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martes, 2 de junio de 2026

El navegante interestelar

Starsailor (Tim Buckley, 1970)


EXPERIMENTO CÓSMICO
. Si te apetece relajarte, oir un poquito de guitarrita y hundirte en el sillón, huye de este disco. Como de la peste. No te dejes engatusar por la sonrisa afable de Tim, ni por el carrusel juguetón que es "Moulin Rouge", ni por la leyenda de esa "Song to the Siren" que cualquiera ha cantado con más brillo, más lustre y también más aburrida ortodoxia.

Aquí no hablamos de versiones más o menos lucidas. Esto es la fuente. En cuanto a la canción mencionada y en cuanto al experimento vocal per se. Aquí Tim Buckley raya en la locura en un intento por estirar la dificultad de su disco anterior en busca de los límites de la cordura y el sentimiento. Para ello se vale de su mejor instrumento, su voz infinita y cegadora. El albatros al que siguen sin pestañear los vientos, contrabajos y pianos en un intento por alcanzar un destino que desde el principio se antoja inexistente. Lo que pasa es que a veces no importa a dónde se va, sino el trayecto, y aquí este es alucinante. Free jazz, gritos animales y el corazón en la boca son el combustible para una singladura sin igual por las estrellas.

El disco empieza perezoso y raro como un perro verde, una mezcla que no ayuda. Tenemos que esperar a "Monterey" para "disfrutar" del primer tortazo en toda regla. Se trata de una melopea desquiciada que azuza a un Buckley desatado. En ella nos azota con su inmenso rango vocal, con su expresionismo, con su vuelo acrobático sin red. Todo un descoloque que se acentúa con la continuación, una ortodoxa, graciosa y preciosa "Moulin Rouge". Un contraste brutal que queda despedazado de nuevo con el vuelo planeador de esa maravilla llamada "Song to the Siren", canción que es obligatorio visitar una y otra vez en su toma original para comprobar lo bien que le sientan los hierbajos eléctricos, la hojarasca y la libertad extrema. 

Una libertad que se duplica en la apertura de la cara B, con una infernal "Jungle Fire", y que no pierde fuelle con los fantasmas que pueblan la tétrica canción titular, una psicofonía escalofriante que te pone de los nervios. Y no crean que se queda contento con eso. La penúltima es igual de desquiciante, y cuando ya creemos que no podemos más, nos suelta la trompeta fronteriza con la que abre el glorioso cierre, "Down by the Borderline". Un colofón que nos quita todas las dudas a base, otra vez, de base rítmica minimalista e insistente e incursiones en terrenos inexplorados por parte de los vientos y, cómo no, la voz, esa voz indescriptible, críptica y aguda como la eternidad.

Realmente, después de su escaso minutaje, Starsailor te deja una sensación extraña. A la placidez que sigue a su extinción acompaña un regusto casi sabroso. Una mezcla de satisfacción y tristeza. Al principio puedes creer que es porque no has entendido nada, pero te lo vuelves a poner y compruebas que no, que esa tristeza se parece mucho a lo que se siente cuando se acaba un libro que estás disfrutando con deleite. No quieres que termine, pero quieres saber qué pasa al final, aunque te duela.

★★★★★

A1 Come Here Woman 4:09
A2 I Woke Up 4:02
A3 Monterey 4:30
A4 Moulin Rouge 1:57
A5 Song to the Siren 3:20
B1 Jungle Fire 4:42
B2 Starsailor 4:36
B3 The Healing Festival 3:16
B4 Down by the Borderline 5:22

Total: 35:54

Xxx

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jueves, 12 de octubre de 2023

El silencio como un estallido

In a Silent Way (Miles Davis, 1969)
 
 
JAZZ ELÉCTRICO. El primer arrebato eléctrico de Miles es una joya de dimensiones escalofriantes. De un aparato arreglístico sobrecogedor, In a Silent Way es una obra mayestática dentro del canon del trompetista de Illinois. Supuso una ruptura que aún hoy cuesta apreciar en toda su amplitud. Una brecha insondable entre el jazz que era y el que sería. Aún hoy suena aventurero y difícil, de una textura tersa, pero con infinitas rugosidades por descubrir a cada pasada.

Para este disco, Davis se alió con Joe Zawinul al órgano y John McLaughlin a la guitarra, entre otros. Esta pareja en concreto resultó fundamental a la hora de definir el nuevo rumbo del artista. Zawinul influyó en los arreglos eléctricos, así como en la composición de "In a Silent Way", la pieza que cierra el disco. McLaughlin aportó su virtuosismo a la guitarra eléctrica haciendo que muchos oyentes identificaran el nuevo sonido de Davis con el rock. Yo no veo tanto de esto, o no tan claro al menos. Sí que se observa un espíritu experimentador importante y se percibe el componente eléctrico con viveza y fuerza. Fusión lo llamaron, y a partir de este disco, el término iría tomando una fuerza que explotó en los 80, no siempre con la misma eficacia artística. El espíritu integrador y rupturista que Davis había adoptado como condición indispensable para su música explotaría con una fuerza aún más devastadora en Bitches Brew (1970), pero eso es otra historia. 
 
Resultado de imagen de miles davis in a silent way 
 
En cuanto a In a Silent Way, aún hoy se detecta a la primera que fue pionero en algo. Solo se necesitan unos segundos de escucha para darse cuenta. Es un disco embriagador, misterioso, lleno de teclados que entran y salen como espectros, guitarras dulces, arriesgadas o punzantes que se entremezclan con una belleza y una autoridad solo superada por el aliento de Miles en su trompeta. El sonido más hermoso, conmovedor y furibundo que imaginarse pueda. Un aullido eléctrico. Impuro y salvaje.
 
★★★★★
 
A Shhh / Peaceful 18:30
B In a Silent Way / It's About That Time 20:00
Total: 38:30

Xxx

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martes, 18 de abril de 2023

Desde el país de las amazonas eléctricas

Electric Ladyland (The Jimi Hendrix Experience, 1968)
 

BLUES ROCK PSICODÉLICO. Hasta este punto todo parecía haber sido demasiado fácil para Jimi Hendrix. Tras dos discos tan rupturistas que habían pillado con el pie cambiado a medio mundo, parecía imposible prever hacia dónde dirigiría sus pasos. Su debut era una obra maestra capital, posiblemente el mejor estreno de la historia. Y encima en el mismo año se sacó de la manga una continuación brutal que sólo quedaba por debajo por no contar ya con el efecto sorpresa. En plena vorágine, con la mente al rojo y con medio mundo a sus pies, su talento se encontraba en un punto difícil. En el de demostrar que su inspiración musical podía trascender y equipararse a su mítica habilidad digital. O superarla. Electric Ladyland iba a romper la baraja y elevar a Hendrix como uno de los músicos más intuitivos, inteligentes, sensibles y absolutos que hayan existido jamás. Y encima tocaba bien.

Se ve que Jimi estaba ansioso por expresarse en 1968. Necesitaba las dimensiones épicas del álbum doble. Y hay que decir que pocas veces ha estado tan justificado tal dispendio de tiempo como en este disco. Aquí Hendrix prueba las mieles de no constreñirse tocando. Toca lo que quiere y cuanto quiere. Toca como quiere y con quien quiere. Toca pianos, clavicordios eléctricos y hasta kazoos. Explora los límites de la guitarra como nunca antes, utilizando pedales y efectos novedosos, amplis raros y trasteando sin piedad el control de volumen como un elemento melódico más. Disfruta colaborando y dejándose hacer. Stevie Winwood o Al Kooper, por ejemplo, pasean sus dedos gloriosos por el disco.

Los efectos de esta libertad son increíbles e innumerables. Citaremos ese "Voodoo Chile" que en sus catorce minutos consigue llevarnos al éxtasis en ese continuo fundirse entre el teclado de Winwood y la guitarra de Jimi mientras Mitch Mitchell marca un ritmo explosivo y letal. Nunca un blues que en principio parecía manso había conseguido conjurar una tensión semejante. Maravillosas también las tarareables "Crosstown Traffic" o "Gypsy Eyes". O la belleza sin lustre, como de otro tiempo, de "Burning of the Midnight Lamp", y ese clavicordio eléctrico que ya es mítico en su canon. Tampoco podemos olvidar la fiereza jazz de "Rainy Day, Dream Away", "Moon Turn the Tides..." o "Still Raining, Still Dreaming", que, junto al experimento expansivo e inabarcable de "1983... (A Merman I Should Turn to Be)", forman la suite más volcánica del disco. En ella Jimi sacia sus ansias experimentales. Los minutos preparatorios para el cierre más perfecto en que pensarse pueda. La terna final es demoledora y rotunda. La destilación de muchos años de práctica, que se plasman con la maestría de un grandísimo artesano. Un artesano de la electricidad que es capaz de robarle al más grande y venderlo como algo suyo. Bob Dylan no volvió a tocar igual "All Along the Watchtower" después de escuchar esta versión. Y "Voodoo Child (Slight Return)" es un monumento al wah-wah del que beben y beberán por siempre generaciones enteras de guitarristas.

Puede que Are You Experienced? (1967) se disfrute mejor. Es más digerible y más directo. Sin embargo, las satisfacciones que este Electric Ladyland puede proporcionar son superiores a largo plazo. Su complejidad, sus múltiples capas, lo hacen más profundo y más intenso. Un disco que nunca se acaba porque nunca se llega a conocer por completo. El disco que volteó el cerebro de todo un Miles Davis. Escuchen Bitches Brew (1970) y toda su etapa eléctrica. Entonces sabrán de qué hablo y comprenderán por qué este es un álbum abrumador y cataclísmico. Uno de entre un millón.

 

A1 And the Gods Made Love 1:22
A2 Have You Ever Been (To Electric Ladyland) 2:09
A3 Crosstown Traffic 2:26
A4 Voodoo Chile 14:58
B1 Little Miss Strange 2:52
B2 Long Hot Summer Night 3:27
B3 Come On 4:10
B4 Gypsy Eyes 3:45
B5 Burning of the Midnight Lamp 3:40
 
C1 Rainy Day, Dream Away 3:40
C2 1983...(A Merman I Should Turn to Be) 13:09
C3 Moon, Turn the Tides...Gently Gently Away 1:01
D1 Still Raining, Still Dreaming 4:26
D2 House Burning Down 4:32
D3 All Along the Watchtower 4:01
D4 Voodoo Chile (Slight Return) 5:11
Total: 74:49

La curiosidad más conocida cuando hablamos de este álbum tiene que ver con su tórrida portada, ese archifamoso "harén" que por supuesto no fue recibido con los brazos abiertos en la puritana Gran Bretaña. En realidad fue el único sitio en el que se publicó así el disco, cambiando pronto a la portada que la discográfica eligió para su lanzamiento mundial, una foto de la cabeza de Jimi en tonos amarillos y rojizos. Lo peor del caso es que Hendrix nunca estuvo contento con ninguna de estas dos opciones, pues desde la discográfica habían desoído su petición en la que aparecía en Central Park rodeado de niños junto a la estatua de Alicia. La historia se encargó de agrandar la leyenda de un momento desafortunado, pero imborrable en la iconografía del rock.

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miércoles, 2 de noviembre de 2022

Sinfoníssimos

Frances the Mute (The Mars Volta, 2005)

 

PROGRESIONES MEGALOMANÍACAS. Cuando la intensidad consiste en una cabalgada sin sentido ni destino, cuando el desgarro se reclama a base de sacudidas histéricas, cuando la coartada intelectual se escuda en secuencias sobreinfladas lírica y sónicamente… O se está muy loco, o muy seguro, pero es harto complicado que el producto sea interesante/defendible/disfrutable. 

Eso es Frances the Mute, porque eso es The Mars Volta. Ni más ni menos. Los californianos siempre han azuzado el estandarte de lo progresivo contra las ascuas del jazz, la improvisación, el histrionismo… En un viaje con mil paradas hacia el lado oscuro de lo barroco. Y eso, o te encanta o lo odias. Bueno, eso o dices que el disco tiene su mérito pero que no puedes comulgar ni con su grandilocuencia ni mucho menos con "exquisiteces" a la Gypsy Kings como,

"Sin Ojos me quieres dar
Una historia sin mi madre
Solo tengo que decirte
El dolor de noche dice
Solo se quedó el vestido
Le lavé la sangre."


¿Me lo dices o me lo cuentas?

Toda esa hemorragia verbal es la que explota en mi cerebro tras unas primeras escuchas a la vez intensas y frustrantes. Luego, con la tranquilidad y la reflexión suelo pensar que he sido bastante injusto con un álbum que tiene unos momentos instrumentales de esos a los que no les queda grande el calificativo de brutales. Unos momentos en los que brilla con maestría la alianza entre el rock psicodélico más clásico y el jazz en su más libérrima expresión. Unos momentos en los que el dúo se muestra magistral incluso con el son cubano más puro, dando vida a una alianza latina que no había sonado tan vibrante y verdadera desde los tiempos de Santana.

Habrá que agarrarse a eso. Sin olvidar lo otro, claro. Eso es lo difícil: hacer las cuentas con el debe y el haber y llegar a una conclusión que nunca va a contentar a nadie. Porque con un disco tan exuberante y controvertido, parece que solo hay dos posiciones posibles. Unos extremos que en este caso no me atraen en absoluto. No es la joya que dicen, pero ponerlo en el cubo de la basura tampoco me parece justo. Un grandísimo dsco que no me voy a tragar ni en mil vidas. ¿No es eso lo que pretendían? 

★★★☆☆

1 Cygnus....Vismund Cygnus 13:02
    a. Sarcophagi
    b. Umbilical Syllables
    c. Facilis Descenus Averni
    d. Con Safo
2 The Widow 5:50
3 L'Via L'Viaquez 12:21
4 Miranda That Ghost Just Isn't Holy Anymore 13:10
    a. Vade Mecum     
    b. Pour Another Icepick
    c. Pisacis (Phra-Men-Ma)
    d. Con Safo
5-12 Cassandra Geminni 32:32
    a. Tarantism
    b. Plant a Nail in the Navel Stream
    c. Faminepulse
    d. Multiple Spouse Wounds
    e. Sarcophagi
Total length: 76:55

Xxx

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martes, 23 de noviembre de 2021

Las entrañas del cosmos

Space Ritual (Hawkwind, 1973) 
 

ROCK ESPACIAL. El rock hecho materia interestelar. Space Ritual es un auténtico viaje astral, una singladura iniciática hacia las profundidades de la tierra y hacia los confines del universo. Excesivo, saturado, vehemente y caprichoso. En las antípodas de la sencillez, y a la vez elemental y directo. Es una tenebrosa travesía hacia la luz, donde las guitarras suenan enterradas en la mezcla, el bajo y la voz en primer plano y las trompetas son como señales lejanas en baja frecuencia.

Por mucho que busco no encuentro nada como esto. Este disco en directo es artificioso hasta la médula y en ese exceso triunfa como celebración de la experiencia. Las drogas duras que lo alimentan susurran el vértigo salvaje del sí y del no, mientras sus melodías se abren paso a codazos en un bucle infinito. Un vórtice en el que, como en el mejor rock psíquico, no podemos resistirnos a entrar para quedar atrapados y pedir inmediatamente que pare de una vez este dolor.

Debió ser una bendita colisión de astros la que hizo posible este disco extraño y antisocial. Un reducto rancio y demodé que no se parece a nada que se haya hecho. Una colisión entre la distorsión cavernosa y los sonidos místicos del espacio exterior. Una búsqueda de Dios basada en los ritos primitivos, donde visualizamos a paganos adorando a la naturaleza, al fuego, a los elementos, al cosmos. A divinidades antiguas, entes como Sun Ra, Blue Cheer o Faust. Sin duda el ritual repele y crea adicción a partes iguales, cosa que a Hawkwind no parece importarles. Simplemente realizan su labor con una fe ciega. Puede que no quieras, pero al final caerás. Y sin saber por qué, te verás presenciando cómo ejercen de oficiantes de su liturgia. Entre la catarsis y el apocalipsis.

 ★★★★

A1 Earth Calling 1:46
A2 Born to Go 9:56
A3 Down Through the Night 6:16
A4 The Awakening 1:32
B1 Lord of Light 7:21
B2 The Black Corridor 1:51
B3 Space Is Deep 8:13
B4 Electronic No. 1 2:26
 
C1 Orgone Accumulator 9:59
C2 Upside Down 2:43
C3 10 Seconds of Forever 2:05
C4 Brainstorm 9:20
D1 7 by 7 6:13
D2 Sonic Attack 2:54
D3 Time We Left This World Today 5:47
D4 Master of the Universe 7:37
D5 Welcome to the Future 2:03
Total: 88:02

Este disco me traslada a tiempos remotos. Aunque trate de apelar a la inmensidad del cosmos, su crudeza rítmica y su gravedad eléctrica me sugiere mucho más los tiempos primitivos y me sorprendo rodeado por chamanes en una danza ritual que celebra la adoración a la naturaleza, a los astros, a los fenómenos naturales o a deidades antiguas cuyo nombre se ha perdido en las arenas del tiempo.

Es en toda esa ceremonia ritual de huesos y pinturas en la roca viva en la que me sumerge la escucha de una obra dura y demasiado camp en todos los aspectos, pero con un encanto salvaje imposible de explicar o de imitar.

Eso y su conexión con el espacio infinito al que apelan en título e imaginería también la enchufan a la inmensidad de 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968). Una historia de la evolución del hombre y del magnetismo inasible de la creencia en lo sobrenatural, que abarca miles de años en su glorioso metraje. Pero también, rebajando su profundidad intelectual, hay que nombrar cosas más livianas y crudas como esa Los bárbaros (Ruggero Deodato, 1987), puro festival de esteroides y vacuidad. Un álbum que quizás situaría en ese punto intermedio imposible entre la caverna y el cosmos, entre la psicodelia de hueso y la protoelectrónica estroboscópica, entre Steppenwolf y Sun Ra... En un punto imposible, que es el que le da a estas cosas ese encanto adictivo que no podemos explicar y que no podemos despegarnos de la piel.

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viernes, 24 de septiembre de 2021

Este muerto está muy vivo

Live / Dead (Grateful Dead, 1969)

ROCK PSICODÉLICO. De Jerry García decía su compañero Phil Lesh (bajo), que era capaz de hacer cantar cualquier instrumento que tocara. Y eso, aunque se refería específicamente a la steel guitar que empezó a utilizar en el posterior Workingman's Dead (1970), puede apreciarse a la perfección durante este viaje triposo al corazón del jipismo más expansivo, psicodélico y lisérgico en que pensarse pueda.

Live / Dead es un viaje sin esperanzas de retorno a las entrañas de la mente universal, la traslación más perfecta posible de lo que pasaba en sus ceremonias eléctricas tocadas por la química y la gracia divina. No me cabe duda de que enlatar todo lo que sonaba y todo lo que se sentía en un concierto de estos demiurgos de la electricidad es sencillamente imposible, pero este documento nos lo acerca aunque solo sea unos milímetros. Y eso ya es mucho.

Para grabarlo repitieron con esa mesa de 16 pistas que acababa de inventarse y que ya estrenaron meses antes en el fundacional Aoxomoxoa (1969). Todo un mundo de nuevas posibilidades que ayuda a desplegar un ataque instrumental que nunca había sonado tan exuberante en sus manos y que iba a ser una especie de despedida de la catarsis eléctrica en favor de un folk rock con el que iban a volver a sus orígenes en una serie de obras maestras por venir.

Por todo esto, Live / Dead puede verse como la culminación de toda una época y ni que decir tiene que es una de las obras más importantes del canon de los californianos. Un disco doble monstruoso que despliega un torrente de ideas inabarcable, que bulle y colea como mil serpientes y que por mucho que te pongas no vas a acabar de pillar jamás. Todos sabemos de la dieta rica en productos de laboratorio que ingerían estos personajes en estos tiempos. Una dieta estricta que haría polvo a cualquiera, pero sin la cual no se podría haber llegado a esto. A un disco expresionista y abstracto que se iba a convertir en el anuncio luminoso de todo un Bitches Brew (Miles Davis, 1969) aún por llegar. Ahí es nada.

★★★★☆
 
A Dark Star 23:15
B1 Saint Stephen 6:45
B2 The Eleven 9:39
 
C Turn on Your Love Light 15:30
D1 Death Don't Have No Mercy 10:30
D2 Feedback 8:52
D3 And We Bid You Goodnight 0:36
Total: 75:07
 
La portada del disco, maravillosa sin duda, tiene mucho de ese arte sacro que no va tan desencaminado como puede parecer para envolver esta música. Unas partituras hechas trizas que puedo imaginarme revoloteando en naves de crucero amplias y celestiales en altura, chocando contra esas vidrieras que mi mente conjura al disfrutar de las imágenes y los sonidos que forman esta obra.
 

Guste más o menos, entre mejor o peor, lo que es impepinable es que ya es cada vez más difícil encontrar álbumes con este nivel estético y esta dimensión artística. Discos con una personalidad que acaba fabricando todo un concepto y una visión únicos. Cosas estas en las antípodas de la comida rápida y facilona que a veces nos obligan a llamar música.

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miércoles, 9 de mayo de 2012

Rojo estroboscópico

Bitches Brew (Miles Davis, 1970)
 

JAZZ ELÉCTRICO. Este es el disco más aventurero, adictivo y salvaje que se haya grabado jamás. No sé si exagero, es difícil saberlo ante tamaño coloso de la música popular. Lo cierto es que la obra maestra de Miles Davis no envejece ni un minuto desde ese lejano 1970 en el que se parió. Y fue un parto difícil. Ni el público ni el entorno del trompetista acababan de verlo con buenos ojos, pero por suerte eso no iba a detener a Miles en la culminación de su reinvención como Apolo eléctrico en plena celebración de su negritud.

In a Silent Way (1969) ya fue revelador y catártico. Un monumento que inauguraba un ciclo de exploración y frenesí eléctrico. Este lo supera y se erige en cúspide de un sonido y una actitud. El disco, cuyo título homenajea y retuerce el "brebaje de brujas" (Witches brew) de Macbeth (William Shakespeare), es una monstruosidad doble que se acerca a los 100 minutos. La primera rodaja la ocupan dos temas. "Pharaoh's Dance" abre fuego y llena la cara A como un manto eléctrico, donde el teclado y sus dibujos marcan la pauta y rellenan huecos inimaginados en el subconsciente. Joe Zawinul es responsable de la composición y marca claramente un ambiente fantasmagórico que agarra al oyente por el cuello desde que empieza a sonar. El pianista se erige en consejero espiritual de Miles en esta etapa de fusión salvaje, no solo en este disco sino desde el mismo comienzo con el anterior. El segundo tema también se merienda la cara B por completo y el título habla por sí solo. Es, efectivamente, un "brebaje de zorras", un tema lascivo, vicioso y afilado como una daga al rojo vivo. Pulsaciones y eyaculaciones de trompeta marcan el dibujo principal de una pieza densa, magmática y brutal.

La principal característica de este álbum sería la libertad expresada en improvisaciones largas, carnosas y que no conocen límites. Estas continúan en un segundo volumen sustantivo, que empieza con un ritmo mareante y letal en "Spanish Key" y continúa en una exhibición de ese guitarrista sutil, melódico y demoníaco que podía ser John McLaughlin (su nombre da título al tema). Volcánico como esa salvajada en crescendo desatado que es "Miles Runs the Voodoo Down". Con un final apocalíptico, es la perfecta introducción para "Sanctuary", un cierre que comienza ensoñador y clásico para ir envenenándose y dejarte a las puertas de Jericó.

Tengo la costumbre de asociar la música con colores. En mi discoteca hay discos negros y azules, malvas y blancos. Y no me refiero a sus portadas (aunque eso pueda influir). El sonido que contienen me inspira una u otra tonalidad. Pues bien, este disco sería ROJO. El rojo de las luces estroboscópicas. O quizás el naranja brillante y explosivo de la lava encendida. Y de eso tienen buena culpa las dos primeras composiciones. El resto acompaña, borbotea y estalla, pero son las dos primeras el pórtico iniciático, la bienvenida traicionera y bajuna a unos placeres ocultos y muchas veces inalcanzables. Es oir los primeros acordes empujados por la batería insistente de "Pharaoh's Dance" y verlo todo de color carmesí. Como si un velo de gasa roja envolviera mis pensamientos. Imágenes de brujas y zorras bailando el baile de la barbarie. Y el caldero borboteando para la eternidad. Miles fue un santo y una figura inimitable. Y Bitches Brew lo atestigua como el testamento que cualquiera querría legar. Aunque no pertenezcas a este mundo.


 

A Pharaoh's Dance 20:03
B Bitches Brew 27:00
 
C1 Spanish Key 17:32
C2 John McLaughlin 4:22
D1 Miles Runs the Voodoo Down 14:01
D2 Sanctuary 10:56
Total: 93:54



A pesar de ser un disco a todas luces difícil, fue el primer disco de oro para Miles Davis.

Fueron pocas las piezas de este disco que tuvieron ensayos previos a su grabación. La mayor parte de ellas se grababan después de seguir unas breves indicaciones de Miles. Simplemente indicaba el tempo, algunos acordes o algún detalle de la melodía principal. Con eso debían tener más que suficiente los músicos para desarrollar su arte.

En "John McLaughlin" Miles no tocó nada, algo cuando menos curioso en un artista tan aglutinador y absoluto.

En esta grabación la edición tuvo un protagonismo importante. No es fruto de la casualidad a pesar de lo que pueda parecer. Se unieron diferentes secciones y se añadieron efectos para conseguir el resultado final.

La maravillosa portada es obra de Mati Klarwein, poseedor de un estilo más que característico que virtió en otras portadas míticas como la de Abraxas (Santana, 1970):