martes, 30 de junio de 2026

Nómadas

Amassakoul (Tinariwen, 2004) 

TISHOUMAREN. Tres años después de ese hito que fue The Radio Tisdas Sessions (2001), los bluesmen azules del desierto continúan perfeccionando la fórmula. Su carrera se iba a caracterizar por una progresión tranquila y aparentemente quieta como las arenas del Sáhara, sin volantazos bruscos ni giros mareantes. Sin embargo, como las arenas, moverse se mueven, y en este disco el avance es muy evidente en cuanto a sonido y a la incorporación de unas percusiones realmente adictivas.

Eso es lo mejor de un álbum que está en lo más alto de la apreciación de público y crítica. Un trabajo que no se olvida de lo principal, las raíces bereberes de una música que suena atávica por mucha guitarra eléctrica que le metan. Una combinación de tradición y modernidad que encuentra aquí su equilibrio más perfecto. Por eso estamos ante el álbum que consolidó definitivamente la repercusión internacional de la banda. Por eso y por la construcción de unas canciones que vibran de manera diferente entre sí y en las que se atreven con modernidades ancestrales como ese canto de acción-reacción emparentado con el rap en "Arawan". Un detalle, entre otros muchos, que habla de evolución y de una capacidad de dejarse influir por el exterior que no iba a dejar de crecer.

¿Y es bueno todo este equilibrio tan bien logrado? Tendrá su público y seguro que ha sido el gran culpable de que yo esté hoy hablando de esta banda. Sin embargo, si comparamos este disco con la hondura del anterior, me tengo que quedar con Radio Tisdas. Me quedo con el ritual y con la hipnosis. Porque aquí, sin huir de la tradición ni del pellizco, tampoco exageremos, parece que todo va más rápido. Echo en falta algo más de fuego lento y no sé si las percusiones, tan pintonas ellas y tan necesarias en números más moviditos —"Oualahila ar Tesninam"—, han tenido culpa de algo en mi apreciación. Que ha sonado más negativa de lo que es en realidad, aunque tampoco me convenza esa "Arawan" de la que hablaba arriba.

Tengo claro que estamos ante un buen disco, y acepto la opinión de que pueda ser el mejor de la banda, pero a mí hay dos o tres canciones que me parecen algo menos importantes o que me llegan menos. Algo que, unido a un ambiente que describiría como más repetitivo que hipnótico y más tedioso que solemne, me llevan a colocarlo un escalón por debajo de lo que imaginaba.

★★★☆☆

1 Amassakoul 'n' Ténéré 3:24
2 Oualahila ar Tesninam 3:47
3 Chatma 5:36
4 Arawan 4:06
5 Chet Boghassa 3:52
6 Amidinin 2:51
7 Ténéré Daféo Nikchan 4:51
8 Aldhechen Manin 3:54
9 Alkhar Dessouf 4:55
10 Eh Massina Sintadoben 4:29
11 Assoul 4:07

Total: 45:52

Asaltando el conservatorio

Concerto for Group and Orchestra (Deep Purple / The Royal Philharmonic Orchestra / Malcolm Arnold, 1969) [DIRECTO]

CLÁSICA/HARD ROCK. No creo que sea posible exagerar la influencia que tuvo esta idea que Jon Lord se empeñó en sacar adelante. Podemos discutir su pertinencia y la calidad de su partitura o incluso de su ejecución. Lo que no podemos es poner en tela de juicio su importancia. Era la primera vez en la que una orquesta y una banda de rock duro se unían para crear algo en común. A partir de una partitura del teclista de Deep Purple escrita para la ocasión.

Después de esto, las colaboraciones entre bandas y orquestas sinfónicas se hicieron el pan nuestro de cada día, pero no me cuesta imaginar las críticas y las dificultades que afrontaron los rockeros londinenses a la hora de llevar a cabo este proyecto faraónico. También me gusta pensar que de alguna forma pavimentaron el camino para colaboraciones tan inesperadas como la de Enrique Morente y Lagartija Nick para nuestro imponente Omega (1996) o la de Lou Reed y Metallica en el bastante más divisivo Lulu (2011). Cooperaciones en las que no hay componente orquestal ni clásico, pero que beben directamente de la transgresión que supuso este concierto que nos ocupa.

El disco es la grabación del estreno de la pieza de Jon Lord, un concerto en tres movimientos para el que contaron con la colaboración de la Royal Philharmonic Orchestra, dirigida por Malcolm Arnold, y que dieron en el Royal Albert Hall el 24 de septiembre de 1969. Esa noche el programa incluyó más música. Concretamente, Arnold estrenó su Sinfonía nº 6 y el grupo atacó clásicos como "Hush", "Wring that Neck" o "Child in Time" con el apoyo de la orquesta. El Concerto for Group and Orchestra fue lo último que tocaron esa noche y lo único que aparece en la edición original de un álbum que se editó en diciembre del 69 en EE.UU. y en enero del 70 en Reino Unido.

Conviene señalar que esta grabación fue la primera en la que podemos escuchar a Roger Glover al bajo y a Ian Gillan en la voz. Un estreno que resultaría decisivo para el sonido de la banda en álbumes sucesivos, pero que aquí no deja de ser anecdótico al estar diluido entre violines, teclados y sinfonismo sin mesura. Un sinfonismo que, no les voy a engañar, es tan elefantiásico que no me convence en absoluto. Y es que al final, este disco no deja de ser una de esas piezas más importantes que disfrutables. Una obra que se obcecó tanto con el concepto y su propio desarrollo que se olvidó de crear música realmente memorable.

No, aun siendo más que predecible en este veredicto, no puedo tomarme en serio este disco. En ningún caso va a satisfacer al aficionado al rock, pero dudo también que pueda motivar al melómano más metido en la música clásica. Tiene partes de gran emotividad, no lo niego, y creo que en la tensión entre fuerzas acaba ganando la orquesta a los toques que suelta la banda aquí y allá. Eso me parece interesante. Sin embargo, no sé si es suficiente para sentarme y dedicarle casi una hora de mi tiempo a este capricho de nuevo rico. Que en realidad sí lo sé, y es que no. Digámoslo claro y sin tapujos: idea interesante, resultado fallido.

★★☆☆☆

A1 First Movement: Moderato - Allegro
A2 Second Movement: Andante Part 1
B1 Second Movement: Andante (Conclusion)
B2 Third Movement: Vivace - Presto

Total: 52 min.

sábado, 27 de junio de 2026

Oasis eléctrico

The Radio Tisdas Sessions (Tinariwen, 2001)
 

TISHOUMAREN. Tinariwen se formaron en un campamento tuareg en Argelia. La época embrionaria de la banda la podemos localizar en Tamanrasset, en 1979. Ese es el momento en el que Ibrahim Ag Alhabib e Inteyeden Ag Ableline, junto con otros jóvenes inquietos, empezaron a dar a conocer sus canciones a través de conciertos por los campamentos de la zona y a distribuir casetes con esos temas.

No fue hasta 1993 cuando publicaron el que se considera su primer trabajo oficial, Ténéré. Una casete más profesional, que consistía, básicamente, en una recopilación de esos temas que habían ido circulando de manera artesanal durante más de una década. Para su primer lanzamiento en CD y con difusión internacional habría que esperar algo más, hasta 2001, año en el que publicaron este The Radio Tisdas Sessions. Unas grabaciones que registraron en la emisora maliense de Kidal en sesiones entre las 7 de la tarde y la medianoche, único momento en el que disponían de electricidad.

Todo esto ayuda a entender por qué la banda suena como suena. Al menos en parte. El componente ritual, chamánico, desértico, telúrico y casi hipnótico de estas melopeas es el secreto mejor guardado y lo más difícil de explicar cuando nos sometemos a esto. Otra cosa es la profesionalidad y lo fluido de su interpretación. Eso sí que lo entendemos cuando nos dicen que estamos escuchando a una banda que lleva más de dos décadas fogueándose en las arenas del Sáhara. Demasiado tiempo como para que una destilación de lo mejor de su arte pudiera salir defectuosa. Porque eso es lo que representa este álbum: la culminación de décadas de trabajo duro y digestión lenta de una tradición que les rebosa por cada poro, por cada melisma y por cada inflexión.

Una tradición que reformulan envuelta en un festival de guitarras eléctricas que se convierte en el sello de su sonido. Unas guitarras que comparten algo con parientes venerables como Ali Farka Touré, pero también con el grito redentor de Bob Marley o la poesía galvánica de Bob Dylan. El auténtico blues del desierto, tishoumaren lo llaman ellos, aumentado por el efecto devastador de los amplificadores. Una adición técnica que ahonda en el impacto del bucle y lo magnético de la repetición. Señas identitarias que también hacen de este álbum un producto más difícil de lo que parece al principio. Son canciones perfectamente conectadas entre sí, capaces de crear una atmósfera densa y masticable, pero si no entras con la actitud adecuada, se te pueden hacer bola. Nada que no esperáramos y nada que nos vaya a detener a la hora de zambullirnos de lleno en las arenas infinitas de Tinariwen.

★★★★☆

1 Le chant des fauves 7:32
2 Nar Djenetbouba 4:46
3 Imidiwaren 6:26
4 Zin Es Gourmeden 5:22
5 Afours Afours 5:27
6 Tessalit 3:58
7 Khedou Khedou 6:13
8 Mataraden Anexan 5:47
9 Bismillah 4:22
10 Tin-Essako (Live) 2:08

Total: 52:01

jueves, 25 de junio de 2026

Bailando entre lobos

Private Dancer (Tina Turner, 1984)
 

SOPHISTI-POP & SOUL. No se me ocurre un disco más apegado a su tiempo que este. Para mal. Un disco que suena a lo peor de los 80, lo que podemos achacar a la producción, pero sería injusto no mencionar también unas canciones encarceladas y absolutamente incapaces de escapar de esa época.

Un álbum que suena tan higiénico, tan inofensivo, tan soporífero que no puede estar firmado por la Reina del Rock and Roll. Pero sí, tomando los soniquetes de moda del momento, el R&B de Michael Jackson a la cabeza, Tina abandona el rajo que siempre le caracterizó para zambullirse en un estilo artificial en el que no puede brillar por muchas aptitudes que tuviera, que las tenía, qué duda cabe.

A mí esta colección de canciones me resulta irritante por no provocarme sensación alguna. Ni las canciones escritas para la ocasión ni las versiones de clásicos inapelables funcionan aquí. Entre las primeras destacaría su archiconocida "What's Love Got to Do With It", pero entre las segundas, la cosa pinta más fea. Me parece increíble que la misma artista que hizo suya toda una "Proud Mary" (John Fogerty), te deje tibio con el "Let's Stay Together" (Al Green) y ojiplático del horror con lo que le hace a "1984" (David Bowie). 

Creo que no descubro nada si digo que no se trata de cantar bien ni de vender todos los discos del mundo. En el arte de lo que se trata es de que tu experiencia le llegue a otros. De tocarte la patata incluso sin saber muy bien por qué. Está claro que Tina lo consiguió con muchísima gente y que este disco fue el punto a partir del cual se empezó a creer la viabilidad de su carrera en solitario. Fue un exitazo sin paliativos y no puedo decir que no fuera merecido. Lo que no quita que a mí todo esto no me llegue ni lo haga por más que lo ponga una y otra vez. Tiene sus cosillas: el exitazo que he mencionado arriba —seguramente su canción más icónica—, una vibrante "Better Be Good to Me"... Pero ya está. Lo demás es muy bonito y muy aséptico. ¿Recomiendo el álbum pues? Solo puedo decir que está claro que tiene su público, lo cual ya es mucho... ¿O no? 

★★☆☆☆

A1 I Might Have Been Queen (Soul Survivor) 4:08
A2 What's Love Got to Do With It 3:49
A3 Show Some Respect 3:19
A4 I Can't Stand the Rain 3:40
A5 Better Be Good to Me 5:14
B1 Let's Stay Together 5:15
B2 1984 3:10 🕱
B3 Steel Claw 3:40
B4 Private Dancer 7:16

Total: 39:31 

Santa María de Abu Ghraib

Virgins (Tim Hecker, 2013)

 

AMBIENT CONVULSO. Tim Hecker ataca la misma idea del ambient con su séptimo álbum. No porque haga lo contrario a ese concepto, sino porque demuestra que se puede crear una atmósfera sólida y casi tectónica en las antípodas de la música como paisaje sonoro más pensado para que suene de fondo y dormirse con él que como un sonido que reclame tu atención en cada requiebro.

Porque al final, Virgins es una obra carnosa y trepidante. Un disco que no vas a poder dejar de fondo sin más. Con sus mimbres de música contemporánea, va a sacudirte por las solapas recordándote que no está para tonterías y que no vas a poder hacer otra cosa que no sea escucharlo con todo tu ser. Todo un éxito para un compositor que utiliza la fricción y la inestabilidad sónica como patrones sobre los que crear su música. Un compositor que ha entendido que no es posible ya seguir los dictados de Beethoven, Bach o Mozart.

Si los grandes compositores clásicos construían sus universos mediante la melodía y el desarrollo temático, Hecker parece buscar nuevas posibilidades en el timbre, la resonancia y la tensión sonora. Un trabajo de precisión con el silencio, la resonancia y el mismo aire como ingredientes especialmente importantes. Una música pulsante y en continuo desequilibrio, que lo mismo bebe del minimalismo que del expresionismo más desabrochado. Aquí, Hecker utiliza pianos, virginales, clarinetes, oboes y toneladas de sintetizadores para traernos todo este clasicismo a nuestros tiempos. 

Tiempos rotos, si hacemos caso a lo que suena aquí. Una era desoladora y casi yerma sobre la que Hecker nos anima a construir un mundo nuevo. Un mundo imperfecto, con toda su melancolía y toda su sinrazón. Un mundo imposible al que siempre nos va a gustar irnos durante tres cuartos de hora. Porque en medio de la fractura sigue habiendo belleza. Algo que subyace tanto en el proceso como en el resultado de este discazo que, por muy sintético que nos suene, fue grabado básicamente en directo y con instrumentos clásicos tocados por personas de carne y hueso. Sé que no hace falta decirlo. Solo con pegar la oreja, ya es más que evidente.

★★★★☆

1 Prism 2:53
2 Virginal I 6:17
3 Radiance 3:23
4 Live Room 7:02
5 Live Room Out 2:37
6 Virginal II 5:24
7 Black Refraction 3:34
8 Incense at Abu Ghraib 1:54
9 Amps, Drugs, Harmonium 3:03
10 Stigmata I 2:18
11 Stigmata II 3:56
12 Stab Variation 6:33

Total: 48:54 

miércoles, 24 de junio de 2026

Los hombres de hojalata

Tin Machine (Tin Machine, 1989)

HARD ROCK. Tin Machine fue un proyecto paralelo del Camaleón con el que quizás buscaba escapar de un personaje que no le dejaba ni a sol ni a sombra. Una banda que se inventó, me parece a mí, para volver a encontrar la esencia de las cosas sencillas. Esos disfrutes simples que debía sentir cuando empezaba a hacer música. Y puede que no esté en lo cierto, pero cada vez que lo escucho y miro su portada, es la idea que invade mis pensamientos. 

El grupo estuvo formado por David Bowie en la voz y la guitarra, Reeves Gabrels a la guitarra solista, Hunt Sales a la batería y coros y Tony Sales al bajo y coros. ¿Y de dónde salen todos estos?, se preguntarán ustedes. Gabrels había estado en multitud de bandas semidesconocidas durante los 80 y Bowie apreció sus arreglos de guitarra para una reinterpretación de "Look Back in Anger" en la que estaba trabajando a finales de esa década. Los hermanos Sales habían tocado con Iggy Pop en su gira del 77, y Bowie estuvo muy implicado en ella. Escuderos de lujo, por tanto, y para nada desconocidos, con los que embarcarse en este back to basics que todo artista que se precie ansía pasados unos años en el estrellato.

Un álbum al que, por todos estos detalles, no puede exigírsele demasiado. Ni siquiera lo firma Bowie, sino que se esconde bajo el paraguas de una banda en la que, según sus miembros, reinó el espíritu democrático sobre todas las cosas. Algo que sería lo que David necesitaba a esas alturas, pero que no redundó en un discazo ni nada de eso. Tin Machine es un álbum directo y crudo, dominado por un sonido de guitarra cáustico y ultradistorsionado. Un aullido brutal que nos retrotrae a esos grandísimos guitarristas que siempre ha tenido el autor de Lodger (1979), de Carlos Alomar a Adrian Belew. Instrumentistas hiperexpresivos, de esos de berrido prolongado hasta el infinito, que se hacen carne en el estilo desatado de Gabrels aquí.

Toda una seña de identidad para un disco de rock duro, así, sin eufemismos. Un rock duro que se olvida, sin embargo, de hilar una historia convincente dentro de un álbum que no deja de ser una sucesión de ocurrencias paridas en el local de ensayo. No es que necesiten unas vueltas más. Así, probablemente, perderían su frescura. Sin embargo, al disco le sobran minutos. Es una huida hacia delante continuada y sin pausa hasta que, después de la pista 12 —14 en el CD— el disco se acaba abruptamente sin dar mayores explicaciones. No sé, puede que con algunos artistas no baste con echar un rato agradable, ¿no?

★★☆☆☆

A1 Heaven's in Here 6:01
A2 Tin Machine 3:34
A3 Prisoner of Love 5:50
A4 Crack City 4:36
A5 I Can't Read 4:54
A6 Under the God 4:06
B1 Amazing 3:04
B2 Working Class Hero 4:38
B3 Bus Stop 1:41
B4 Pretty Thing 4:39
B5 Video Crime 3:52
B6 Baby Can Dance 4:57

Total: 51:52

martes, 23 de junio de 2026

Requiem por un sueño

Unforgiven (Tim Hardin, 1981)

CANTAUTOR TERMINAL. Nos gustan las obras inacabadas, escritas en el lecho de muerte. Que luego casi ninguna es así, y suelen ser abandonadas mucho antes del fatal desenlace. Cuando estamos malitos no está la cosa para músicas, seamos serios. Pero a nosotros nos gusta imaginarnos al autor creando su obra magna entre dos mundos como si el Altísimo en persona estuviese dictándole los últimos movimientos. Ahí tenemos obras como el Requiem de Mozart o la Sinfonía nº 8 de Schubert. Piezas que han espoleado la imaginación de los oyentes durante siglos y que no van a dejar de intrigar y atraernos jamás. 

Aquí tenemos este disco hecho de puras ruinas. Una obra rescatada de entre los cascotes con la que tratan de mostrarnos lo que podía haber sido el último álbum de Tim Hardin. Ese en el que estaba trabajando cuando una sobredosis de heroína lo arrancó de este mundo. Y como nos gustan las ruinas cosa mala, daños colaterales del Romanticismo, no nos importa que apenas dure veintidós minutos ni que combine canciones más o menos acabadas en el estudio con meros esbozos rescatados de cintas de casete caseras. Aquí el sonido es lo de menos. Lo que importa es el voyeurismo, el espolear nuestra imaginación con lo que podría haber sido y no fue. Como si fuéramos a escuchar algo parecido a su último hálito de vida al final de alguna de estas grabaciones.

No es este, por tanto, un disco que podamos colocar junto a los ocho trabajos de estudio que dejó el cantautor. Aun así, no puedo negar que la curiosidad pica a lo grande y que la predisposición era muy positiva a la hora de asomarme a estas grabaciones. Una predisposición que, como casi siempre, acaba siendo golpeada por una leve bofetada de decepción. No tan fuerte esta vez, que quede claro. Aquí Hardin demuestra que seguía teniendo música en su interior y que en la desnudez de la mayoría de estas versiones se encuentra como pez en el agua. No quiere esto decir que muchos de estos bocetos fueran a acabar así. Viendo cómo se las gastó en su último trabajo, podíamos esperar que los vistiera en un exceso de teclados y arreglos floreados y aburridamente adultos.

Sin embargo, ¿quién sabe? Puede que decidiera hacer esa tan temida, y tan deseada esta vez, vuelta a los orígenes, y nos hubiera entregado un disco desnudo y hermoso como lo que se apunta aquí. Algo que nunca sabremos y sobre lo que solo podremos teorizar. Tim estaba trabajando en diez canciones para este regreso discográfico después de siete años. Al final solo pudieron salvarse ocho temas. Temas en los que, además de su estilo personal, también encontramos fuertes toques de Randy Newman, y que anuncian nuevos caminos para el de Oregón, pero sobre todo lo reafirman como el gran escritor de canciones que siempre fue. No sé a vosotros, pero a mí, sin poder ser la despedida que pudo haber sido, me satisfacen estos apuntes comatosos.

★★★☆☆

A1 Unforgiven
A2 Luna Cariba 🕱
A3 Mercy Wind
A4 If I Were Still With You
B1 Judge and Jury
B2 Partly Yours
B3 Sweet Feeling
B4 Secret

Total: 22 min.