En Diamond Dogs ofrece su visión de las enseñanzas del autor de 1984, de Aldous Huxley y de todos aquellos que vieron en el futuro un abismo terrorífico propiciado por la naturaleza humana. De una manera clara y meridiana nos sumerge en su poesía futurista y virulenta, la cual acompaña de unos arreglos medidos y elegantes que juguetean con sonoridades metálicas de pop, rock, soul y funk. Será por este eclecticismo que el disco aturde al oyente, lo apabulla. Para bien y para mal.
El octavo disco de Bowie carece de la elegancia rupestre de Hunky Dory (1971), no tiene el brillo eléctrico de Ziggy Stardust... (1972), ni puede competir en misterio con Aladdin Sane (1973). Y aun así, es un disco fundamental en su canon. Su problema radica en la facilidad con que impresiona. Toda la imaginería que contiene y todo su artwork están pensados al milímetro para impresionar. Para dotarlo de una respetabilidad literaria y filosófica que suele ser un fardo demasiado pesado para una obra, no lo olvidemos, de rock.
Una fachada que suele desmoronarse a poco que se rasca. O eso le pasa a la mayoría de ellas, porque aquí, al final, lo que queda es un puñado de canciones brillantes, algunas de ellas magistrales. Todo un trofeo que reclama su lugar privilegiado en una sala repleta de ellos. Y al que el tiempo no hace más que darle la razón.
★★★★☆

Ese sería el armazón, pero no lo único que vertebra a Diamond Dogs en lo extramusical. También se menciona y cobra especial importancia ese peliculón que es Freaks (Todd Browning, 1932) o esa La naranja mecánica (Anthony Burgess, 1962).
Referencias todas que colocan lo desviado en el centro del tapete. Odas y repudios a la violencia y elegías en honor al ser humano a la intemperie. Material muy serio con el que no es fácil tratar. Si no te haces llamar David Bowie, claro.
:format(jpeg):mode_rgb():quality(90)/discogs-images/R-3877179-1347823057-1864.jpeg.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario