializa con la canción de cierre, "Les blouses blanches". Una canción que narra la experiencia de una mujer internada en un psiquiátrico. "¡Yo no estoy loca!", repite compulsivamente mientras le obligan a vivir "con los locos". ¿Se relaciona todo esto con sus estancias en el hospital? ¿Con su declive físico? ¿O refleja el hecho de sentirse un bicho raro durante toda su vida? En cualquier caso, un final de concierto que habla de no arrepentirse de nada, de orgullo, pero con un giro brusco y casi lógico hacia el dolor, la reclusión y la despedida. Perfectamente coherente con lo que vendría después. Díganme que detallito estúpido podría mancillar este cuadro.


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