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viernes, 30 de diciembre de 2022

Porque las flores son perecederas

Les bonbons [Jacques Brel] (Jacques Brel, 1966)
 

CHANSON. Este disco, junto con el posterior, viene a poner orden en el pequeño lío discográfico que se montó Jacques Brel entre el 63 y el 64, sin duda, una de sus mejores épocas, ya que alumbró un puñado de clásicos eternos con los que acabó de dar forma a ese arte escritural e interpretativo que estaba desarrollando. Dichas canciones fueron publicadas en álbumes diversos, en diferentes formatos y combinaciones, aunque el tiempo y las reediciones (integrales incluidas) han acabado poniendo a este álbum y al ya mencionado Ce gens-là (1966) como los receptáculos canónicos del material elaborado en esos años. ¿Pueden considerarse por tanto recopilatorios? En cierta forma, ya que no hay material realmente inédito en el disco que nos ocupa, aunque al ser la primera plasmación definitiva de esas canciones en los recientemente inventados 33 revoluciones, más bien los veo como los cuadros definitivos después de unos cuantos bocetos.

En cualquier caso, el gozo que produce el, digámoslo sin miedo, séptimo álbum de Jacques Brel está fuera de toda duda. Apenas seis minutos después de sumergirnos en él ya tenemos la sensación de que estamos ante un giro de tuerca en cuanto a elegancia y sentimentalismo. Una cualidad, esta última, tomada en el buen sentido, en el de la emoción curada por el frío y el fuego lento de la atemporalidad. Y una cualidad que queda resaltada por el trabajo superlativo de Rauber y Jouannest, sus eternos lugartenientes, en las orquestaciones.

Está clarísimo. No hay más que dejar reposar estas canciones, dejar que nos invadan el torrente sanguíneo, para darnos cuenta de que Brel ha dado un paso de gigante en esta primera mitad de los 60. Aquí se nos revela un autor vivo y coleante que sigue encontrando nuevas formas para su poesía. Dentro de su estilo sin prisioneros consigue aumentar la intensidad de sus caricaturas. Inolvidable el cuadro deformado con el que ataca a las beatas de manual ("Les bigotes"), más aún ese relato absolutamente descarnado en el que nos enfrenta a todos y cada uno de nosotros con el inexorable paso del tiempo ("Les vieux"), y no me quiero dejar ese desencanto punzante que parece teñido de algo de misoginia ("Les filles et les chiens"), pero que no es tal y acaba siendo una auténtica declaración de amor. Piezas maestras, en definitiva, que dejan claro el nivel en el que se mueve el cantautor. Pues eso, estratosférico.

★★★★

A1 Les bonbons
A2 Les vieux
A3 La parlote
A4 Le dernier repas
A5 Titine
A6 Au suivant
B1 Les toros
B2 La fanette
B3 J'aimais
B4 Les filles et les chiens
B5 Les bigotes
B6 Les fenêtres

Total: 39 min.

Nos podríamos detener en mil sitios con este disco, pero si he de elegir algo que me llame la atención poderosamente, tengo que hablar de "Les bigotes". Una nueva muestra de esa misoginia que sobrevuela más de un texto del belga. Por mucho que lo explique, despedazar a las beatas de esa forma, haciendo hincapié en el género del retratado no puede sonar bonito en nuestros tiempos.

Lo cual no deja de ser un poco pusilánime y tontorrón por nuestra parte. Ya lo explicó en su momento. Todos podemos ser "beatas" en un momento dado. Más que a las viejas que se arrodillan y se santiguan vehementemente cada día, se refiere a toda persona que no arriesga, a todos aquellos que siguen una ideología sin cuestionarse nada, como esclavos, dejando su espíritu crítico en un reposo letal.

Está claro, ¿no? Podría haber usado otro término, dirán algunos/as. Pero, pensémoslo bien. Tanto en su época como en la nuestra, ¿se entendería el mensaje si habláramos de "beatos" así en general? ¿Hay otra figura universal, masculina incluso, que represente mejor esa idea? ¿No es la figura femenina en este caso, y seguro que no por su culpa, la que se ajusta al perfil que pretende retratar? Lo siento muchísimo. El que no lo vea claro no va a poder disfrutar de la canción, y eso sí que es una pena. 

(En la imagen: Las beatas (Oswaldo Guayasamín, 1941))

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En el templo II

Olympia 64 (Jacques Brel, 1964)

CHANSON. He aquí un extracto glorioso del histórico recital que Jacques Brel ofreció en el Olympia parisino en octubre del 64. Y cuando digo histórico, lo digo con todas las consecuencias que pueden sobrevenir de usar un término que se utiliza con demasiada ligereza. Porque precisamente ligereza es lo que no hay aquí. En absoluto. No puede haberla cuando el mejor cantante del mundo se enfrenta a un público que va a escuchar lo que puede enseñarles en el templo para cualquier cantautor que se precie (no hablo solo de chanson). Por eso, por mucho que me cueste despegarme de la edición original de mis discos favoritos, tengo que reconocer que la ampliación llevada a cabo en 1988 es más que recomendable. Por mucho que los ocho temas originales se basten y se sobren para captar nuevos fanáticos del artista a manos llenas.

Y volviendo al principio, la docencia que imparte aquí Brel viene envuelta en una entrega absoluta. Se abre a la audiencia con la honestidad que solo pueden tener los artistas de verdad. Nunca habrá nadie como él. Y es una lástima. Como lo es el hecho de que en este mundo que gira en torno a la cultura anglosajona no se aprecie esta grabación en lo que vale. Para los heavies ya está el Made In Japan (1972) de Deep Purple; la comunidad afroamericana idolatra el Live at the Apollo (1963) de James Brown; los blanquitos adictos al country no consentirán que nadie alce la voz contra el At Folsom Prison (1964) de Johnny Cash... Y la verdad es que todas son obras impresionantes. No seré yo el que ponga este Olympia 64 por encima de ellos, por mucho que como documento del desgarro y la tragedia de vivir sea impagable. Por mucho que él solo pueda justificar toda la obra de un artista tan gigantesco.

Jacques Brel llegaba al Olympia bajo palio. En estos primeros años 60 estaba dando la forma definitiva a su arte y era un artista en la cúspide de la popularidad y la inspiración. No podría haber otro momento más perfecto, por tanto, para que se atreviera a ofrecer esa "Amsterdam" que no había grabado ni grabaría en el estudio. Un auténtico regalo con el que se abre el disco (no el concierto) y que acaba de poner a Brel en el trono al que venía aspirando. Por la evocación de su letra, por su feísmo vestido de trascendencia y por ese crescendo breliano marca de la casa, estamos ante la que puede ser su canción más inmortal, con permiso de "Ne me quitte pas", por supuesto.

Después de ese momento mítico, cuando con otro artista solo se podría ir cuesta abajo, nos vemos acunados y zarandeados por un repertorio inigualable, por el fruto maduro de una década dedicado al arte de la canción. Entre dichas delicias el cantante se atreve a estrenar otras dos piezas inéditas en las que combina lo jocoso, lo entrañable y lo exótico. "Les timides" y "Les jardins du casino" suman atractivo a una obra que no necesitaba de pluses de ningún tipo. Y es que ante el oropel de las partituras elegidas, Brel gime, suda, murmura, recita, baila y canta con toda su alma, como solo él ha podido hacerlo. Habitando las canciones, paladeándolas, haciéndose uno con ellas en una demostración de maestría que solo puede venir de uno de los más grandes. 

Después podríamos disfrutarlo aún más en las imágenes inenarrables que forman parte de su despedida de los escenarios, Les adieux à l'Olympia (2005), una de las mejores filmaciones de un concierto que servidor haya visto nunca, pero aquí podemos concentrarnos en su voz y sus palabras sin distracciones. Por todo ello y por cosas como el vello de punta en "Les Vieux" podemos afirmar que estamos ante una obra maestra, puede que la que más en su intachable currículum. Un disco capaz de hacer que broten nuestras lágrimas mientras murmuramos eso que nuestro corazón no puede reprimir: un sencillo, implorante y sincero merci monsieur.

★★★★★

A1 Amsterdam 2:55
A2 Les vieux 4:10
A3 Tango funèbre 2:42
A4 Le plat pays 3:00
B1 Les timides 3:45
B2 Les jardins du casino 3:15
B3 Le dernier repas 3:30
B4 Les toros 2:35

Total: 25:52

La edición original era ya buena, no hay duda, pero es cierto también que en sus veinticinco minutos se nos queda un poco corta. Por eso se agradecen las reediciones posteriores, empezando por ese Enregistrement Public de 1967, con doce temas. 

O muy especialmente esa de 1988, que incluiría en su Intégral - Grand Jacques, la cual titularían Brel en public: Olympia 64, y que con sus quince temas recoge el recital al completo, a la vez que lo ordena en un setlist mucho más parecido a lo que ocurrió en esos días de octubre del 64. Sorprendentemente para el no iniciado, "Amsterdam" no era la que abría fuego en sus conciertos, sino que estaba en un más discreto tercer lugar.

Una obra necesaria, por tanto, por aportar realismo y sobriedad por encima de efectismos, logrando sumar esas décimas que necesitaba el disco original para ser considerado la obra maestra incontestable que es hoy en día.

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