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miércoles, 10 de junio de 2026

A hombros de los gigantes

Título: Sinfonía n.º 3 en mi bemol mayor, Op. 55; "Heroica"
Título original: Sinfonía eroica, composta per festeggiare il sovvenire d'un grand'uomo
Autor:Ludwig van Beethoven
Año de composición: 1803-04
 Género: Romanticismo/Sinfonía

Grabaciones de referencia:

  • »Eroica« (Herbert von Karajan / Berliner Philharmoniker, 1963) ★★★★☆
  • Symphony No. 3 "Eroica" (Wilhelm Furtwängler / Wiener Philharmoniker, 1998 [1944]) ★★★★★ 
 

Beethoven empezó a escribir su tercera sinfonía a mediados de 1803 a partir de unos esbozos realizados en el verano del año anterior. No hay acuerdo en cuanto a su finalización, la cual los historiadores sitúan entre el otoño de 1803 y principios de 1804. Lo que sí parece claro es que se interpretó por primera vez en la primavera de 1804, en un concierto privado organizado en la residencia vienesa del príncipe Lobkowitz, destinatario final de la dedicatoria de la pieza.

De todos es conocido que esta sinfonía iba a ser un homenaje a Napoleón Bonaparte, héroe de las guerras revolucionarias y símbolo de los ideales republicanos. En un principio, claro, porque, como ya sabemos, no tardó en autoproclamarse emperador, hecho que molestó sobremanera a un Beethoven humanista, que no pudo más que borrar su dedicatoria con tanta fuerza en el manuscrito que le hizo un agujero que todavía podemos admirar hoy. Es solo una teoría acerca del rasgado que tiene la primera página de la partitura, pero no me negarán que es más que plausible.

Hasta aquí el contexto histórico de una sinfonía que está entre las piezas más importantes, influyentes y decisivas de la historia de la música. No estamos, pues, ante una obra cualquiera. Para empezar, en su primer movimiento ya alcanza una duración comparable a la de muchas sinfonías completas de generaciones anteriores. No es alargar por alargar, sino que Beethoven coge el molde de Haydn y Mozart y lo estira hasta lo imposible logrando un efecto dramático que solo puede definirse como épico. También sigue ahondando en la concepción del último movimiento como elemento dramático con valor específico por sí mismo. Algo que hoy en día nos parece muy obvio, pero que empezó a esbozar Mozart y siguió perfeccionando Beethoven en sus dos primeras sinfonías y desarrolló de manera espectacular en esta tercera. Aquí, el finale deja de ser un simple desenlace para convertirse en un movimiento de enorme peso estructural y expresivo. Un cambio que influyó en casi todos los que vinieron después, de Schubert a Shostakóvich y de Brahms a Sibelius.

Lo difícil con la tercera es decidirse por una versión que encapsule toda la grandeza de la que es para muchos la sinfonía más grande jamás escrita. Hay demasiadas versiones, y muy buenas, pero ninguna es perfecta de por sí. Aun así, me he decidido por sumergirme en las de Herbert von Karajan con la Filarmónica de Berlín, grabada en 1962, y en la de Wilhelm Furtwängler con la Filarmónica de Viena, grabada en directo en el Musikverein en el invierno de 1944.

De la primera destacaría la forma en la que Karajan diluye la separación de los diferentes movimientos para construir una pieza única que fluye con una coherencia y una pulcritud inmaculadas. Una construcción elegante y limpia que puede que nos esté mostrando a un Beethoven más bello de lo que era en realidad. Porque el compositor gustaba de las aristas y lo rugoso, no lo olvidemos. Algo que Furtwängler muestra con una toma en directo en plenos coletazos finales de la 2ª Guerra Mundial. Una lectura furibunda, expresiva, llena de matices y en la que el director ilumina las tensiones con una maestría inigualable. Véanse, sin ir más lejos, un primer movimiento virulento como pocos y una "Marcha Fúnebre" en la que anula cualquier conato celebratorio para convertirla en un lamento profundo en medio de una era en pleno derrumbe. Una versión que te vapulea y te deja bien claro el porqué del prestigio de esta obra.


1. Allegro con brio
2. Marcia funebre: Adagio assai
3. Scherzo: Allegro vivace
4. Finale: Allegro molto

 No es fácil destacar individualidades en una pieza que hay que escuchar como un todo y en la que prácticamente todo brilla con una luz cegadora. Aun así, me gustaría hacer notar todo el primer movimiento, Allegro con brio, y dentro de él, la célebre entrada anticipada de la trompa. Se trata de una innovación impensable a principios del siglo XIX en la que Beethoven introduce una trompa que anticipa la recapitulación cuando el desarrollo todavía no ha concluido. la cual toca las cuatro notas del tema principal de la sinfonía, pero lo hace cuando nadie lo espera de tal manera que parece un error. Así se lo hizo notar al compositor Ferdinand Ries, alumno y amigo suyo, cuando menospreció al trompista en esa parte la primera vez que presenciaba la interpretación de esta sinfonía. Algo que le valió el enfado de Beethoven hasta, según dicen, casi llegar a las manos. Todo esto sucede entre el minuto 8 y 9 de la sinfonía.

 

Tampoco quiero dejar de señalar una "Marcha Fúnebre" que, en el caso de la grabación de Furtwängler de 1944, ya hemos dicho que suena oscura y doliente hasta el tuétano. Algo que se vio influido por el ambiente en Viena esos 19 y 20 de diciembre. La guerra estaba a punto de terminar y Alemania estaba siendo frenada y casi aniquilada en todos los frentes. Los bombardeos se recrudecían y las sirenas antiaéreas eran el pan nuestro de cada día en las ciudades del Reich. El Musikverein carecía calefacción y no es difícil imaginarse a muchos asistentes embutidos en sus abrigos mientras la guerra se acercaba a su desenlace. Creo que así podremos entender el alcance y la importancia de lo que se vivió allí en esas noches en las que, como esa interpretación de la "Marcha Fúnebre", más que celebrar heroicidades, la gente estaba presenciando inerte el final de toda una era.

miércoles, 27 de mayo de 2026

El cisne de hielo

 
Título: Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor, Op. 82; "Sinfonía del cisne"
Título original: Symphonie Nr. 5 Es-Dur, op. 82
Autor: Jean Sibelius
Año de composición: 1915-19
 Género: Sinfonía

Grabaciones de referencia:

  • Symphonies Nos. 3 & 5 (Paavo Berglund / Helsinki Philharmonic Orchestra, 1988)
  • Concerto for Piano and Orchestra No. 3 / Symphony No. 5 (Berliner Philharmoniker / Herbert von Karajan / Glenn Gould, 2008) ★★★☆☆
 

Jean Sibelius siempre se ha caracterizado por retratar como nadie con su música el paisaje, el ethos y la idiosincrasia de Finlandia, la tierra que lo vio nacer y en la que vivió hasta su muerte en 1957. Hay numerosos ejemplos en los que ese paisajismo sonoro nos sobrecoge con su descripción certera del frío, el viento y las postales nevadas de su tierra. Esta sinfonía, la del cisne, es uno de los mejores retazos de esa emotividad arrancada de los mismos elementos.

Una música diáfana, pero también tormentosa, apacible y serena, pero también voluptuosa y agitada como la tempestad, la calma, el frío y el viento helado. Sin dejar de lado la calidez del hogar que también se cuela entre estas notas: destellos impresionistas a veces, surgiendo como la niebla y colándose de puntillas en tu alma para no salir jamás. Esa es la potencia de una música que emerge de lo local para conquistar el mundo en cualquiera de sus rincones.

Mitos nórdicos que se han intentado encerrar en plástico en numerosas ocasiones. En mi caso, me he sumergido en las versiones de Karajan con la Filarmónica de Berlín, grabada en 1957, y la de Paavo Berglund con la Filarmónica de Helsinki, grabada en 1986. La primera posee más valor histórico que musical, y el oyente llega a ella más por el Concierto para piano nº 3 de Beethoven que abre el CD, y en el que participa Glenn Gould, que por la sinfonía de Sibelius. Y no es de extrañar, porque, aun ofreciendo la calidad esperada con Karajan, tampoco ofrece nada especial.

Algo que sí podemos disfrutar con la espectacular versión de Berglund. Una toma que se caracteriza por su excelente claridad estructural y por su huida del sentimentalismo excesivo. Una grabación hecha en casa en la que podemos comprobar la fortaleza de la conexión entre Sibelius y Finlandia. Algo que es básico para poder entender y disfrutar a fondo de la música de uno de los mayores compositores de finales del siglo XIX y principios del XX. Un genio que aquí se presenta apasionado, elegante y sutil elevado a la enésima potencia. Lo que me deja claro que, si no estamos ante su mejor sinfonía, estamos ante una de ellas. Y créanme que esto no es decir poco.

1. Tempo molto moderato - Allegro moderato (Ma poco a poco stretto) - Vivace molto - Presto - Più presto
2. Andante mosso, quasi allegretto - Poco a poco stretto - Tranquillo - Poco a poco stretto - Ritenuto al tempo I
3. Allegro molto - Misterioso - Un pochettino largamente - Largamente assai - Un pochettino stretto

sábado, 23 de mayo de 2026

Diálogo profundo

 
Título: Concierto para piano nº 3 en do menor, Op.37
 Título original: Concerto pour le Pianoforte avec accompagnement d’Orchestre en ut mineur, Op. 37 
Autor: Ludwig Van Beethoven
 Año de composición: 1800-02
 Género: Concierto para piano y orquesta

Grabaciones de referencia:

  • Piano Concerto No. 3 in C minor, Op. 37 (Daniel Barenboim / Berliner Staatskapelle, 2007) [VIDEO]
  • Concerto for Piano and Orchestra No. 3 / Symphony No. 5 (Berliner Philharmoniker / Herbert von Karajan / Glenn Gould, 2008) ★★★☆☆

 

He aquí una de las obras clave para entender a un Beethoven todavía joven que ya aspiraba a las cotas más altas de prestigio y consolidación entre el público. Un pianista conocido por su estilo enérgico y apasionado en la Viena de la época. También por su incalculable capacidad improvisatoria. Sin embargo, todavía estaba lejos de su época heroica de madurez. Detalles todos que podemos apreciar en sus conciertos para piano, todos intensos y apasionados, si bien hoy nos vamos a centrar en el tercero.

Este concierto para piano y orquesta lo empezó a pergeñar Beethoven, según la mayoría de estudiosos, a finales del siglo XVIII, revisándolo en diferentes fases hasta 1802, según las fuentes autorizadas. Se trata de un concierto con un primer movimiento claramente deudor de su admirado Mozart, concretamente de su Concierto para piano mº 24 (1786), también en do menor. Aquí Beethoven, más que imitar de manera inerte, digiere y expande la obra del austriaco para usarla como punto de partida en un viaje que se torna una experiencia absolutamente dramática y expansiva. 

Él mismo estrenó esta obra en 1803, dirigiéndola e interpretando las partes al piano, en un ejercicio de control total que dice mucho sobre su apabullante personalidad. Como ejemplo de su carácter impulsivo e irreductible, mencionaré las palabras de su amigo, Ignaz von Seyfried, el cual se encargaba de pasarle las hojas de las partituras en sus conciertos: "No vi nada salvo páginas en blanco; como mucho, en alguna que otra página, unos cuantos jeroglíficos egipcios totalmente ininteligibles para mí aparecían garabateados para servirles de pista: y es que tocaba todas las partes solistas de memoria, ya que, como solía ser el caso, no había tenido tiempo para escribirlas en papel."

Creo que con eso queda todo dicho, y a la vez se plantea la duda de si debemos criticar tanto enfoques como el de Glenn Gould, que seguía esa costumbre de tocar sin partitura al pie de la letra, o quizás deberíamos tomarlo como algo puramente beethoveniano. Porque precisamente una de las grabaciones que he usado como referencia para esta obra es la que hizo el pianista canadiense bajo la dirección de Herbert von Karajan. Dirección por decir algo, porque más bien parece un enfrentamiento en el que el austriaco no se pliega al estilo de Gould y se limita a dirigir la orquesta en un diálogo de besugos tan intenso y beligerante que acaba siendo una de las grabaciones más interesantes que se puedan escuchar de este concierto. La grabación se produjo en 1954 para ser rescatada en 2008. Toda una revelación, ya que entre toda la tensión y el enfrentamiento que ofrece el estilo pétreo y monolítico de Karajan contra los arabescos fragmentarios y excesivamente intrincados de Gould podemos encontrar revelaciones inéditas y totalmente inesperadas. Al menos en algunos momentos.

Aun así, una vez saciado nuestro interés por el morbo más heterodoxo, es obligatorio centrarse y sumergirse en la fantástica recreación que hizo Daniel Barenboim (dirección y piano) en el Klavier-Festival del Ruhr. Ahí dejamos de oír a Gould para empezar a oír a Beethoven. Y es que por la claridad en los planos sonoros, la naturalidad rítimica de Barenboim y la integración perfecta entre el piano y la orquesta podemos decir que estamos ante uno de los trabajos de referencia para este concierto para piano. Un trabajo pulcro, elegante y de una sensibilidad infinita para hacer justicia a una obra que puede que no esté entre las más grandes del canon beethoveniano, pero que es una gozada de principio a fin. 

1. Allegro con brio
2. Largo
3. Rondo

lunes, 18 de mayo de 2026

Violines acuchillados

 
Título: Cuartetos de cuerda
  Título original: „Streichquartette“
 Autor: Béla Bartók
 Año de composición: 1908-39
 Género: Modernismo / Primitivismo / Cuarteto de cuerda

 Grabaciones de referencia:

  • The 6 String Quartets (Takács Quartet, 1997)

Béla Bartók compuso sus seis cuartetos de cuerda a lo largo de un periodo de más de treinta años. No nacen como parte de un proyecto unitario y, sin embargo, todos comparten una sonoridad y una intención que los conecta de manera irremisible. Casi todos suenan abstractos y acuchillados, con patrones rítmicos precisos pero abruptos y como cortados al ras. Y los que no alcanzan ese filo, se muestran inasibles y flotantes con una pesadumbre subyugante. Todo un arsenal emocional que Bartók consigue con técnicas heterodoxas y radicales en las que el violín, además de ser un instrumento melódico, además de llorar y gemir como nunca, se convierte en un arma de fricción y ataque. Cuando no en pura percusión. 

Así consigue sacar a la luz todo el primitivismo que resulta de su exploración del folklore de su tierra y alrededores, esto es, Europa central y sudoriental. Una música expresiva por encima de una búsqueda de la belleza tradicional que simplemente no iba con él. Porque en estos cuartetos, pináculos dentro de la música de cámara, los músicos atacan al instrumento y ofrecen sonidos de una agresividad y una virulencia inéditas en este formato. Un atavismo que conecta directamente con esa conmoción que fue La consagración de la primavera (Igor Stravinsky, 1913) para ofrecer su versión de lo que debería ser la música modernista. Precisamente una mirada al lado más primitivo del hombre para acabar sacando las partituras más avanzadas de su época, auténtico espejo para cualquiera con pretensiones vanguardistas desde entonces.

Todas estas fluctuaciones van repitiéndose en estos cuartetos como si de las olas del mar se tratara. Desde la reinterpretación de Beethoven que parece estar desarrollando en el primero, al cubismo que aplica a ese legado, con sus excepciones en ciertos movimientos y cuartetos, como el sexto, que suena totalmente elegíaco, trascendental y casi lacrimoso. Elementos disuasorios para el oyente medio, pero que van a atrapar a cualquier curioso que se acerque a esta música con el ánimo adecuado y la mente limpia y abierta.

Y de entre todos, no sé con cuál quedarme, la verdad. Ahí está la grandeza del quinto y del cuarto, con sus pizzicatos salvajes bautizados en honor de Bartók; la majestuosidad dolorosa y extática del sexto y del último movimiento del segundo; la vanguardia punzante del tercero; o ese primer cuarteto que nos enseña a las claras de dónde nace todo lo demás. Detalles que conectan a todos entre sí y que nos dejan una obra maestrísima de la música más agreste y apasionada. De esa que no es para todo el mundo, pero en la que una vez que entras no vas a salir, o mejor dicho, te va a cambiar para siempre. Sí, así de intenso es esto. Por eso, precisamente, hay que atreverse a zambullirse sin dudar ni un instante.

Streichquartett Nr. 1 (1908)

1. Lento
2. Allegretto
3. Allegro vivace 

Streichquartett Nr. 2

1. Moderato
2. Allegro molto capriccioso
3. Lento 

Streichquartett Nr. 3 

1. Prima parte. Moderato
2. Seconda parte. Allegro
3. Recapitulazione della prima parte. Moderato
4. Coda. Allegro molto

Streichquartett Nr. 4

1. Allegro
2. Prestissimo, con sordino
3. Non troppo lento
4. Allegretto pizzicato
5. Allegro molto

Streichquartett Nr. 5 

1. Allegro
2. Adagio molto
3. Scherzo. Alla bulgarese
4. Andante
5. Finale. Allegro vivace

Streichquartett Nr. 6 

1. Mesto - Vivace
2. Mesto - Marcia
3. Mesto - Burletta
4. Mesto - Molto tranquillo 

lunes, 4 de mayo de 2026

Legado inmortal

 
Título: El arte de la fuga, BWV 1080

 Título original: „Die Kunst der Fuge“

Autor: Johann Sebastian Bach

Año de composición: 1740-50

Género: Barroco/Fugas
 

 Grabaciones de referencia:

  • The Art of the Fugue: Volume I (First Half) - Fugues 1-9 (Glenn Gould, 1962)   ★★★☆☆
  • L'Art de la Fugue (Gustav Leonhardt, 1978)   ★★★

 

Escrito y corregido durante sus diez últimos años de vida, El arte de la fuga es el testamento musical de Johann Sebastian Bach. Una obra monumental en la que el de Eisenach combina la teoría y la práctica de manera superlativa. Variaciones sobre un tema en constante evolución, aumento progresivo de la dificultad para el intérprete conforme avanzamos en los diferentes movimientos y un desarrollo sofisticado y complejo del contrapunto. Estas catorce fugas y cuatro canons en re menor suponen la culminación del arte de un genio sin parangón.

La fuente más fidedigna de esta obra la encontramos en el manuscrito del propio autor, fechado entre 1740 y 1746. Un documento en el que no se especifica la instrumentación requerida para su interpretación. No obstante, hay bastante consenso entre los estudiosos en que se trata de una serie de piezas para teclado. La costumbre de no especificar instrumentación en las obras para teclado entre finales del siglo XVII y principios del XVIII es un punto a favor de esta idea. También el hecho de que el rango tonal de los instrumentos de una orquesta de la época no alcanzara la amplitud mostrada en la obra. Por otra parte, hay que mencionar también la ausencia de bajo continuo en la partitura y el detalle nada menor de que los tipos de fuga empleados aquí se parecen demasiado a los utilizados en obras como El clave bien temperado. Ideas todas que empujan en la dirección de que esta música fue pensada para el teclado, por mucho que se haya interpretado de infinidad de maneras, incluyendo versiones orquestales de la misma.

Por ello, para su disfrute y análisis me he centrado en grabaciones que se aproximan a la obra desde instrumentos con teclas. Empezando por la versión que grabó Glenn Gould para órgano en 1962. Una versión incompleta que cubre la mitad de la obra. Tenía pensado grabar un segundo volumen, pero esto, por diversas circunstancias, no se hizo. En esta aproximación, percibimos a un Gould impreciso y torpe ante un instrumento que no parece dominar en ningún momento. Es curioso y hasta tiene su punto de atractivo el percibirlo como si un niño estuviera jugando con la pieza de Bach de manera candorosa y totalmente personal. Esta interpretación la he complementado con una serie de intentos al piano sobre algunos de estos contrapunctus. Y ahí, sí que sí, el canadiense consigue parar el tiempo y ponernos un nudo en la garganta. Sobre todo en una "Fuga a 3 soggetti (Contrapunctus XIV)", que el alemán había dejado inconclusa y que Gould transforma en un hermosísimo adagio que, aunque acaba abruptamente, sirve para homenajear a Bach con honores.

Aun así, la grabación más respetada y calificada como histórica podría ser la que hizo el neerlandés Gustav Leonhardt al clave en 1969 —publicada en 1978—. Para ello, utilizó un instrumento fabricado por Martin Skowroneck siguiendo un modelo histórico del siglo XVIII conservado en Amberes. Sobre estas teclas desgranó su concepción de El arte de la fuga, según la cual desnudó la obra de artificios modernos y distracciones para ofrecernos una interpretación limpia, detallada y gélida. En ella, con una precisión milimétrica, se enfatiza la arquitectura matemática y la solemnidad de una obra más pensada para impresionar que para deleitar. Un trabajo subyugante que selló para siempre la forma en la que Bach debió sonar, al menos, en la mente del genial intérprete de los Países Bajos.

En resumidas cuentas, mientras que cuando Gould toca, para bien o para mal, lo escuchamos a él y no a Bach, Leonhardt nos ofrece una idea plausible de cómo sonaría esta música tocada por su autor. En ningún caso estamos ante la verdad absoluta, sino ante dos formas de espolear nuestra imaginación. Gould, por su parte, no tuvo problemas en tocar esa "Fuga a 3 soggetti", aun teniendo que dejarla flotando en el aire ante su final abrupto de obra inacabada. Leonhardt prefirió no entrar en el terreno de la imaginación y tocó solamente lo que Bach había dado por terminado. Dos formas opuestas y complementarias de entender el genio del compositor más imprescindible y esencial de toda la música occidental. 

1. Contrapunctus I
2. Contrapunctus II
3. Contrapunctus III
4. Contrapunctus IV
5. Contrapunctus V
6. Contrapunctus VI, a 4 in stylo francese
7. Contrapunctus VII, a 4 per augmentationem et diminutionem
8. Contrapunctus VIII, a 3
9. Contrapunctus IX, a 4 alla duodecima
10. Contrapunctus X, a 4 voci alla decima
11. Contrapunctus XI, a 4
12. Contrapunctus XII, a 4
13. Contrapunctus XIII, a 3
14. Canon per augmentationem in contrario motu
15. Canon alla ottava: Canon
16. Canon alla decima in contrapunto alla
17. Canon alla duodecima in contrapunto alla quinta
18. Fuga a 3 soggetti (Contrapunctus XIV) 

 El movimiento más curioso e interesante de esta obra para mí es precisamente el que Bach dejó inconcluso, una "Fuga a 3 soggetti (Contrapunctus XIV)" que suena melancólica hasta el tuétano. La idea del compositor parecía consistir en la construcción de una fuga monumental en la que iba introduciendo temas sucesivos. Así, el primer sujeto de la fuga era el tema principal, el segundo era un movimiento más complejo y contrapuntísticamente denso, y el tercero empezó a levantarlo sobre las notas si bemol, la, do y si natural. Una notación que en el mundo anglosajón se escribe B♭ – A – C – B♮, pero que en Alemania era B-A-C-H.

Se trataba de un recurso simbólico con el que "firmaba" la partitura desde la misma música. Un truco que ya había utilizado antes y que muchos otros compositores retomarían después de él. Lo que ocurre en esta fuga es que, aunque esboza su intención, Bach no tiene tiempo para rematarla. No llega a conectar los tres sujetos mencionados plenamente y los deja sin resolver. La tradición, y así lo deja por escrito su hijo Carl Philip Emanuel Bach en la misma partitura, dice que Johann Sebastian murió literalmente en medio de la composición del último compás.

Algo que parece exagerado y que no puede probarse. Lo único cierto es que el estado de salud del compositor estaba ya muy deteriorado en los últimos años. Hasta el punto de que no era probable que pudiera escribir música. Mucho menos hasta el último instante de vida. Su hijo escribió eso con toda la intención y el mito simplemente se abrió paso en el inconsciente colectivo.

Aun así, a pesar del morbo, nos quedaremos con la pena de no poder disfrutar de un movimiento que se antojaba absolutamente descomunal. Y es que Bach apuntaba a una fuga cuádruple en la que parecía querer combinar los tres sujetos de la misma en una especie de apoteosis final del contrapunto. No pudo ser, pero nos queda la imaginación y el sabor de lo que podía haber sido, por ejemplo, en la interpretación/recreación de Glenn Gould al piano. Ahí ya vemos que, si la pieza suena así sin terminar, no podemos sino relamernos al pensar cómo sería si Bach la hubiera terminado. 

sábado, 18 de abril de 2026

Suscipe me, Domine, in sinu tuo

 
Título: Misa en si menor, BWV 232

 Título original: „H-moll-Messe“

Autor: Johann Sebastian Bach

Año de composición: 1733-49

Género: Barroco/Misa
 

 Grabaciones de referencia:

  • Mass in B Minor (John Eliot Gardiner / Monteverdi Choir, 1985) 

 

Estamos ante una versión extendida de la Misa ordinaria, composición que establecía las partes invariables de la liturgia eucarística cristiana. Para ello, Bach reutilizó motivos de obras anteriores como el Sanctus de 1724. La composición de esta Misa en si menor le llevó, según los estudiosos, no menos de 16 años, de 1733 a 1749, completándola tan solo un año antes de su muerte. Este arco temporal no queda del todo claro, como es habitual, aunque se sabe con certeza que el de Eisenach empezó a trabajar en una Missa con motivo del fallecimiento de Augusto II de Polonia, el "fuerte", y en honor a su heredero, Augusto III.

Ese pudo ser el punto de partida de esta obra postrera, ya que una Missa es solo una porción de la liturgia, la cual amplió a la ceremonia completa en su definitiva Misa en si menor. Una composición que nos lleva por los entresijos del rito cristiano, siendo válida tanto para ceremoniales católicos como luteranos. Todo un hito y uno de los logros más elevados en toda la historia de la música. En esta partitura, voces e instrumentos se entrelazan en un suspiro redentor que hace que el creyente visite la Gloria por momentos. Pero, lo más increíble no es esto. Para mí, esta música consigue lo más difícil: que los ateos convencidos se planteen la posibilidad de la existencia de Dios durante su escucha.

Epifanía que solo puede ocurrir con las obras más profundas y valiosas. Ocurre, diría yo, con el Requiem de Mozart y con obras de ese pelaje y dimensión. Trabajos crepusculares en su mayoría, postreros, casi agónicos, en los que el autor parece tener su alma ya entre dos mundos. Como si le estuvieran dictando unas armonías y unas cadencias que nos transportan a un sitio totalmente desconocido, pero lleno de luz.

A todo eso suena esta Misa en si menor. Y una vez más, no puedo decir que la disfrute con todo mi ser. Primero por ser música vocal, algo que ya me pone en guardia, Sin embargo, disfruto intensamente los primeros movimientos. Hasta que en su larguísimo desarrollo —algo que también la hace cuesta arriba—  se produce un cambio de atmósfera a la altura del Quoniam tu solus Sanctus, con ese barítono, que la hace algo farragosa para mi oído maleducado. Después, la cosa se vuelve a poner emocionante al máximo con el cierre del Gloria mediante un extático Cum sancto spiritu capaz de erizar el vello de cualquiera. 

Los siguientes movimientos varían en su emotividad y en su capacidad de atracción. Y por supuesto que la obra conmueve como pocas en su conjunto, si bien no entra de primeras. O quizás es que, en esta época caótica y sin pausas, no estemos preparados para aguantar la hora y tres cuartos que dura la grabación de Gardiner a la que me he sometido. La cuestión es que, en cuanto encontremos el momento y estemos del humor requerido, nos daremos cuenta enseguida de que estamos ante uno de los hitos más gigantescos del canon occidental. Simplemente imagínense cómo sonaría esto en una catedral, con las voces, las cuerdas y los vientos rebotando en las paredes, las bóvedas y las columnas. Solo así podremos hacernos una idea de la magnitud de lo que suena por nuestros pobres altavoces.

1. Kyrie
    1. Kyrie I
    2. Christe
    3. Kyrie II
2. Gloria
    1. Gloria
    2. Et in terra pax
    3. Laudamus te
    4. Gratias agimus tibi
    5. Domine Deus
    6. Qui tollis
    7. Qui sedes
    8. Quoniam tu solus sanctus
    9. Cum sancto spiritu
3. Credo
    1. Credo in unum Deum
    2. Patrem omnipotentem
    3. Et in unum Dominum
    4. Et incarnatus est
    5. Crucifixus
    6. Et resurrexit
    7. Et in Spiritum Sanctum
    8. Confiteor
    9. Et expecto
4. Sanctus
    1. Sanctus
    2. Pleni sunt coeli
    3. Osanna in excelsis
5. Benedictus
    1. Benedictus
    2. Osanna in excelsis
6. Agnus Dei
    1. Agnus Dei
    2. Dona nobis pacem

sábado, 10 de enero de 2026

Vida, muerte y trascendencia

 
Título: Sinfonía nº 2 en do menor; "Resurrección"

 Título original: „Sinfonie Nr. 2 in c-Moll („Auferstehung“)“

Autor: Gustav Mahler

Año de composición: 1888-94

Género: Romanticismo tardío
  

Grabaciones de referencia:

  • Symphony No. 2 in C minor "The Resurrection Symphony" (New York Philharmonic / Leonard Bernstein, 1964) ★★★★☆
 
 

“Una sinfonía debe ser como el mundo. Debe abarcarlo todo: alegría, sufrimiento, amor, muerte, todo lo que existe en la vida.” (Gustav Mahler) 

Esta segunda sinfonía marca un momento definitivo en el arte de Mahler. Compuesta en un período de intensa actividad musical como director de orquesta, representa el instante en el que el compositor sella su idea de hacer de esa forma musical un vehículo filosófico y existencial más allá de la mera sucesión de notas y acordes. La materialización de la cita con la que empezábamos este texto.

Inspirada en la pieza coral Aufsteh'n de Carl Heinrich Graun sobre unos versos de Friedrich Gottlieb Klopstock, esta sinfonía es la primera en poder llamarse mahleriana en toda la extensión del término. Dicha página coral, instigadora de la creación de esta obra, la escucharía Mahler en el funeral de Hans von Bülow, famoso director de orquesta con el que había mantenido una amistad tensa y con altibajos a lo largo de su vida. Lo curioso del caso es que fue este director el que despreció sin reservas una pieza al piano que Mahler compuso en 1888, Totenfeier. Pieza que se transformaría en el primer movimiento de esta segunda sinfonía.

Curiosidades al margen, y dejando claro que estamos ante el majestuoso pórtico de entrada al sinfonismo monumental del compositor austriaco, habría que dar importancia también al empleo de la voz humana en los dos últimos movimientos de la sinfonía. Esto se materializa a través de un coro sencillo y ajustado a la acentuación de la palabra y el verso. Un coro que recita partes del texto de Klopstock mencionado arriba, pero que termina con una aportación clave de Mahler: un "¡moriré para vivir!" ("Sterben werd' ich, um zu leben!") con el que el compositor logra su aspiración de hacerse comprensible para el público, revelando el auténtico sentido de una sinfonía que musicaliza cuestiones como la inexorabilidad de la muerte, el porqué de la vida y la existencia del más allá. 

Es la inclusión de estos versos una de las innovaciones clave en su arte. No fue el primero en introducir la voz humana en esta estructura musical. Beethoven y Mendelssohn ya lo habían hecho antes, pero se puede decir que se hizo más frecuente, hasta el punto de institucionalizarse con Mahler. Una fanfarria vocal que contribuye a la monumentalidad de una música que explosiona en un finale grandioso. Una conclusión que encapsula todo lo desmesurado de un romanticismo que estaba dando sus últimos coletazos —o que quizás había acabado ya y esto eran los rescoldos. Una forma de no olvidar el pasado mientras se sientan las bases de lo que habría de ser un nuevo sinfonismo: más libre en su estructura, abierto a lo extramusical y al pensamiento filosófico, atento a la dilatación del tiempo y al contraste extremo como lenguaje expresivo. Rasgos que anticipan algunas de las tensiones que definirían al sinfonismo en el siglo XX.

Por último, si hay que elegir una versión, cosa harto complicada, creo que habría que detenerse en la grabación que Leonard Bernstein realizó en 1964 al frente de la New York Philharmonic. No porque sea el registro de referencia —no creo que exista tal cosa con esta sinfonía—, sino por la forma en la que el director siempre parece haber entendido a Mahler en general y a esta obra en particular. La manera en la que dilata los tiempos, carga de tensión los silencios y convierte el recorrido sinfónico en un auténtico viaje emocional ahonda en la carga existencial de una sinfonía que siempre ha destacado por su intensidad. Una vez más, Bernstein nos ofrece una lectura que parte de una experiencia vivida en lugar de quedarse en un ejercicio de equilibrio formal. Una grabación en la que lo confesional y lo exuberante cobran vida. Por eso, digo yo, tantos años después sigue siendo una de las grabaciones de la Segunda más influyentes, queridas y analizadas de la historia.

♪♪♪

1. Allegro maestoso. Mit durchaus ernstem und feierlichem Ausdruck
2. Andante moderato. Sehr gemächlich. Nie eilen
3. In ruhig fließender Bewegung
4. Urlicht. Sehr feierlich, aber schlicht
5. Im Tempo des Scherzos 

domingo, 28 de diciembre de 2025

Música a escala monumental

 
Título: Sinfonía nº 3 en re menor

 Título original: „Sinfonie Nr. 3 in d-Moll“

Autor: Gustav Mahler

Año de composición: 1893-96

Género: Romanticismo tardío
  

Grabaciones de referencia:

  • Symphony No. 3 in D minor (New York Philharmonic / Leonard Bernstein, 1962) ★★★★☆

Mahler siempre ha sido analizado como un continuador de las enseñanzas de Liszt, Wagner o Brahms. También de la poesía y la filosofía, con figuras del calibre de Nietzsche permeando algunos matices de sus obras. Este filósofo es especialmente importante para el trasfondo de esta sinfonía. Sin embargo, si tenemos que nombrar a una figura capital para el aprendizaje sinfónico de Mahler, ese sería sin duda Beethoven, una verdadera referencia para la arquitectura monumental que el austriaco fue desarrollando en esta forma musical.

En cuanto a esta tercera sinfonía, nos encontramos ante la que puede ser su obra más ambiciosa, dramática y colosal. Lo que sí está claro es que, si nos centramos en sus sinfonías, esta es la más gigantesca. No solo por su duración, la cual oscila entre los 90 y los 105 minutos, dependiendo de la interpretación, sino por su enorme complejidad tanto orquestal como, sobre todo, emocional. Esto no hace especialmente fácil sentarse a disfrutar de esta música, pero sin duda es un esfuerzo que será altamente recompensado. Solo hay que dejarse vapulear por esta música tumultuosa, en el lado opuesto del minimalismo y absolutamente subyugante si la dejamos crecer como nos propone.

Y para someternos como es debido, tomaremos una grabación clásica que tasa muy alto en el inconsciente colectivo. Me refiero a la que realizó Leonard Bernstein al frente de la Sinfónica de Nueva York en 1962, obra que, a pesar de los años, sigue manteniendo la adoración casi intacta. Los motivos saltan a la vista: Bernstein introdujo a Mahler en un repertorio, el estadounidense, en el que no había tenido cabida con la suficiente profusión hasta entonces; y luego está el toque secreto del director norteamericano, a partir del cual consigue sacar toda la carga filosófica y emocional de una pieza en la que amplifica los tempos lentos y aporta esa sonoridad cálida y potente en los nubarrones que enmarcan la tempestad. 

Al fin y al cabo, todo lo que ha sido siempre Bernstein: sentimiento, contraste y emoción a flor de piel. Algo que siempre agradeceré en la interpretación de los clásicos porque creo que es la única forma de hacerlos eternos. Y algo que con Mahler se hace imprescindible. No me extraña que cambiara la percepción del compositor austriaco para siempre. No solo en su país, sino en todo el mundo.  

♪♪

1. Kräftig. Entschieden
2. Tempo di menuetto
3. Comodo (Scherzando)
4. Sehr langsam - Misterioso
5. Lustig im Tempo und keck im Ausdruck
6. Langsam - Ruhevoll - Empfunden

domingo, 30 de noviembre de 2025

En la corte celestial

 
Título: Conciertos de Brandeburgo (BWV 1046-1051)

 Título original: Six Concerts à plusieurs instruments (BWV 1046-1051)

Autor: Johann Sebastian Bach

Año de composición: 1717-21

Género: Barroco / Concierto
  

Grabaciones de referencia:

  • 6 Brandenburgische Konzerte (The English Concert/Trevor Pinnock, 1982) 
  • Brandenburgische Konzerte/Concerts Brandenbourgeois/Brandenburg Concertos (Amsterdam Baroque Orchestra/Ton Koopman, 1985) 

  

Estos seis conciertos, dedicados a Christian Ludwig, príncipe de Brandenburg-Schwedt, en 1721 son una de las cumbres más altas de la música barroca en toda la plenitud del término. Sin duda, uno de los pináculos eternos de los muchos que nos dejó Bach. Todo este ambiente cortesano se resume claramente en una dedicatoria en la que el compositor titula este ciclo en el francés tan en boga en esos círculos.

Un título que no tiene nada que ver con el de "Conciertos de Brandeburgo", término que podemos atribuir a Philipp Spitta, musicólogo que empezó a usarlo a finales del siglo XIX en la biografía que escribió sobre el maestro. Una denominación que se ha acabado imponiendo, por descriptiva y clara, y que ha llegado a nuestros días como prácticamente la única forma en la que todos nos referimos a este ciclo de conciertos.

Un ciclo musical en el que Bach parece querer demostrar el alcance superlativo de sus capacidades, construyendo cada concierto sobre una agrupación instrumental diferente. Así, en el primero domina la gran orquesta con instrumentos de viento; en el segundo deja el protagonismo para los solistas con instrumentos de dificultad extrema como la trompeta natural en fa (sin pistones ni llaves) o con interpretaciones ultraexigentes al límite de la habilidad humana; el tercero se centra en las cuerdas; el cuarto es un concierto casi pastoral en el violín dialoga con las flautas de manera sublime; el quinto deja casi todo el espacio para el clavicémbalo en lo que sería un precursor de los conciertos de teclado, dejando incluso espacio para lo que muchos musicólogos consideran el primer solo de teclado de la historia; y el sexto y último gira en torno a las cuerdas solemnes y oscuras de la viola y la viola de gamba, y sin violín, algo único en Bach.

En definitiva, todo un catálogo de lo que podía hacer una orquesta al máximo de su expresión. Un crisol de combinaciones, contrapuntos y ejercicios de virtuosismo en grado sumo. Todo lo que era Bach llevado un paso más allá. Con un dominio de la orquesta que no solo no oculta sino que quiere dejar claro en todo momento. Podríamos pensar incluso que con insolencia y falta de humildad. 

Luego están las infinitas interpretaciones de esta obra. Unas aproximaciones en las que prima la calidad y entre las que es difícil escoger. Yo me he decantado por dos interpretaciones históricamente informadas (HIP) como son las dirigidas por Trevor Pinnock con The English Concert y por Ton Koopman con The Amsterdam Baroque Orchestra. Dos interpretaciones de características similares en las que prima la fidelidad por el sonido barroco, con instrumentos de la época, bajas afinaciones y una articulación ligera, viva y danzástica.

Si hay alguna diferencia entre ambas, aparte del carácter seminal y pionero de la de Pinnock (se adelantó en tres años a la de Koopman), esta estaría en los mayores ornamentos y el tono algo más festivo del holandés, algo que no puede superar la sobriedad y la nobleza de un Pinnock que definió de manera inapelable cómo debía sonar Bach para toda una generación.

♪♪

1. Brandenburgische Konzert (BWV 1046)

1. [no tempo indication]
2. Adagio
3. Allegro
4. Menuet - Trio I - Menuet da capo - Polacca - Menuet da capo - Trio II - Menuet da capo 

2. Brandenburgische Konzert (BWV 1047)

1. Allegro moderato
2. Andante
3. Allegro assai 

3. Brandenburgische Konzert (BWV 1048)

1. [no tempo indication]
2. Adagio
3. Allegro

4. Brandenburgische Konzert (BWV 1049) 

1. Allegro
2. Andante
3. Presto 

5. Brandenburgische Konzert (BWV 1050) 

1. Allegro
2. Affettuoso
3. Allegro

6. Brandenburgische Konzert (BWV 1051) 

1. [no tempo indication]
2. Adagio, ma non tanto
3. Allegro 

domingo, 12 de octubre de 2025

Una danza con Dios

 

Título: Suites para violonchelo solo (BWV 1007-1012)

Título original: Suites à Violoncello Solo senza Basso (BWV 1007-1012)

Autor: Johann Sebastian Bach

Año de composición: 1720-21

Género: Barroco / Violonchelo

 

Grabaciones de referencia:

  • Suiten für Violoncello solo (Pau Casals, 1982 [grabado entre 1936-1939]) ★★★★★ 

 

 

Los estudiosos sitúan la composición de estas suites entre 1720 y 1721, momento en el que Bach era Kapellmeister en Köthen. Un cargo que le permitió desarrollar su arte en grado sumo. Así, de esta época son sus Conciertos de Brandenburgo, El clave bien temperado o estas Seis suites para violonchelo, auténticos hitos de la música más profunda y conmovedora que se haya escrito jamás.

Unas partituras para violonchelo que hoy son parada obligada para cualquier estudioso del instrumento, pero que se mantuvieron ocultas y sin apenas difusión durante un par de siglos. Al fin y al cabo, se trata de una música altamente demandante para el intérprete, con dudas y discrepancias en bastantes detalles acerca de su ejecución, ya que las copias existentes no contenían anotaciones básicas para entenderlas en su totalidad. Si a esto le unimos que se consideraban más material de estudio y práctica que obras musicales per se, podremos entender por qué se mantuvieron dormidas tanto tiempo sin despertar el interés de los músicos a la hora de interpretarlas en público.

Tuvo que llegar Pau Casals a principios del siglo XX para desempolvarlas y quitarles ese sambenito de partituras de calentamiento hasta convertirlas en lo que en realidad son. En nuestros días, no hay crítico que no se deshaga en elogios hacia estas obras, llegando a considerarlas entre las obras clásicas más profundas de la historia. Algo que sin duda debemos al grandísimo violonchelista de El Vendrell.

Casals se encontró por casualidad las partituras en una tienda de segunda mano de Barcelona. Corría el año 1889 y el violonchelista tenía solo trece años. A partir de ahí comenzó a desentrañarlas y darles una vida que no tenían por los prejuicios y la falta de pistas acerca de su interpretación exacta. No fue hasta 1936 cuando pudo grabarlas, aunque por entonces ya las había hecho suyas dotándolas de una expresividad que las hacía volar ante los oídos atónitos de un público que las descubría como si hubieran sido escritas entonces. El genio catalán estaba ya en su sesentena y con esas grabaciones estaba sellando para siempre el sonido de unas suites que, no sabemos por qué, parecen conectar de manera directa con lo que tenía Bach en mente cuando las escribió doscientos años antes.

Nunca sabremos si el genio de Eisenach las había imaginado exactamente así. Ha pasado demasiado tiempo y las partituras originales se perdieron, teniendo que construir esta música a partir de transcripciones y del talento y la intuición de músicos como Casals. Lo que sí es cierto es que los restos a partir de los cuales se han reconstruido ya nos maravillan tanto que a veces parece increíble que lo que suena en discos como los que grabó el violonchelista haya salido de una mente humana. Algo que da fe de la estatura inalcanzable de Bach y de la empatía y el talento mayúsculo de Pau Casals i Defilló.

♪♪

Cello Suite No. 1 in G major

1. Prélude
2. Allemande
3. Courante
4. Sarabande
5. Menuett
6. Menuett
7. Gigue
 
Cello Suite No. 2 in D minor
 
1. Prélude
2. Allemande
3. Courante
4. Sarabande
5. Menuett
6. Menuett
7. Gigue 

Cello Suite No. 3 in C major

1. Prélude
2. Allemande
3. Courante
4. Sarabande
5. Bourrée
6. Bourrée
7. Gigue

Cello Suite No. 4 in E flat major

1. Prélude
2. Allemande
3. Courante
4. Sarabande
5. Bourrée
6. Bourrée
7. Gigue 

Cello Suite No. 5 in C minor

1. Prélude
2. Allemande
3. Courante
4. Sarabande
5. Gavotte
6. Gavotte
7. Gigue

Cello Suite No. 6 in D major

1. Prélude
2. Allemande
3. Courante
4. Sarabande
5. Gavotte
6. Gavotte
7. Gigue 

martes, 30 de septiembre de 2025

El violín como orquesta

 

Título: Partita para violín nº 2 en re menor (BWV 1004)

Título original: Partita für Violine solo Nr. 2 d-Moll (BWV 1004

Autor: Johann Sebastian Bach

Año de composición: 1720

Género: Barroco / Violín 

 

Grabaciones de referencia:

  • Sonata No. 1; Partita No. 2 (Jascha Heifetz, 1956)
  • Sonaten und Partiten (Itzhak Perlman, 1988)

   

Cénit de la escritura polifónica para un instrumento que no es de teclado, las Sonatas y partitas para violín solo suponen un pináculo de la composición pensado para llevar al límite al intérprete en un ejercicio de virtuosismo solo comparable a su belleza inmarchitable. Esta pieza en re menor pertenece a una serie de seis obras que el maestro alemán completó a lo largo de tres lustros, empezando siquiera a idearlas alrededor de 1703 para acabarlas en 1720. En realidad, el proceso de composición de estas obras como tal se debió iniciar en 1717, aunque no se puede negar que se trata de una de las piezas primerizas de Bach, lo que da fe de la maestría con la que el de Eisenach se manejaba ya desde sus primeros intentos.

La Partita nº 2 es una pieza exigente para el violinista y de un alcance emocional muy profundo. Un auténtico dechado de sensibilidad que se encuentra sin duda entre las obras favoritas de los adeptos al compositor. Una obra que no tiene parangón dentro de esas no tan comunes partituras escritas para un solo instrumento, porque consigue sacar a la luz gran parte del espectro multicromático del violín y hacerlo sonar siempre al límite de la expresividad, ya sea haciéndolo llorar, susurrar o gritar de júbilo. Algo que culmina, y eso no es discutible, en ese cierre con la Chacona, que está entre lo más grande que haya salido de la mente de Bach. Un segmento que es parada obligada para todo violinista que se precie de serlo y que es también imprescindible para todo oyente que pretenda saber algo de música clásica. 

En cuanto a las interpretaciones destacadas de la pieza, hay muchísimas, como podrán imaginar. Como ejemplos, destacaré, no sin saber que me dejo cientos de ejecuciones mayúsculas, la de Jascha Heifetz, grabada en 1954, y la de Itzhak Perlman, de entre 1986 y 1987. 

En el primer caso, el lituano se emplea a fondo con una expresividad casi ofensiva en la que ataca las cuerdas con su arco haciéndolas vibrar y resonar incluso en los momentos de mayor serenidad. Hasta en la calma marca las notas con una pasión casi flamígera, la cual no está exenta de un lirismo arrebatador. Perlman, por su parte, nos invita a un viaje mucho más cálido y acogedor en el que hace cantar a su instrumento para que simplemente nos abandonemos a su fluir.

Dos interpretaciones conmovedoras, de esas que dejan su impronta con una identidad más que marcada. Dos interpretaciones que no dejan de subyugarse a los límites que marca una obra esencial, aunque no tan conocida, dentro del canon occidental.

♪♪

1. Allemande
2. Courante
3. Sarabande
4. Gigue
5. Chaconne
 

⚠ Es imposible no destacar en esta partita su cierre. La Chacona no solo se ha convertido en una prueba de fuego que lleva al límite las habilidades de cualquier violinista. Su dificultad formal es directamente proporcional a su capacidad de conmoción. 

 

Se dice que Bach la escribió bajo el influjo del trágico fallecimiento de su esposa María Bárbara. Una muerte inesperada y dolorosa en grado sumo para el de Eisenach, lo que convertiría a esta pieza en el canto fúnebre definitivo. No se puede asegurar a ciencia cierta, pero por las fechas en las que fue compuesta y por el desgarro que alberga es más que posible que estemos ante el homenaje mortuorio más monumental y devastador que se haya escrito jamás.

sábado, 13 de septiembre de 2025

Los pulmones del averno

 

Título: Tocata y fuga en re menor (BWV 565)

Título original: Toccata und Fuge in d-Moll (BWV 565)

Autor: Johann Sebastian Bach

Año de composición: 1706

Género: Barroco / Órgano

 

Grabaciones de referencia: 

  • Orgelwerke (Karl Richter, 2005) 
  • Complete Works for Organ [1980] (Marie-Claire Alain, 2007)

   

Resulta difícil valorar algo tan diluido en la cultura popular como esta pieza de Bach. Sin embargo, aparte de que es muy fácil disfrutarla, también se podría decir que es una pieza que todo el mundo cree conocer, pero que pocos han escuchado en profundidad. La mayoría de la gente se queda en los acordes tétricos con los que abre la pieza, auténtico momento icónico del terror y casi diría que de la crueldad.

Pasado ese momento, todavía quedará gente que pueda seguir los devaneos furiosos y galopantes del órgano. Al menos hasta que comienza la segunda parte, la fuga. Ahí ya la mayoría de los mortales entramos en terreno desconocido, en unos paisajes más abstractos y difíciles de aprehender. Un movimiento que no parece encajar muy bien con la primera parte y que va avanzando hacia su inexorable final sin que le acabemos de prestar toda nuestra atención.

Un empaste y un juego de opuestos que define a la perfección la música de Bach. Un trasunto matemático y exacto. Un ejercicio con el que el de Eisenach ponía a prueba la afinación y los límites del órgano. No en vano, según algunos estudiosos, esta pieza fue concebida con la idea de probar los límites del instrumento y poder así chequear su estado y su calidad. Y por supuesto, también los límites de un intérprete que siempre ha sido puesto a prueba a la hora de tocar esta pieza.

Por mi parte, he puesto a prueba mis oídos con un par de grabaciones clásicas, aunque soy consciente de que es muy difícil encontrar esa grabación canónica de esta Tocata y fuga. Me he sumergido en las habilidades y el gusto de dos figuras históricas como Karl Richter y Marie-Claire Alain. La sobriedad, la pausa y los acentos perfectos del alemán y la velocidad vertiginosa, el virtuosismo puro y la expresividad de la francesa. No puedo decir que encuentre un ganador claro, aunque quizás me quede con un Richter, que suena más rotundo y más completo a mis oídos. Todo esto sin desmerecer a una Alain, como digo, superlativa.

En definitiva, una pieza icónica y emocionante como pocas en la que hay que sumergirse sí o sí para darse cuenta de que no tiene nada que ver con lo que creíamos saber de ella.

♪♪

  1. Toccata
  2. Fuge 

 

 

Título: Passacaglia y fuga en do menor (BWV 582)

Título original: Passacaglia und Fuge in c-Moll (BWV 582)

Autor: Johann Sebastian Bach

Año de composición: 1706-13

Género: Barroco / Órgano

Grabaciones de referencia:

  • Ver Toccata y fuga en re menor (BWV 565)
 

En esta obra para órgano me resulta fascinante comprobar lo moderno que puede ser Bach para nuestros oídos. Su atemporalidad hace que con obras tan magistrales como esta podamos apreciarlo por muchos eones que pasen. Por eso es un compositor inmortal y aquí se puede comprobar cómo es capaz de jugar con la tensión, construirla para liberarla en un éxtasis controlado, volver a empezar desde abajo, levantarla y hacerla subir y subir y subir hasta explosionar en ese acorde final, que es a la vez una liberación, un reventón de júbilo y una muestra de grandeza suprema que te deja al borde de las lágrimas.

Todo eso podemos sentir con esta pieza refulgente dentro de su canon. Una pieza con la que el órgano vuelve a probar sus límites en cuanto a expresión, pero sobre todo una pieza en la que el organista puede volcar su virtuosismo y sobre todo su sensibilidad. Como lo hace un Karl Richter, entre muchos otros, que me ha servido de referencia junto a Marie-Claire Alain, y al que prefiero por encima de la francesa por su construcción minuciosa, sobria y monumental. Una ejecución diáfana y marmórea, clara y absolutamente totémica. O eso me parece a mí, ya que ha sido el que me ha hecho comprender que no estaba ante una obra más de Bach, sino ante uno de sus muchos pináculos inalcanzables.

♪♪♪ 

  1. Passacaglia
  2. Fuge 

lunes, 25 de agosto de 2025

Ejercicios de calentamiento para el alma

 

Título: El clave bien temperadoBWV 846-893
Título original: Das wohltemperierte Klavier, BWV 846-893
Autor: Johann Sebastian Bach
Año de composición: 1722-44
Género: Barroco / Preludios y fugas
 
 
Grabaciones de referencia: 
  • The Well-Tempered Clavier (Glenn Gould, 1963-71) ★★★★☆
 
      


Bach compuso este juego de preludios y fugas, aparte de como obra de arte con la que probarse como compositor, como libro de ejercicios tanto para estudiantes de piano (clavecín en su época) como entrenamiento para músicos más avezados. En sus 48 partes (o piezas), divididas en dos libros de 24 cada uno, trazó un atlas fastuoso sobre cómo enfrentarse al teclado y cómo sacar de él esas polifonías que siempre lo han hecho el instrumento definitivo para la música. Un manual de referencia para cualquiera que quiera ahondar en una formación musical clásica, pero también una influencia decisiva en el jazz. Hago esta comparación, algo osada, por las sensaciones tan similares que me provocan estas piezas y las improvisaciones de gente como Thelonious Monk o McCoy Tyner. Ese flujo irrefrenable, mareante y capaz de anegar todos tus sentidos es algo que aprecio en unas piezas que pueden ponerse dulces y parsimoniosas o desatarse en un pandemónium de notas en cascada que solo puedes engullir sin distinguir sabores ni texturas.
 
Un mamotreto matemático de una perfección y un equilibrio inmaculados que le va que ni pintado al pianista que elijo para introducirme en él. Glenn Gould ha sido uno de los grandes referentes a la hora de acercar la obra del alemán al gran público. Las excentricidades del intérprete canadiense unidas a su virtuosismo y su aproximación absolutamente heterodoxa a la interpretación pianística han logrado no solo popularizar una música tan inalcanzable para el populacho como la de Bach, sino que le ha sacado matices y colores que nadie antes había logrado. Aunque es más famoso por sus grabaciones de las Variaciones Goldberg (Johann Sebastian Bach, 1741), también hizo un trabajo mayúsculo con este Clave bien temperado. En él mantiene su técnica depurada en la que domina la claridad en la digitación, la limpieza entre notas y una emotividad a flor de piel en cada pulsación, por mucho que se le acuse o se aprecie su enfoque frío y analítico. Dicho de otra forma, por radiografiar a Bach como nadie. 
 
La prueba de toda esta expresividad está en el hecho de que el Preludio y Fuga en do mayor del Libro II de estas grabaciones haya sido escogido para formar parte del disco de oro que la NASA introdujo en la sonda Voyager en 1977 como mensaje para potenciales civilizaciones extraterrestres que pudieran encontrarlo.
 
Un mensaje de amor y paz que conecta a Bach, es decir a lo más espiritual del ser humano, con las estrellas a través de un intermediario tan especial como el maravilloso Glenn Gould. ¿Se puede pedir más?
 

 
Book I
1. Prelude and Fugue No. 1 in C major
2. Prelude and Fugue No. 2 in C minor
3. Prelude and Fugue No. 3 in C sharp major
4. Prelude and Fugue No. 4 in C sharp minor
5. Prelude and Fugue No. 5 in D major
6. Prelude and Fugue No. 6 in D minor
7. Prelude and Fugue No. 7 in E flat major
8. Prelude and Fugue No. 8 in E flat minor
9. Prelude and Fugue No. 9 in E major
10. Prelude and Fugue No. 10 in E minor
11. Prelude and Fugue No. 11 in F major
12. Prelude and Fugue No. 12 in F minor
13. Prelude and Fugue No. 13 in F sharp major
14. Prelude and Fugue No. 14 in F sharp minor
15. Prelude and Fugue No. 15 in G major
16. Prelude and Fugue No. 16 in G minor
17. Prelude and Fugue No. 17 in A flat major
18. Prelude and Fugue No. 18 in G sharp minor
19. Prelude and Fugue No. 19 in A major
20. Prelude and Fugue No. 20 in A minor
21. Prelude and Fugue No. 21 in B flat major
22. Prelude and Fugue No. 22 in B flat minor
23. Prelude and Fugue No. 23 in B major
24. Prelude and Fugue No. 24 in B minor
 
Book II
1. Prelude and Fugue No. 1 in C major
2. Prelude and Fugue No. 2 in C minor
3. Prelude and Fugue No. 3 in C sharp major
4. Prelude and Fugue No. 4 in C sharp minor
5. Prelude and Fugue No. 5 in D major
6. Prelude and Fugue No. 6 in D minor
7. Prelude and Fugue No. 7 in E flat major
8. Prelude and Fugue No. 8 in D sharp minor
9. Prelude and Fugue No. 9 in E major
10. Prelude and Fugue No. 10 in E minor
11. Prelude and Fugue No. 11 in F major
12. Prelude and Fugue No. 12 in F minor
13. Prelude and Fugue No. 13 in F sharp major
14. Prelude and Fugue No. 14 in F sharp minor
15. Prelude and Fugue No. 15 in G major
16. Prelude and Fugue No. 16 in G minor
17. Prelude and Fugue No. 17 in A flat major
18. Prelude and Fugue No. 18 in G sharp minor
19. Prelude and Fugue No. 19 in A major
20. Prelude and Fugue No. 20 in A minor
21. Prelude and Fugue No. 21 in B flat major
22. Prelude and Fugue No. 22 in B flat minor
23. Prelude and Fugue No. 23 in B major
24. Prelude and Fugue No. 24 in B minor