PUNK LATINO. La banda argentina entrega su obra maestra con su tercer álbum. Un disco de punk rabioso y reggae invasivo en el que acentúan sus mayores virtudes, véase ese bloque rítmico contundente e indestructible, el vitriolo abrasivo de Fidel Nadal al micro y unas guitarras que suenan más salvajes que nunca. Todo esto mezclado con alguna que otra tontería —"Trece"— y con unas colaboraciones que son mucho más que simplemente anecdóticas.
Precisamente, las intervenciones de Fermin Muguruza y Manu Chao constituyen uno de los elementos más destacables y característicos del disco. Unas apariciones que afectan al mismo sonido del conjunto, al arrimarlo —no sé si en demasía— a las brasas de bandas como Mano Negra o Negu Gorriak, dos de sus influencias más manifiestas. Y es que las dudas me asaltan ante unos toques que acaban aumentando la potencia sónica del álbum, pero también creo que diluyen un poco la personalidad de la banda argentina, hasta el punto de que por momentos parece que ellos sean los colaboradores y no los anfitriones.
Nada grave, que quede claro, aunque sí que, unido a esos tres temas extra que zancadillean la escucha fluida más que otra cosa, rebajan el impacto de una obra rotunda y explosiva, sin eufemismos ni medias tintas. Rock de combate, reivindicativo y humanista, de los que tiran la piedra sin esconder la mano. Algo que me va a gustar siempre, por mucho que le falte algún que otro detalle para ser todo lo redondo que me gustaría.
★★★☆☆
1 Mate 3:04 2 Dale aborigen 2:15 3 Mandela 4:07 4 Alerta guerrillas 2:30 5 Hijo nuestro 4:40 6 Trece 2:20 7 El día mas feliz 1:18 8 Tu alma mía / Adelita 3:49 9 Lehenbiziko bala 3:13 10 Andate 4:07 11 Torquemada 4:40 12 Scubidu 3:19 13 Sé que no / Rekebra 3:19 14 A Will Kill Ya - Zapada [bonus track] 2:33 15 Mandela Version [bonus track] 4:07 16 Andate Version [bonus track] 4:45
GRUNGE DE ALCORCÓN. Sopesar este icono del indie a años vista puede ser injusto o una prueba incontestable sobre su auténtica valía. En cualquier caso, me lo pongo después de tantos años y, oh sorpresa, en cuanto empieza a girar, la nostalgia eriza mi epidermis, y en cuanto llega a la altura de "Spectrum", me doy cuenta de que no, no es solo nostalgia, no son solo buenos recuerdos, es una realidad absoluta.
Aquí hay canciones, siempre las ha habido y siempre las habrá. Que a pesar de su envoltorio eléctrico son un pelín demasiado melosas, sí. Que la producción no me convence en absoluto, también. Que parecen más un ejercicio de estilo en imitación de ídolos más o menos evidentes, por supuesto. Lo que no quita que un puñado de ellas puede reconciliarte con la sencillez de un rock directo y sin fisuras, una música hecha con corazón y la pasión del que se lo juega todo a una carta.
No digo que estemos ante una obra maestra, ni que esto pueda competir en igualdad de condiciones con sus mayores anglosajones, pero creo que deberíamos dejarnos de elitismos baratos y reconocer que la voz de Cristina es puro rock, las guitarras suenan punzantes y las melodías dan casi siempre en la diana. Puede que todo eso no sea suficiente para abrirles las puertas del Hall of Fame, pero aunque solo fuera por un instante, Dover tuvo su momento de gloria, éxito o simplemente jaleo jubiloso. ¡Cuántos querrían sólo un trocito!
★★★☆☆
1
Devil Came to Me
4:36
2
Loli Jackson
3:26
3
Serenade
3:54
4
Winter Song
2:45
5
La monja mellada
1:46
6
Spectrum
3:38
7
Rain of the Times
3:14
8
Pangea
1:58
9
Push
1:57
10
Judas
3:58 ❤
11
Nightmare
2:50
12
Sick Girl
2:41
Total: 36:43
Portada, coincidencia más o menos temporal, temática "demoníaca", intento por trasvasar ideas, conceptos y manierismos anglosajones a nuestra piel de toro... Todo ello me lleva directo a esa El día de la Bestia (1995) con la que Álex de la Iglesia epató a más de uno un par de años antes.
En esos años de bonanza para lo alternativo, de alguna forma, el diablo nos visitó, aunque el tiempo demostraría que no lo hizo para quedarse. Nostalgia de un tiempo pasado que, pase lo que pase, siempre nos parecerá mejor (de lo que fue).
POP ADULTO. El señor Todd Rundgren es un personaje tan curioso como indigesto. El que su obra se englobe dentro del pop experimental, la psicodelia y lo progresivo no hace más que dar una idea del pedrusco que supone el grueso de su discografía. O eso intuyo, porque después de atragantarme con dos de sus piezas clave, puedo decir que no me hace falta explorar más del planeta Rundgren. Me refiero a Something / Anything? (1972) y a A Wizard / A True Star(1973), dos de los discos más apreciados por los aficionados a este artista, si no los que más.
Centrándonos en el primero, señalaremos que es doble y es su "obra maestra". Debo decir que coincido en que es el mejor de los dos, aunque, para mí, le falte bastante para rozar el cielo. Un álbum que se va hasta la hora y media y que cuenta con canciones multigénero con un claro predominio de ese pop del que Burt Bacharach hizo arte mayor. Canción ligera y algún que otro experimento que son pólvora mojada más que otra cosa. Ruiditos molestos y melodías a veces bonitas y otras ñoñas hasta el sonrojo. Hay cosas muy hermosas aquí, pero en demasiadas ocasiones, el artista no parece preguntarse si el experimento va a mejorar la canción. Un detalle que, enfrentado a las loas que recibe en ciertos círculos, incapacita al disco para que pueda hacerse un hueco entre los más grandes.
Simplemente, diría que este álbum es el reflejo del genio y el egocentrismo de un artista de veintitrés años hasta arriba de Ritalin y cannabis. Un geniecillo obsesionado por tocar todos los instrumentos y tener el control absoluto de una obra florida, exuberante y claramente descompensada. Un trabajo que se le fue de las manos, pero que no deja de resultar fascinante si es que consigues soportarlo sin pedir la hora. Tostón, dulce tostón...
★★★☆☆
A1 I Saw the Light 2:59 A2 It Wouldn't Have Made Any Difference 3:51 A3 Wolfman Jack 2:55 A4 Cold Morning Light 3:35 A5 It Takes Two to Tango (This Is for the Girls) 2:43 A6 Sweeter Memories 3:32 B1 Intro 1:10 B2 Breathless 3:15 B3 The Night the Carousel Burned Down 4:32 B4 Saving Grace 4:11 B5 Marlene 3:55 B6 Song of the Viking 2:37 B7 I Went to the Mirror 4:06
C1 Black Maria 5:18 C2 One More Day (No Word) 3:44 C3 Couldn't I Just Tell You 3:36 C4 Torch Song 2:51 C5 Little Red Lights 4:51 D1 Overture - My Roots: Money - Money (That's What I Want) / Woody's Truck Stop - Messin' With the Kid 2:30 D2 Dust in the Wind 3:46 D3 Piss Aaron 3:28 D4 Hello It's Me 4:41 D5 Some Folks Is Even Whiter Than Me 3:57 D6 You Left Me Sore 3:43 D7 Slut 3:35
R&B. ¿Sabéis cómo es eso de que de repente dejas de sonar como una promesa para convertirte en todo un referente? Pues eso es lo que ocurre en el segundo álbum de TLC, una de las bandas clave a la hora de entender la evolución de ese soul moderno que alguien empezó a llamar R&B contemporáneo. Un disco en el que superan la idea de reunir una buena colección de singles para construir una obra completa y coherente, sin olvidar trufarla de un puñado de canciones que aún hoy son referencias ineludibles en el género.
"Creep", "Red Light Special", "Waterfalls" y "Diggin' on You". A ver quién es el guapo que encuentra una caterva de singles de ese nivel. Con ellas como estandarte, se hace difícil poner pegas a esta obra seminal. A no ser que seas de esos que piensen que el R&B contemporáneo —no el clásico, el de Ray Charles o Bo Diddley— sea un trasunto de soul aguado, en cuyo caso podrás entender toda la grandeza que tiene esta obra, pero jamás vas a poder disfrutarla a tumba abierta. Desgraciadamente, y sin estar orgulloso de ello, me incluyo en vuestro grupo. Uno de los mejores álbumes en su género, sin duda, pero es que el género...
★★★☆☆
1 Intro-Lude 1:01 with Phife 2 Creep 4:29 3 Kick Your Game 4:13 4 Diggin' on You 4:14 5 Case of the Fake People 4:03 6 CrazySexyCool (Interlude) 1:42 7 Red Light Special 5:02 8 Waterfalls 4:39 9 Intermission-Lude 0:42 10 Let's Do It Again 4:17 11 If I Was Your Girlfriend 4:43 12 Sexy (Interlude) 1:35 13 Take Our Time 4:33 14 Can I Get a Witness (Interlude) 2:57 with Busta Rhymes 15 Switch 3:30 16 Sumthin' Wicked This Way Comes 4:30 with Dre
COUNTRY ROCK. Engañoso disco. Por un lado portada mítica y por otro la decepción con su contenido. ¿Decepción? Bueno, no exactamente. Es cierto que el primer pensamiento es: "¡A este me lo han cambiado!", pero con las sucesivas escuchas detectamos, no solo la socarronería de un artista demasiado libre para que lo encasillen, sino la de alguien que nos está diciendo: "¿Creéis que no sé cantar? Ahora os váis a enterar". Y va y se transforma en un Frank Sinatra en pequeño.
Lo cierto es que a muchos nos encantaba tu forma de cantar, Bob, y no había necesidad de endulzarla, pero, como ejercicio de estilo, no está mal. Sin embargo, unida al acompañamiento, flojo de brío, hace que el disco suene demasiado reposado. No digo que sea aburrido. No podría, con joyas como "Lay, Lady, Lay", "I Threw It All Away", "One More Night" o la saltarina "Country Pie". No obstante, sí que acabas con la sensación de que podría haber sido bastante mejor. Da igual, con Dylan no se puede, al final hay que rendirse y disfrutarlo al máximo a pesar de sus lastres. Simplemente, te olvidas y te dejas llevar.
★★★☆☆
A1 Girl From the North Country 3:43 with Johnny Cash A2 Nashville Skyline Rag 3:14 A3 To Be Alone With You 2:10 A4 I Threw It All Away 2:25 A5 Peggy Day 2:02 B1 Lay Lady Lay 3:21 B2 One More Night 2:24 B3 Tell Me That It Isn't True 2:43 B4 Country Pie 1:37 B5 Tonight I'll Be Staying Here With You 3:23
La exitante Lupe canta con el maestro Tito Puente / Tito Puente Swings, The Exciting Lupe Sings (Tito Puente & La Lupe, 1965) ♠
BOLERO/GUARACHA/SOUL. Esta es la primera colaboración de una serie muy querida por los aficionados. Nada menos que Tito Puente, el timbalero mayor, nuyorican de origen puertorriqueño, y la cubana Lupe Victoria Yolí Raymond, la Lupe, la Yiyiyi, un auténtico torbellino. Estilo explosivo que no era del gusto del régimen castrista, motivo que ayudó a su decisión de exiliarse a los EE.UU. vía México. Un disco de raíces caribeñas made in USA, por lo tanto. Algo que no le quita autenticidad a unos sonidos que van directos de la tierra a tus caderas.
Aquí podemos disfrutarla en plenitud. A pocos años de su caída en desgracia, por su vida disipada y dispendiosa, además de por la llegada de Celia Cruz, la estrella en ciernes de la salsa que iba a eclipsarla de manera fulminante. Pero aquí nos encontramos a una Lupe plena y vibrante. Lejos también del histrionismo de sus inicios, aunque sin perder el filo de una interpretación siempre al límite. Todo un acicate para las percusiones metálicas y prístinas de un Tito Puente que dirige a lo big band, como siempre, de manera inmaculada.
Un encuentro especial, no hay duda, que tenía que repetirse como así fue. Un disco esencial para estudiar y conocer bien la intrahistoria de la música latina, pero un álbum que, a diferencia de otros de su especie, no ha envejecido demasiado bien. O eso me parece a mí, con su sonido reverberante y muy muy lejano. Y que conste que a mí, en la música, tampoco me importa de dónde vienes ni me importa lo que tú eres. Sin embargo, si me cuesta abstraerme de esos detalles para sumergirme de lleno en la música, ya no puedes ser la obra maestra que entiendo que seas para muchos.
★★★☆☆
A1 Todo 2:00 A2 Yo no lloro más 2:58 A3 Bomba na' ma' 2:44 A4 Adiós 2:50 A5 Menéalo (Tiene la azúcar abajo) 3:04 A6 Homenaje a Juan Vicente 2:38 B1 Jala jala 2:14 B2 María Dolores 3:43 B3 Mi socio 2:38 B4 Qué te pedí 3:45 B5 Junto a ti 3:08 B6 Elure Changó 2:15
ART POP/NEO SOUL. La británica Tirzah Miriam Lois Mastin se estrena con un álbum que marca distancias en la escena del R&B en la que se le suele encuadrar. Tanta distancia que no es fácil reconocerlo como un disco adscrito al género. Tomando elementos del neo soul y del art pop, desnuda su música hasta el minimalismo para ofrecer una aproximación más acuosa y más cruda a la par que innovadora, con texturas insólitas incluso para el oyente más avezado.
Un estreno de esos que llaman la atención desde la primera escucha y desde el segundo cero. Algo tan innegable para el mundo como el hecho subjetivo de que a mí no me acabe de valer. Me pasa con otras bandas, por ejemplo, The xx —con los que comparte atmósferas y parte de sus intenciones sónicas, por cierto. Tanto ellos como Tirzah erigen una ambientación muy sólida, solemne y casi hierática. Una música superlativa, llena de esa belleza sin mácula tan difícil de explicar.
Una ambientación que también debo calificar como gélida hasta el extremo. Otro punto en común con los de Romy Madley Croft. Una característica que influye sobremanera en el hecho de que este disco no sea capaz de atravesar mis defensas. Con todas sus virtudes y toda su inmensa calidad, no puede penetrar mi coraza ni yo puedo ir más allá de su preciosa superficie. Una nueva ocasión perdida por mi parte, una derrota, al fin y al cabo, que no sé muy bien cómo justificar, pero que tengo que admitir sin tapujos.
★★★☆☆
1 Fine Again 2:53 2 Do You Know 3:37 3 Gladly 3:41 4 Holding On 3:19 5 Affection 3:41 6 Basic Need 3:20 7 Guilty 2:54 8 Devotion 4:14 feat. Coby Sey 9 Go Now 3:06 10 Say When 4:07 11 Reach Hi 3:51
ROMANTICISMO EN GRIS, En el sexto álbum de Tindersticks —sin contar bandas sonoras—, nos encontramos a una banda que consigue reformular su discurso sin traicionarse, evolucionar sin perder las coordenadas de su identidad. Una banda que ha dejado de sonar impostada —como le pasaba en algún que otro momento de discos anteriores— y que ha integrado a la perfección la tensión asfixiante con el romanticismo más conmovedor.
La impostura de la que hablo no tiene por qué ser negativa. Con ella me refiero a la teatralidad y el manierismo tan personal que aplicaban sin mesura en sus primeras obras. En la primera, el efecto es devastador en todos los sentidos. En la segunda, también, pero a ratos me da la sensación de que son demasiado autoconscientes del drama que están representando. En Waiting for the Moon, sin embargo, no percibo nada de eso. Hay dulzura y hay agobio, pero en unas dosis mucho más equilibradas, lo que hacen que todo suene más pegado a la tierra, más real. Y más tibio, lo sé.
No quiero decir que sea mejor esta aproximación. Me parece muy válido preferir una hiperexpresividad con la que me ganaron para siempre. Simplemente me gusta recalcar la diferencia y aprecio que hayan sido valientes para tomar una salida que creo que les abre muchas más puertas de cara al futuro. Con un disco muy bonito, que sigue siendo intenso a su manera y que, por mucho que algunos miembros del grupo lo pongan entre lo peor que hayan hecho, creo que merece su hueco entre los álbumes a descubrir de una de las bandas más interesantes del cambio de siglo.
★★★☆☆
1 Until the Morning Comes 3:34 2 Say Goodbye to the City 4:29 3 Sweet Memory 4:29 4 4.48 Psychosis 5:12 5 Waiting for the Moon 2:51 6 Trying to Find a Home 5:43 7 Sometimes It Hurts 4:38 8 My Oblivion 7:00 9 Just a Dog 3:27 10 Running Wild 4:13
ROMANTICISMO NOIR. La banda disfrutó de todos los parabienes cosechados con su primer álbum, pero no esperó demasiado para darle continuidad. En mayo de 1994 ya estaba en el estudio grabando las bases para un segundo trabajo que, curiosamente, tampoco iba a tener título. Una maniobra, cuando menos, extraña, ya que la lógica dicta que trates de alejarte de un influjo tan cegador para no ser engullido por la onda expansiva de un debut tan espectacular como el que tuvieron.
Lo cierto es que, otra vez, dejaron a su disco sin nombre, lo que obligó a los fans a diferenciarlos llamándolos The First y The Second Tindersticks Album respectivamente o simplemente II a este que nos ocupa. Una continuidad que se traslada a la música, la cual sigue conservando esa cualidad cinematográfica y esa mordaza que parece reprimir a los instrumentos, lo que consigue una sensación de música agazapada, en tensión permanente, a punto de saltar, pero que se contiene y se contiene en un ejercicio de templanza maravillosamente satisfactorio.
Con esta descripción no parece extraño que hubieran sido la banda de apoyo de Nick Cave & the Bad Seeds durante su gira británica del 93. Precisamente fue Blixa Bargeld el que les recomendó los estudios Conny's en Colonia, donde grabaron esta colección de canciones. Un conjunto de temas que juega con la tensión de manera diferente y que se permite la licencia de experimentar con una suerte de lounge autoconsciente, más activo y carnoso que la música de fondo blanda e inofensiva que nos viene a la mente con esa etiqueta.
Un lounge de calidad que puede ser la novedad más destacable dentro de un álbum de tono continuista, impresionista en los detalles y expresionista en los resultados. Otros setenta minutos que carecen, eso sí, de la pegada del anterior, que te aplastaba por acumulación con la descarga incansable de un temazo tras otro. Aquí los temazos, así con todas las letras, aparecen más espaciados y la rotundidad está bastante más matizada. En setenta minutos, no lo olvidemos. Demasiado tiempo quizás como para mantener tus sentidos en el máximo nivel de alerta.
★★★☆☆
1 El diablo en el ojo 3:32 2 A Night In 6:25 3 My Sister 8:11 4 Tiny Tears 5:45 5 Snowy in F# Minor 2:28 6 Seaweed 5:13 7 Vertrauen II 3:20 8 Talk to Me 5:00 9 No More Affairs 3:49 10 Singing 0:57 11 Travelling Light 4:51 12 Cherry Blossoms 4:20 13 She's Gone 3:29 14 Mistakes 5:44 15 Vertrauen III 2:20 16 Sleepy Song 4:38
TISHOUMAREN. Tinariwen planeaban grabar su quinto álbum en Tessalit, su pueblo natal en el norte de Mali, pero no era viable por el recrudecimiento de los conflictos que asolan la zona desde siempre. Por ello se fueron al sudeste de Argelia, al Parque Nacional de Tassili n'Ajjer, donde, con cientos de kilos de equipo de grabación y generadores, dieron forma a este Tassili, que les valió un grammy al año siguiente.
Un álbum que se beneficia del aislamiento del entorno y en el que domina lo acústico. Buena parte de los temas fueron grabados al aire libre, por la noche, algo que parece permear un sonido íntimo y desnudo como pocas veces ha logrado invocar el combo. También se atreven a meter los vientos de la Dirty Dozen Brass Band, de Nueva Orleans. Colaboración esta que se une a otras de las que hablaremos después y que son clave en la acogida del disco.
Aunque Tinariwen ya eran muy conocidos a estas alturas, merecían subir un escalón más y con este disco culminan la salida de la relativa invisibilidad a la que se ven sometidos la gran mayoría de artistas que operan fuera del radar de nuestro etnocentrismo occidental. Una salida que no es casual y que se debe, no me cabe duda, a la mano que metieron luminarias como Nels Cline (Wilco) a la guitarra en el primer tema o Tunde Adebimpe o Kip Malone (TV on the Radio) aportando voces y guitarras en varias canciones. Todo en un álbum mezclado en París y masterizado en California con el que abrieron las puertas de EE.UU. de par en par.
No es que todas estas colaboraciones le quiten mérito alguno al grammy ni a la visibilidad tan merecidos por la banda. Sin embargo, sí que parecen concesiones sine qua non si quieres que tu música tenga un alcance mundial. Tinariwen, como he señalado arriba, ya eran muy conocidos por los melómanos de todo el mundo en este punto de la historia. Tampoco percibo que la banda se haya vendido aquí ni de lejos. Las contribuciones de Malone y Adebimpe pueden sonar algo más invasivas —sobre todo en lo vocal—, pero ni la producción ni la guitarra de Cline, sutil y delicada como todo lo que hace el californiano, ahogan la pureza arenosa de unos tuareg que se presentan aquí con las ideas claras y en plena forma. Una vez más, Tinariwen se muestran irreductibles en su identidad, y si bien el disco se muestra florido y novedoso en su continente, se despliega puro y hondísimo en un contenido que es una vuelta a las bases en muchos sentidos. Que el tramo que va de "Walla Illa" a "Tiliaden Osamnat" me corta un poco el ritmo, también. Algo que es más gusto personal que defecto por su parte, pero que debo valorar negativamente.
Dicho esto, puede ser que nos choque esta nueva frivolidad aperturista enfrentada a la historia vital de una banda que sabe en primera persona lo que es el sufrimiento, el exilio y la lucha armada. Lo cierto es que no puede dejar de sorprenderme el exceso de dulzor que aplican a algún tema. Pero también, por la historia personal de estos músicos, me veo estúpido analizando y tasando la obra de unos músicos que están por encima de estas consideraciones tan banales. Al lado de lo que han vivido y de lo que significa la música para ellos y para su pueblo, cualquier intento por categorizar o fiscalizar sus álbumes me parece diminuto y pretencioso. No obstante, no puedo evitar seguir trazando mi mapa de ruta, por inútil que sea en este caso. Por poco que valga ante una música hecha de sangre, sudor y lágrimas, y que grita revolución en cada suspiro.
TISHOUMAREN. Tres años después de ese hito que fue The Radio Tisdas Sessions (2001), los bluesmen azules del desierto continúan perfeccionando la fórmula. Su carrera se iba a caracterizar por una progresión tranquila y aparentemente quieta como las arenas del Sáhara, sin volantazos bruscos ni giros mareantes. Sin embargo, como las arenas, moverse se mueven, y en este disco el avance es muy evidente en cuanto a sonido y a la incorporación de unas percusiones realmente adictivas.
Eso es lo mejor de un álbum que está en lo más alto de la apreciación de público y crítica. Un trabajo que no se olvida de lo principal, las raíces bereberes de una música que suena atávica por mucha guitarra eléctrica que le metan. Una combinación de tradición y modernidad que encuentra aquí su equilibrio más perfecto. Por eso estamos ante el álbum que consolidó definitivamente la repercusión internacional de la banda. Por eso y por la construcción de unas canciones que vibran de manera diferente entre sí y en las que se atreven con modernidades ancestrales como ese canto de acción-reacción emparentado con el rap en "Arawan". Un detalle, entre otros muchos, que habla de evolución y de una capacidad de dejarse influir por el exterior que no iba a dejar de crecer.
¿Y es bueno todo este equilibrio tan bien logrado? Tendrá su público y seguro que ha sido el gran culpable de que yo esté hoy hablando de esta banda. Sin embargo, si comparamos este disco con la hondura del anterior, me tengo que quedar con Radio Tisdas. Me quedo con el ritual y con la hipnosis. Porque aquí, sin huir de la tradición ni del pellizco, tampoco exageremos, parece que todo va más rápido. Echo en falta algo más de fuego lento y no sé si las percusiones, tan pintonas ellas y tan necesarias en números más moviditos —"Oualahila ar Tesninam"—, han tenido culpa de algo en mi apreciación. Que ha sonado más negativa de lo que es en realidad, aunque tampoco me convenza esa "Arawan" de la que hablaba arriba.
Tengo claro que estamos ante un buen disco, y acepto la opinión de que pueda ser el mejor de la banda, pero a mí hay dos o tres canciones que me parecen algo menos importantes o que me llegan menos. Algo que, unido a un ambiente que describiría como más repetitivo que hipnótico y más tedioso que solemne, me llevan a colocarlo un escalón por debajo de lo que imaginaba.
CANTAUTOR TERMINAL. Nos gustan las obras inacabadas, escritas en el lecho de muerte. Que luego casi ninguna es así, y suelen ser abandonadas mucho antes del fatal desenlace. Cuando estamos malitos no está la cosa para músicas, seamos serios. Pero a nosotros nos gusta imaginarnos al autor creando su obra magna entre dos mundos como si el Altísimo en persona estuviese dictándole los últimos movimientos. Ahí tenemos obras como el Requiem de Mozart o la Sinfonía nº 8 de Schubert. Piezas que han espoleado la imaginación de los oyentes durante siglos y que no van a dejar de intrigar y atraernos jamás.
Aquí tenemos este disco hecho de puras ruinas. Una obra rescatada de entre los cascotes con la que tratan de mostrarnos lo que podía haber sido el último álbum de Tim Hardin. Ese en el que estaba trabajando cuando una sobredosis de heroína lo arrancó de este mundo. Y como nos gustan las ruinas cosa mala, daños colaterales del Romanticismo, no nos importa que apenas dure veintidós minutos ni que combine canciones más o menos acabadas en el estudio con meros esbozos rescatados de cintas de casete caseras. Aquí el sonido es lo de menos. Lo que importa es el voyeurismo, el espolear nuestra imaginación con lo que podría haber sido y no fue. Como si fuéramos a escuchar algo parecido a su último hálito de vida al final de alguna de estas grabaciones.
No es este, por tanto, un disco que podamos colocar junto a los ocho trabajos de estudio que dejó el cantautor. Aun así, no puedo negar que la curiosidad pica a lo grande y que la predisposición era muy positiva a la hora de asomarme a estas grabaciones. Una predisposición que, como casi siempre, acaba siendo golpeada por una leve bofetada de decepción. No tan fuerte esta vez, que quede claro. Aquí Hardin demuestra que seguía teniendo música en su interior y que en la desnudez de la mayoría de estas versiones se encuentra como pez en el agua. No quiere esto decir que muchos de estos bocetos fueran a acabar así. Viendo cómo se las gastó en su último trabajo, podíamos esperar que los vistiera en un exceso de teclados y arreglos floreados y aburridamente adultos.
Sin embargo, ¿quién sabe? Puede que decidiera hacer esa tan temida, y tan deseada esta vez, vuelta a los orígenes, y nos hubiera entregado un disco desnudo y hermoso como lo que se apunta aquí. Algo que nunca sabremos y sobre lo que solo podremos teorizar. Tim estaba trabajando en diez canciones para este regreso discográfico después de siete años. Al final solo pudieron salvarse ocho temas. Temas en los que, además de su estilo personal, también encontramos fuertes toques de Randy Newman, y que anuncian nuevos caminos para el de Oregón, pero sobre todo lo reafirman como el gran escritor de canciones que siempre fue. No sé a vosotros, pero a mí, sin poder ser la despedida que pudo haber sido, me satisfacen estos apuntes comatosos.
★★★☆☆
A1 Unforgiven A2 Luna Cariba 🕱 A3 Mercy Wind A4 If I Were Still With You B1 Judge and Jury B2 Partly Yours B3 Sweet Feeling B4 Secret
FOLK ROCK PSICODÉLICO. Huyendo del estilo vodevilesco de su debut, David Bowie se sumerge en el rock y la psicodelia, sin dejar de lado esos toques folk barroco que siempre salían de su guitarra acústica ni olvidarse del music-hall, para dar con una continuación que para más de uno se convertiría en su auténtico debut. No en vano, a pesar de su dispersión y su falta de dirección musical —admitida por el propio artista— este segundo álbum ya da bastantes pistas del sonido del artista que dominaría el mundo en dos o tres años.
No digo esto simplemente como un titular bonito. Soy consciente de que es una idea muy manida y que es muy difícil marcar el punto en el que podemos vislumbrar al Bowie que todos reconocemos. Puede que ese inicio no esté justamente en este álbum. Quizás haya que esperar al siguiente, The Man Who Sold the World (1971), que es casi proto-glam, o tal vez tengamos que irnos hasta Hunky Dory (1971), discazo señero y molde para toda una época del Camaleón. Lo que no me negarán es que en este que nos ocupa ya está el dramatismo desaforado, las temáticas complejas y culturalmente inquietas —de Kubrick al budismo pasando por las sectas mesiánicas— y esas melodías que se enroscan y siempre son mucho más de lo que parecen.
Melodías que encontramos a lo largo de todo el disco y que no se limitan a la archifamosa, y estupendísima, canción titular. A su nivel nos encontramos un cierre, "Memory of a Free Festival", que empieza en la iglesia y termina con los acólitos bailando en el campo. Ambos temas encapsulan un conjunto de canciones que no llegan tan alto, pero que no son simples comparsas. Ahí está "Janine", "Letter to Hermione", "Wild Eyed Boy From Freecloud" o una "Cygnet Committee" algo pedrusco, pero ambiciosa y reveladora de pasos futuros. Temas que redondean un disco más que interesante. Lejos de las estrellas todavía, pero con la capacidad telescópica de mostrárnoslas con detalle.
★★★☆☆
A1 Space Oddity ❤ A2 Unwashed and Somewhat Slightly Dazed - Unwashed and Somewhat Slightly Dazed - Don't Sit Down [hidden track] A3 Letter to Hermione A4 Cygnet Committee B1 Janine B2 An Occasional Dream B3 Wild Eyed Boy From Freecloud B4 God Knows I'm Good B5 Memory of a Free Festival ❤
Total: 46 min.
El título del disco y su canción titular juegan con el de 2001: A Space Odyssey (Stanley Kubrick, 1968). Una obsesión, la película y el espacio en general que permearía la obra del genio de Brixton a lo largo de toda su carrera.
Ideas como el infinito, la existencia de Dios, si estamos solos en el universo y el hecho de sentirse siempre un bicho raro —un alienígena en toda regla— serían conceptos que Bowie explotaría hasta la saciedad. Hasta hacerlos parte inextricable de su arte.
FOLK BLUES. Publicado en septiembre del 67 por ATCO para aprovechar el tirón que el cantautor había logrado con sus dos obras mayores, 1 y 2, se trata de una recuperación de temas grabados entre el 63 y 64, cuando todavía no había debutado discográficamente. Son tomas desnudas y profundas de blues antiguos y canciones folk clásicas. Y desde el comienzo, toda una demostración de hondura expresiva y entrega, algo que en Hardin siempre va a ser una apuesta a todo o nada.
En estas tonadas, mucho más que simples ejercicios de estilo, se revuelca con clase y entrega en unas interpretaciones a palo seco que ya anuncian buena parte de su grandeza. Porque aunque beba del Delta y del duende de los músicos negros de principios del siglo XX, esto no deja de ser una forma nueva de enfrentarse al blues. Por parte de un blanco que no trata de ocultarlo. Todos sabemos que ningún blanco podrá cantar el blues como un negro. Eso es innegable. Por eso está muy bien que Tim no intente parecer lo que no es. Máxime cuando suena como si cantara desde la distancia infinita del tiempo y el espacio, con una autoridad, una sabiduría y una capacidad de evocación que parecen imposibles en un cantante novel.
Entre el John Fahey más espectral y el Muddy Waters más sobrenatural, no podemos dejar de maravillarnos ante el carácter emotivo y flotante de su dicción. Un paladeo que tiene algo que subyuga, y sin embargo, no acabamos de creérnoslo en un repertorio tan primitivo. Él había nacido para otra cosa. Para algo más que para habitar un puñado de versiones y un par de temas propios lejos todavía de su enorme capacidad escritural. Y aún así, recomendaré esto siempre. Por mucho que el tono unitario que parecía tener en el comienzo de su singladura acabe hecho polvo con los dos últimos temas. Ahí entendemos que estas nunca estuvieron pensadas para contarnos una historia. Y es normal que lo que nos cuentan no tenga coherencia y quede inconcluso. Lo que no quita que el título no deje de llevar su razón. This is Tim Hardin… Bueno, una parte de él, sí. Sin duda.
★★★☆☆
A1 I Can't Slow Down 3:25 A2 Blues on the Ceilin' 3:55 A3 Stagger Lee 3:10 A4 (I'm Your) Hoochie Coochie Manlyrics 4:20 A5 I've Been Working on the Railroad 2:47 B1 House of the Rising Sunlyrics 4:07 B2 Fast Freight 4:05 B3 Cocaine Bill 2:53 B4 You Got to Have More Than One Woman 2:00 B5 Danville Dame 2:05
ROCK TRANSGRESIVO. Robe se vuelve a aliar con Iñaki Uoho, ya miembro de facto en la banda, y lía la traca con uno de sus mejores álbumes de siempre. Un disco que venía tras un parón de cuatro años en los que Iniesta se había dedicado a su proyecto Extrechinato y Tú —en el que básicamente musicaba poemas de Manolo Chinato. Un trabajo que pasó sin pena ni gloria entre sus seguidores, lo que unido a la tibieza que había provocado su disco anterior con Extremoduro, Canciones prohibidas (1998), avivó el hambre de su público ante la posibilidad de nuevo material.
Un hambre que quedó totalmente saciada con un álbum visceral y poético a partes iguales. Un trabajo que se mantiene en equilibrio en el finísimo alambre que une ambos extremos y que nos muestra a un escritor en estado de gracia, capaz de añadir nuevos hitos al rosario de himnos de la banda. "A fuego", "La vereda de la puerta de atrás", "Hoy te la meto hasta las orejas" o "Puta" se colocaron desde el primer momento entre las favoritas de la afición. Y con razón. No en vano, en sus hechuras salvajes, iconoclastas, vertiginosas y con letras cargadas de rabia, desazón y honestidad podemos vislumbrar el arte mayor que nos ofrecería el extremeño seis años después en esa maravilla que tituló La ley innata (2008).
Todo esto no quiere decir que estemos ante una obra inmaculada para la banda —y ya sé que de eso hay poco en el canon de Extremoduro—. Una pena, porque junto a piezas tan logradas como "La vieja (canción sórdida)" o "Standby" también hay elementos más dudosos: "Menamoro" o "Buitre no come alpiste" a la cabeza. La eterna losa que pesa sobre esta banda. Esa maravillosa capacidad para redondear temazos irrefutables paralela a sus problemas a la hora de rematar la jugada.
★★★☆☆
1 A fuego 5:26 2 La vereda de la puerta de atrás 4:03 3 Hoy te la meto hasta las orejas 3:43 4 Standby 3:28 5 Menamoro 3:09 6 Luce la oscuridad 3:51 7 Cerca del suelo 4:42 8 Puta 5:22 ❤ 9 Buitre no come alpiste 4:18 10 La vieja (canción sórdida) 4:43
FUNK ROCK CÓSMICO. Estamos ante la materialización de uno de los cambios más radicales y sorpresivos de la historia de la música popular. Después de publicar Starsailor (1970), disco vanguardista, desafiante y casi inabordable para la mayoría, Tim Buckley decidió cambiar de tercio de manera brutal. Ya fuera por motivos económicos —solo de respeto no se vive—, para aislar todavía más al disco anterior como la obra maestra única e incomparable que siempre fue o por la búsqueda de un cambio vital que reorientara su vida, el cantautor da rienda suelta a su erotismo escénico y desfoga sus más bajas pasiones a través de su obsesión por el funk y el rhythm & blues.
Estaba claro que el californiano lo había dicho todo con el jazz de vanguardia y los experimentos más arriesgados. Algo que debía considerar agotado y que decidió aparcar para realizar una aproximación a la música mucho más carnal, dionisíaca y digerible para el gran público. Así surgió este disco, su primera incursión en el formato tradicional de guitarra, bajo, teclados y batería. Un convencionalismo del que siempre huyó y que en Greetings... se convierte en el motor pulsante sobre el que cabalga su voz. Una voz que dirige esta serie de jams elásticas y cargadas de groove para convencernos de que esta es la mejor forma de disfrutar de ella.
Que no lo es, eso lo sabemos todos, pero a Tim no parece importarle lo que pensemos, tal es su decisión y su entrega aquí. Porque al final, ni el disco es tan comercial como nos habían prometido ni deja de haber pasión y buena música en él. Es innegable que marca un punto y aparte que puede no ser lo que esperamos ni lo que deseamos de un músico de su sabiduría y bravura. Sin embargo, aquí todavía podemos sentir que Buckley está disfrutando, porque lo percibimos fundiéndose con la música como siempre hizo. Ni siquiera podemos echarle en cara que haya pose alguna. Puede que no entendamos bien lo que pretende aquí, pero está clarísimo que podemos disfrutarlo como la mayoría de sus obras. No, esto sigue siendo cósmico, no hay coartada comercial alguna y no vais a poder tirarlo a la basura por mucho que os empeñéis. Que quede clarito.
★★★☆☆
A1 Move With Me 4:49 A2 Get on Top 6:35 A3 Sweet Surrender 6:48 B1 Nighthawkin' 3:21 B2 Devil Eyes 6:51 B3 Hong Kong Bar 7:13 B4 Make It Right 4:06
EXPERIMENTO GALÁCTICO. Con el quinto álbum, Tim Buckley se tiró de cabeza al vacío. Ya lo vemos en la portada, en la que se nos aparece como el negativo de un negativo fotográfico, desdibujado, casi fundido con su entorno. Tal y como nos lo encontramos en los surcos del disco: totalmente disuelto en una música que nos arroja a la cara como una marejada irrefrenable.
Así es el quinto trabajo del músico criado en California. Denso, problemático, cargado... Todo un punto y aparte, que se puede considerar el primer experimento con mayúsculas de Buckley. Una obra que anticipaba los picos radicales y eternos de Starsailor (1970) y que apabulla sin medias tintas. A veces demasiado. Por eso, es un disco tan idolatrado como denostado por su parroquia de fans. Objetivo cumplido, diría yo, porque ¿se puede pretender otra cosa con un álbum como este que no sea volver loco al personal para sumirlo en una discusión sin posibilidad de acuerdo?
Sobre el título, está claro que homenajea a Federico García Lorca, al cual estaban leyendo Lee Underwood (guitarra) y el propio Buckley en ese momento. Las imágenes surrealistas del granadino se impregnan en unas letras más abstractas y en una huida clara de la tiranía de la estructura convencional de estrofa-estribillo. También en el hecho de quitarle el protagonismo a una guitarra que ahora suena menos y de una manera más impresionista. Cualidades que marcan a un disco difícil y desafiante para el oyente medio. Lo que no quita que esté entre los más respetados del cantautor tanto por su carácter iconoclasta como por ser el prólogo a ese majestuoso Starsailor con el que tocó el cielo —o el abismo, según se mire— apenas un par de meses después.
Estas son las virtudes y las dudas que plantea un experimento que hace del folk algo totalmente irreconocible y que da enjundia a una vanguardia que algunos quieren arrogarse para sí mismos a la vez que la apartan de las garras del vulgo. Aquí Buckley intentó darnos a probar un poco de ese néctar de difícil digestión. Solo por eso ya merece la pena que Lorca exista.
★★★☆☆
A1 Lorca 9:53 A2 Anonymous Proposition 7:43 B1 I Had a Talk With My Woman 5:55 B2 Driftin' 8:10 B3 Nobody Walkin' 7:30
Total: 39:11
El título de este disco no es gratuito y viene de un amor sincero y profundo por la obra de Federico García Lorca, una influencia fortísima en el cantautor en esos años. Tanto él como su guitarrista, Lee Underwood, estaban fascinados por la lluvia de imágenes que ofrecía el poeta granadino, algo que trataron de volcar en la música y las letras de este proyecto.
Una abstracción que llevó en volandas al disco hasta terrenos ignotos para Buckley. Terrenos desde los que crearía su gran obra maestra, apenas dos meses después. Estos tiempos pueden parecer exagerados, y lo son. En realidad, Lorca había sido grabado bastante antes, a la vez que Blue Afternoon (1969). Lo diferente de ambos trabajos ya deja clara la intención de huida hacia delante que se vislumbra en el segundo. Esa sensación de isla en su discografía que, en realidad, atesora cada álbum del californiano de adopción.
Quede constancia por tanto de que, antes de Leonard Cohen o de nuestro Enrique Morente, ya hubo un guiri que no pudo evitar rendir pleitesía a uno de nuestros poetas más grandes. Eso es algo que se olvida demasiado a menudo y que conviene recordar.
JAZZ FOLK CÓSMICO. El tercer álbum de Tim Buckley es un compendio de jazz de cámara
sutil y largo como la sombra de un árbol antiguo. Un auténtico arrebato
de finura que se erige en una isla en su discografía, porque el
experimento que propone todavía entra casi a la primera. Lo de largo puede ser injusto, ya que solo dura los tres cuartos de hora de rigor. Lo que pasa es que se hace difícil sustraerse a la extensión mostrenca de la mayoría de cortes que lo componen. Algo que potencia esa sensación de que el álbum dura más de lo que lo hace en realidad.
Para abrir boca, Buckley tira de gusto y deja que su voz planee sobre una base extirpada del "All Blues" de Miles Davis. Todo un tour de force que resuelve con gracia y contra todo pronóstico, ya que consigue nada menos que hacer suya una canción armada sobre una de las piezas clave de todo un Kind of Blue (1959).
Ahí es nada, pero es que eso era solo el principio. La introducción ritual para una serie de ejercicios en los que prima la improvisación y la libertad más extrema. Una serie de piezas elástica y sin limitaciones en su vocación por servir de vehículo expresivo sin corsés en forma de estructuras definidas o estribillos. Brutalidades artísticas que o te entran hasta el tuétano o te resbalan sin remedio.
De entre ellas destacaría "Gypsy Woman", por su furia poética casi free jazz, y pondría mis reparos a "Love From Room 109...", dispersa, aletargada y deshilachada en extremo. "Buzzin' Fly" y "Dream Letter" devuelven el disco a la excelencia, mientras que "Sing a Song for You" retoma el verso-estribillo, aunque en un estilo heterodoxo anunciador de su famosa "Song to the Siren". Canción que, a pesar de ser publicada años después, fue concebida en este periodo.
En resumen, estamos ante un álbum único dentro del catálogo del californiano. Una obra sólida, experimental, plácida y bella hasta decir basta. Seis piezas que basculan entre lo interesante y lo genial para disfrutar de los entresijos artísticos más recónditos de Tim Buckley. No siempre a tumba abierta, y con algún que otro frenazo, pero con un balance final claramente favorable.
★★★☆☆
A1 Strange Feelin' 7:49 A2 Buzzin' Fly 6:00 A3 Love From Room 109 at The Islander (On Pacific Coast Highway) 10:47 B1 Dream Letter 5:10 B2 Gypsy Woman 12:19 B3 Sing a Song for You 2:36
Concerto for Piano and Orchestra No. 3 / Symphony No. 5 (Berliner Philharmoniker / Herbert von Karajan / Glenn Gould, 2008) ★★★☆☆
Jean Sibelius siempre se ha caracterizado por retratar como nadie con su música el paisaje, el ethos y la idiosincrasia de Finlandia, la tierra que lo vio nacer y en la que vivió hasta su muerte en 1957. Hay numerosos ejemplos en los que ese paisajismo sonoro nos sobrecoge con su descripción certera del frío, el viento y las postales nevadas de su tierra. Esta sinfonía, la del cisne, es uno de los mejores retazos de esa emotividad arrancada de los mismos elementos.
Una música diáfana, pero también tormentosa, apacible y serena, pero también voluptuosa y agitada como la tempestad, la calma, el frío y el viento helado. Sin dejar de lado la calidez del hogar que también se cuela entre estas notas: destellos impresionistas a veces, surgiendo como la niebla y colándose de puntillas en tu alma para no salir jamás. Esa es la potencia de una música que emerge de lo local para conquistar el mundo en cualquiera de sus rincones.
Mitos nórdicos que se han intentado encerrar en plástico en numerosas ocasiones. En mi caso, me he sumergido en las versiones de Karajan con la Filarmónica de Berlín, grabada en 1957, y la de Paavo Berglund con la Filarmónica de Helsinki, grabada en 1986. La primera posee más valor histórico que musical, y el oyente llega a ella más por el Concierto para piano nº 3 de Beethoven que abre el CD, y en el que participa Glenn Gould, que por la sinfonía de Sibelius. Y no es de extrañar, porque, aun ofreciendo la calidad esperada con Karajan, tampoco ofrece nada especial.
Algo que sí podemos disfrutar con la espectacular versión de Berglund. Una toma que se caracteriza por su excelente claridad estructural y por su huida del sentimentalismo excesivo. Una grabación hecha en casa en la que podemos comprobar la fortaleza de la conexión entre Sibelius y Finlandia. Algo que es básico para poder entender y disfrutar a fondo de la música de uno de los mayores compositores de finales del siglo XIX y principios del XX. Un genio que aquí se presenta apasionado, elegante y sutil elevado a la enésima potencia. Lo que me deja claro que, si no estamos ante su mejor sinfonía, estamos ante una de ellas. Y créanme que esto no es decir poco.
♪♪♪
1. Tempo molto moderato - Allegro moderato (Ma poco a poco stretto) - Vivace molto - Presto - Più presto 2. Andante mosso, quasi allegretto - Poco a poco stretto - Tranquillo - Poco a poco stretto - Ritenuto al tempo I 3. Allegro molto - Misterioso - Un pochettino largamente - Largamente assai - Un pochettino stretto
Título: Concierto para piano nº 3 en do menor, Op.37
Título original: Concerto pour le Pianoforte avec accompagnement d’Orchestre en ut mineur, Op. 37
Autor:Ludwig Van Beethoven
Año de composición: 1800-02
Género: Concierto para piano y orquesta
Grabaciones de referencia:
Piano Concerto No. 3 in C minor, Op. 37 (Daniel Barenboim / Berliner Staatskapelle, 2007) [VIDEO]
Concerto for Piano and Orchestra No. 3 / Symphony No. 5 (Berliner Philharmoniker / Herbert von Karajan / Glenn Gould, 2008)★★★☆☆
He aquí una de las obras clave para entender a un Beethoven todavía joven que ya aspiraba a las cotas más altas de prestigio y consolidación entre el público. Un pianista conocido por su estilo enérgico y apasionado en la Viena de la época. También por su incalculable capacidad improvisatoria. Sin embargo, todavía estaba lejos de su época heroica de madurez. Detalles todos que podemos apreciar en sus conciertos para piano, todos intensos y apasionados, si bien hoy nos vamos a centrar en el tercero.
Este concierto para piano y orquesta lo empezó a pergeñar Beethoven, según la mayoría de estudiosos, a finales del siglo XVIII, revisándolo en diferentes fases hasta 1802, según las fuentes autorizadas. Se trata de un concierto con un primer movimiento claramente deudor de su admirado Mozart, concretamente de su Concierto para piano mº 24 (1786), también en do menor. Aquí Beethoven, más que imitar de manera inerte, digiere y expande la obra del austriaco para usarla como punto de partida en un viaje que se torna una experiencia absolutamente dramática y expansiva.
Él mismo estrenó esta obra en 1803, dirigiéndola e interpretando las partes al piano, en un ejercicio de control total que dice mucho sobre su apabullante personalidad. Como ejemplo de su carácter impulsivo e irreductible, mencionaré las palabras de su amigo, Ignaz von Seyfried, el cual se encargaba de pasarle las hojas de las partituras en sus conciertos: "No vi nada salvo páginas en blanco; como mucho, en alguna que otra página, unos cuantos jeroglíficos egipcios totalmente ininteligibles para mí aparecían garabateados para servirles de pista: y es que tocaba todas las partes solistas de memoria, ya que, como solía ser el caso, no había tenido tiempo para escribirlas en papel."
Creo que con eso queda todo dicho, y a la vez se plantea la duda de si debemos criticar tanto enfoques como el de Glenn Gould, que seguía esa costumbre de tocar sin partitura al pie de la letra, o quizás deberíamos tomarlo como algo puramente beethoveniano. Porque precisamente una de las grabaciones que he usado como referencia para esta obra es la que hizo el pianista canadiense bajo la dirección de Herbert von Karajan. Dirección por decir algo, porque más bien parece un enfrentamiento en el que el austriaco no se pliega al estilo de Gould y se limita a dirigir la orquesta en un diálogo de besugos tan intenso y beligerante que acaba siendo una de las grabaciones más interesantes que se puedan escuchar de este concierto. La grabación se produjo en 1954 para ser rescatada en 2008. Toda una revelación, ya que entre toda la tensión y el enfrentamiento que ofrece el estilo pétreo y monolítico de Karajan contra los arabescos fragmentarios y excesivamente intrincados de Gould podemos encontrar revelaciones inéditas y totalmente inesperadas. Al menos en algunos momentos.
Aun así, una vez saciado nuestro interés por el morbo más heterodoxo, es obligatorio centrarse y sumergirse en la fantástica recreación que hizo Daniel Barenboim (dirección y piano) en el Klavier-Festival del Ruhr. Ahí dejamos de oír a Gould para empezar a oír a Beethoven. Y es que por la claridad en los planos sonoros, la naturalidad rítimica de Barenboim y la integración perfecta entre el piano y la orquesta podemos decir que estamos ante uno de los trabajos de referencia para este concierto para piano. Un trabajo pulcro, elegante y de una sensibilidad infinita para hacer justicia a una obra que puede que no esté entre las más grandes del canon beethoveniano, pero que es una gozada de principio a fin.