Drill a Hole in That Substrate and Tell Me What You See (Jim White, 2004)
AMERICANA FANTASMA. Con la tercera referencia a su nombre, estamos ante el hito de Michael Davis Pratt, heredero natural de Bob Dylan, otro más. Y digo ese "otro más" como el mayor halago. Otro más, nada especial, ni mejor ni peor que los otros, porque el de Pensacola cuenta con un talento y una personalidad fuera de toda duda.
Porque más allá de las comparaciones eternas con el bardo de Duluth, Jim White se ha hecho acreedor de un estilo entre polvoriento y seductor, cargado de teclados ululantes, de electricidad psicofónica y de espectros a la vuelta de la esquina. Unas maneras que ha ido puliendo sobre el libro de estilo de artistazos como Lucinda Williams o Tom Waits. Así de grandes, retorcidas y rotundas suenan estas canciones a medio camino de la tradición más arraigada y el misterio más oxidado.
Unas canciones que no parecen abarcarse nunca. A cada escucha te van revelando nuevos secretos, algo que no está al alcance de cualquiera que se dedique a fabricar música de la nada. Y eso es lo que más maravilla de este álbum de título kilométrico: que no estamos ante un nuevo disco de usar y tirar, que aquí todo encaja y acaba componiendo un todo como seguro que hacía meses que no te llevabas a la oreja. Disco del año, sin duda, pero también de la década.
★★★★☆
La portada lo pone fácil, pero lo que suena también. Una conjunción astral que conjura fantasmas, apariciones y caras en la pared de tu cocina. De las caras de Bélmez a los bisontes de Altamira y de la Sábana Santa a los aparecidos en las fotografías, todo tiene cabida en mi mente mientras escucho el disco más poseído y sobrenatural del autor de The Mysterious Tale of How I Shouted Wrong-Eyed Jesus (1997).
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