jueves, 25 de junio de 2026

Santa María de Abu Ghraib

Virgins (Tim Hecker, 2013)

 

AMBIENT CONVULSO. Tim Hecker ataca la misma idea del ambient con su séptimo álbum. No porque haga lo contrario a ese concepto, sino porque demuestra que se puede crear una atmósfera sólida y casi tectónica en las antípodas de la música como paisaje sonoro más pensado para que suene de fondo y dormirse con él que como un sonido que reclame tu atención en cada requiebro.

Porque al final, Virgins es una obra carnosa y trepidante. Un disco que no vas a poder dejar de fondo sin más. Con sus mimbres de música contemporánea, va a sacudirte por las solapas recordándote que no está para tonterías y que no vas a poder hacer otra cosa que no sea escucharlo con todo tu ser. Todo un éxito para un compositor que utiliza la fricción y la inestabilidad sónica como patrones sobre los que crear su música. Un compositor que ha entendido que no es posible ya seguir los dictados de Beethoven, Bach o Mozart.

Si los grandes compositores clásicos construían sus universos mediante la melodía y el desarrollo temático, Hecker parece buscar nuevas posibilidades en el timbre, la resonancia y la tensión sonora. Un trabajo de precisión con el silencio, la resonancia y el mismo aire como ingredientes especialmente importantes. Una música pulsante y en continuo desequilibrio, que lo mismo bebe del minimalismo que del expresionismo más desabrochado. Aquí, Hecker utiliza pianos, virginales, clarinetes, oboes y toneladas de sintetizadores para traernos todo este clasicismo a nuestros tiempos. 

Tiempos rotos, si hacemos caso a lo que suena aquí. Una era desoladora y casi yerma sobre la que Hecker nos anima a construir un mundo nuevo. Un mundo imperfecto, con toda su melancolía y toda su sinrazón. Un mundo imposible al que siempre nos va a gustar irnos durante tres cuartos de hora. Porque en medio de la fractura sigue habiendo belleza. Algo que subyace tanto en el proceso como en el resultado de este discazo que, por muy sintético que nos suene, fue grabado básicamente en directo y con instrumentos clásicos tocados por personas de carne y hueso. Sé que no hace falta decirlo. Solo con pegar la oreja, ya es más que evidente.

★★★★☆

1 Prism 2:53
2 Virginal I 6:17
3 Radiance 3:23
4 Live Room 7:02
5 Live Room Out 2:37
6 Virginal II 5:24
7 Black Refraction 3:34
8 Incense at Abu Ghraib 1:54
9 Amps, Drugs, Harmonium 3:03
10 Stigmata I 2:18
11 Stigmata II 3:56
12 Stab Variation 6:33

Total: 48:54 

miércoles, 24 de junio de 2026

Los hombres de hojalata

Tin Machine (Tin Machine, 1989)

HARD ROCK. Tin Machine fue un proyecto paralelo del Camaleón con el que quizás buscaba escapar de un personaje que no le dejaba ni a sol ni a sombra. Una banda que se inventó, me parece a mí, para volver a encontrar la esencia de las cosas sencillas. Esos disfrutes simples que debía sentir cuando empezaba a hacer música. Y puede que no esté en lo cierto, pero cada vez que lo escucho y miro su portada, es la idea que invade mis pensamientos. 

El grupo estuvo formado por David Bowie en la voz y la guitarra, Reeves Gabrels a la guitarra solista, Hunt Sales a la batería y coros y Tony Sales al bajo y coros. ¿Y de dónde salen todos estos?, se preguntarán ustedes. Gabrels había estado en multitud de bandas semidesconocidas durante los 80 y Bowie apreció sus arreglos de guitarra para una reinterpretación de "Look Back in Anger" en la que estaba trabajando a finales de esa década. Los hermanos Sales habían tocado con Iggy Pop en su gira del 77, y Bowie estuvo muy implicado en ella. Escuderos de lujo, por tanto, y para nada desconocidos, con los que embarcarse en este back to basics que todo artista que se precie ansía pasados unos años en el estrellato.

Un álbum al que, por todos estos detalles, no puede exigírsele demasiado. Ni siquiera lo firma Bowie, sino que se esconde bajo el paraguas de una banda en la que, según sus miembros, reinó el espíritu democrático sobre todas las cosas. Algo que sería lo que David necesitaba a esas alturas, pero que no redundó en un discazo ni nada de eso. Tin Machine es un álbum directo y crudo, dominado por un sonido de guitarra cáustico y ultradistorsionado. Un aullido brutal que nos retrotrae a esos grandísimos guitarristas que siempre ha tenido el autor de Lodger (1979), de Carlos Alomar a Adrian Belew. Instrumentistas hiperexpresivos, de esos de berrido prolongado hasta el infinito, que se hacen carne en el estilo desatado de Gabrels aquí.

Toda una seña de identidad para un disco de rock duro, así, sin eufemismos. Un rock duro que se olvida, sin embargo, de hilar una historia convincente dentro de un álbum que no deja de ser una sucesión de ocurrencias paridas en el local de ensayo. No es que necesiten unas vueltas más. Así, probablemente, perderían su frescura. Sin embargo, al disco le sobran minutos. Es una huida hacia delante continuada y sin pausa hasta que, después de la pista 12 —14 en el CD— el disco se acaba abruptamente sin dar mayores explicaciones. No sé, puede que con algunos artistas no baste con echar un rato agradable, ¿no?

★★☆☆☆

A1 Heaven's in Here 6:01
A2 Tin Machine 3:34
A3 Prisoner of Love 5:50
A4 Crack City 4:36
A5 I Can't Read 4:54
A6 Under the God 4:06
B1 Amazing 3:04
B2 Working Class Hero 4:38
B3 Bus Stop 1:41
B4 Pretty Thing 4:39
B5 Video Crime 3:52
B6 Baby Can Dance 4:57

Total: 51:52

martes, 23 de junio de 2026

Requiem por un sueño

Unforgiven (Tim Hardin, 1981)

CANTAUTOR TERMINAL. Nos gustan las obras inacabadas, escritas en el lecho de muerte. Que luego casi ninguna es así, y suelen ser abandonadas mucho antes del fatal desenlace. Cuando estamos malitos no está la cosa para músicas, seamos serios. Pero a nosotros nos gusta imaginarnos al autor creando su obra magna entre dos mundos como si el Altísimo en persona estuviese dictándole los últimos movimientos. Ahí tenemos obras como el Requiem de Mozart o la Sinfonía nº 8 de Schubert. Piezas que han espoleado la imaginación de los oyentes durante siglos y que no van a dejar de intrigar y atraernos jamás. 

Aquí tenemos este disco hecho de puras ruinas. Una obra rescatada de entre los cascotes con la que tratan de mostrarnos lo que podía haber sido el último álbum de Tim Hardin. Ese en el que estaba trabajando cuando una sobredosis de heroína lo arrancó de este mundo. Y como nos gustan las ruinas cosa mala, daños colaterales del Romanticismo, no nos importa que apenas dure veintidós minutos ni que combine canciones más o menos acabadas en el estudio con meros esbozos rescatados de cintas de casete caseras. Aquí el sonido es lo de menos. Lo que importa es el voyeurismo, el espolear nuestra imaginación con lo que podría haber sido y no fue. Como si fuéramos a escuchar algo parecido a su último hálito de vida al final de alguna de estas grabaciones.

No es este, por tanto, un disco que podamos colocar junto a los ocho trabajos de estudio que dejó el cantautor. Aun así, no puedo negar que la curiosidad pica a lo grande y que la predisposición era muy positiva a la hora de asomarme a estas grabaciones. Una predisposición que, como casi siempre, acaba siendo golpeada por una leve bofetada de decepción. No tan fuerte esta vez, que quede claro. Aquí Hardin demuestra que seguía teniendo música en su interior y que en la desnudez de la mayoría de estas versiones se encuentra como pez en el agua. No quiere esto decir que muchos de estos bocetos fueran a acabar así. Viendo cómo se las gastó en su último trabajo, podíamos esperar que los vistiera en un exceso de teclados y arreglos floreados y aburridamente adultos.

Sin embargo, ¿quién sabe? Puede que decidiera hacer esa tan temida, y tan deseada esta vez, vuelta a los orígenes, y nos hubiera entregado un disco desnudo y hermoso como lo que se apunta aquí. Algo que nunca sabremos y sobre lo que solo podremos teorizar. Tim estaba trabajando en diez canciones para este regreso discográfico después de siete años. Al final solo pudieron salvarse ocho temas. Temas en los que, además de su estilo personal, también encontramos fuertes toques de Randy Newman, y que anuncian nuevos caminos para el de Oregón, pero sobre todo lo reafirman como el gran escritor de canciones que siempre fue. No sé a vosotros, pero a mí, sin poder ser la despedida que pudo haber sido, me satisfacen estos apuntes comatosos.

★★★☆☆

A1 Unforgiven
A2 Luna Cariba 🕱
A3 Mercy Wind
A4 If I Were Still With You
B1 Judge and Jury
B2 Partly Yours
B3 Sweet Feeling
B4 Secret

Total: 22 min.

sábado, 20 de junio de 2026

El genio de la lámpara

Aladdin Sane (David Bowie, 1973)

 

GLAM. Quemando etapas, grabando en los descansos de la gira de Ziggy Stardust, con la voracidad al límite, grabando y produciendo gemas históricas como Transformer (Lou Reed, 1972) o Raw Power (Iggy & the Stooges, 1973)... Así se encontraba el Camaleón tras su extenuante e incandescente obra maestra The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972).

Y este sucesor, para ganarse su sitio entre tanta gloria, no podía sino presentarnos a la novísima reencarnación del artista, un Aladdin Sane que jugaba con la homofonía de "a lad insane" (un muchacho loco) para ser más una variante del todavía pujante Ziggy Stardust que un personaje por sí mismo. Una especie de "Ziggy goes to America" que incide desde su eterna portada en la ambivalencia y en ese rock lleno de brillantina que explota gozoso en su interior.

Porque de eso se compone esta obra maestra, de pura genialidad. Se beneficia de la participación de todo un Mike Garson a las teclas, el cual arrima al disco al calor del jazz y a la experimentación. Lo que no quita que la influencia de los Rolling Stones esté más patente que nunca y que Mick Ronson y el resto de las Arañas de Marte se las apañen como siempre para que esto suene a rock duro y crujiente. A eso suenan y así saben las muy electrificadas "Watch that Man", "Panic in Detroit", "Cracked Actor", "Let's Spend the Night Together" o una "The Jean Genie" a mayor gloria de Iggy Pop. 


Y a pesar de todo este aparataje hardrockero, el melodrama sigue rozando la gloria y erizando el vello de la nuca en joyas impagables como "Aladdin Sane", "Drive in Saturday", "Time" o "Lady Grinning Soul", las auténticas gemas inmarchitables de un disco ecléctico, innovador y absolutamente espectacular. Una de las cumbres más inexpugnables de la etapa glam del genio de Brixton.

★★★★★

A1 Watch That Man 4:30
A2 Aladdin Sane (1913-1938-197?) 5:15
A3 Drive-In Saturday 4:38
A4 Panic in Detroit 4:30
A5 Cracked Actor 3:01
B1 Time 5:10
B2 The Prettiest Star 3:28
B3 Let's Spend the Night Together 3:10
B4 The Jean Genie 4:06
B5 Lady Grinning Soul 3:53

Total: 41:41

El hijo pródigo

The Homecoming Concert (Tim Hardin, 1981) [DIRECTO]
 

CANTAUTOR ARMÓNICO. Desahuciado y en lucha permanente con las drogas, Hardin toma aire con su última aparición pública en este concierto en su pueblo natal, Eugene, Oregón. Era enero de 1980 y, aun actuando de manera más bien esporádica desde una colaboración que tuvo con Can en 1975, lo cierto es que estaba bastante desconectado de la música. Al menos si lo comparamos con su etapa inicial. En cualquier caso, esta sí que fue la última vez que se subió a un escenario, ya que acabaría perdiendo su batalla con las drogas muriendo de sobredosis de heroína en diciembre de ese mismo año. Estaba preparando un nuevo disco, el cual, como este directo, no vería publicado.

El cantautor no estaba en su mejor momento físico, eso está claro. Acababa de reinstalarse en su país de nacimiento, en Seattle, después de unos años en Inglaterra y no se puede decir que estuviera en el ojo del huracán en cuanto a popularidad. Ingredientes que ayudaban a tomarse este concierto como un homenaje en vida hacia un artista del que decían que era el único capaz de disputarle el trono a Bob Dylan en el arte de escribir canciones. Homenaje que, sin duda, Hardin se tomó en serio. Desde la selección del repertorio, centrado en sus clásicos más incontestables, hasta la entrega interpretativa, todo aquí exuda la grandeza de un autor que rezuma musicalidad en cada requiebro y en cada silabeo.

Exageraciones (o no) aparte, si hay algo evidente en estas interpretaciones es que Tim Hardin no era de los que miraba atrás. En su voz, que aquí se nota que ha aprendido a controlar y a modular con una belleza añeja que llama la atención, se aprecian los años, el cansancio y la experiencia de miles de cuitas, de sueños decapitados y adicciones asesinas. Todos sabemos, antes de escuchar el disco, que no va a cantar las canciones como lo hacía diez o quince años antes —en realidad, nunca cantó una canción dos veces igual . Lo que no nos esperábamos es que lo hiciera tan bien, cambiándolas sin desfigurarlas, arrimándolas a la serenidad y al nudo en la garganta. En una grabación que no va a impresionarte por su sonido ni por su épica ni por ser contagiosa hasta la infección.

Porque aquí hablamos de momento histórico, de recapitulación y de escribir unas hojas importantísimas para incluir en el legajo de su testamento musical. Esto no va de puño en alto ni de reivindicación. Va de emoción y de reencuentro. Eso que solo apreciarán los amigos de verdad, los que han estado ahí siempre. Los demás podremos fisgonear, cómo no, y salir encantados, pero no podremos sumergirnos en la inmensidad de un Tim Hardin que, después de tantos semifallos, de tantos discos con mejor forma que contenido, casi se nos había olvidado. 

Sin ser perfecta, creo que esta habría sido la despedida perfecta para nuestro amigo. No ese Nine (1973), que no le gusta a casi nadie. Tampoco ese Unforgiven (1981), que dejó a medio hacer y se tuvieron que inventar tras su muerte. Aquí la sangre circula con fluidez y hay mucha más verdad y menos artificio. Sí, me da igual el calendario y la avaricia de herederos y disqueras... Para mí al menos, este será por siempre su adiós definitivo. 

★★★

A1 Black Sheep Boy 2:30
A2 Misty Roses 3:00
A3 Reason to Believe 2:37
A4 Lady Came From Baltimore 2:18
A5 Old Blue Jeans 3:46
A6 Hang on to a Dream 3:11
B1 If I Were a Carpenter 4:00
B2 Tribute to Hank Williams 3:49
B3 Smugglin' Man 2:10
B4 Speak Like a Child 2:31
B5 Red Balloon 2:33
B6 Amen 3:12

Total: 35:37

Liturgia secular

Ravedeath, 1972 (Tim Hecker, 2011)
 

AMBIENT ENTRÓPICO. El 21 de julio de 2010, Tim Hecker se va a la iglesia de Frikirkjan, en Reykjavik siguiendo la recomendación de Ben Frost, músico y productor australiano asentado en Islandia. Allí graba las pistas básicas para este disco usando un órgano de tubos. Esta interpretación fue enriquecida con la adición de pianos y guitarras tratadas, entre otros instrumentos. Un trabajo de ingeniería que dio como resultado esta maravillosa obra ambiental, mitad en directo, mitad en estudio, tal y como a su autor le gusta describirla.

He dicho obra ambiental, pero me gustaría separarla de lo que hacían puristas del género como Brian Eno. En las antípodas del ambient contemplativo, Hecker utiliza el drone como un elemento más en su lenguaje para escenificar la degradación del sonido, la erosión paulatina de la música desde el corazón del proceso digital mismo. Un desarrollo que nos presenta la armonía y el ruido en un mismo plano con la intención de narrar el derrumbe y el colapso de nuestro mundo, pero siempre desde una perspectiva distante y fría. En un equilibrio imposible entre la belleza y el colapso.

Conceptos teóricos, estos, que no tienen por qué explicar la atracción malsana y curativa a la vez que provoca esta grabación. Una grabación que empieza más o menos clara y diáfana, casi eclesial, para ir emborronándose —la degradación de la que hablaba arriba— conforme avanzan los minutos. Así consigue que nos metamos en ella casi físicamente hasta disolvernos en el éter del sonido en estado puro. No está mal para una tarde de invierno, ¿no creen?

★★★★☆

1 The Piano Drop 2:53
2 In the Fog: I 4:53
3 In the Fog: II 6:01
4 In the Fog: III 5:00
5 No Drums 3:25
6 Hatred of Music: I 6:11
7 Hatred of Music: II 4:22
8 Analog Paralysis, 1978 3:52
9 Studio Suicide, 1980 3:25
10 In the Air: I 4:11
11 In the Air: II 4:08
12 In the Air: III 4:02

Total: 52:23

jueves, 18 de junio de 2026

En las antípodas del sueño

Nine (Tim Hardin, 1973)

CANTAUTOR ADULTO. Estamos ante el último álbum de estudio que Tim Hardin vio publicado antes de su fallecimiento prematuro. Un disco publicado en 1973 en el Reino Unido, donde se grabó, pero que no salió a la venta en los EE.UU. hasta 1976. Lanzado por la modesta GM Records, con una tirada más bien limitada, no debieron ver el potencial como para arriesgar sus dineros en un lanzamiento internacional inmediato. Eso dice mucho del escaso tirón del que gozaba el Hardin postrero, a años luz de los tiempos de "If I Were a Carpenter".

¿Podemos culpar a la discográfica por ello? Diría que no. La inercia que llevaba el cantautor no era precisamente positiva, con discos irregulares y faltos de dirección, y este no iba a desfacer el entuerto con unos medios tiempos a los que hay que buscarles el pulso para comprobar que siguen con vida. Canciones correctas, pero a las que les pone el piloto automático en una búsqueda de agradar no sé bien a quién, pero no a un público inquieto y deseoso de nuevas experiencias. Melodías que parecen no querer molestar, arreglos medidos al milímetro para no salirse de la línea que marca el buen gusto... En fin, una comercialidad inerte y en las antípodas de un autor totalmente desfigurado ya.

No obstante, salvaría algunas cosas aquí. Temas en los que la elegancia parece tener un sentido y que nos proponen la idea de que, aunque este no pueda ser Tim Hardin ni en sueños, su nueva mutación podría haber tenido hasta sentido. "Shiloh Town", "Never Too Far" o "Rags and Old Iron" merecen unas cuantas escuchas, eso hay que reconocerlo. Porque, por mucho que llevara tiempo sin impresionar al personal, este tipo no deja de ser el compositor de joyas como "How Can We Hang On to a Dream" o "Lady Came From Baltimore". Algo que haríamos bien en recordar para dedicarle el tiempo que merece, pero que también nos obliga a exigirle mucho más en una despedida dolorosa como pocas.

★★☆☆☆

A1 Shiloh Town
A2 Never Too Far
A3 Rags and Old Iron
A4 Look Our Love Over
A5 Person to Person
B1 Darling Girl
B2 Blues on the Ceiling
B3 Is There No Rest for the Weary
B4 Fire and Rainlyrics
B5 While You're on Your Way