Grabaciones de referencia:

- Violin Concerto (in D) (Jascha Heifetz / Charles Munch / Boston Symphony Orchestra, 1956)
- Beethoven: Violin Concerto, Op. 61 (David Oistrakh / André Cluytens / Oschestra National de Radiodiffusion Française, 1959)
Entramos en otra obra más que importante dentro del canon beethoveniano, el Concierto para violín en re mayor, Opus 61. Una pieza en la que el genio de Bonn vuelve a fijarse en las formas clásicas de sus predecesores para desarrollar su propia visión, que sería la que acabaría mandando en el futuro. El molde en esta música sigue siendo muy reconocible. Otra cosa es la escala, el tratamiento del solista y su relación con la orquesta, puntos donde Beethoven deja su sello para la eternidad.
En cuanto a la escala, el primer movimiento ronda los veinticinco minutos. Unas dimensiones enormes que se deben al tiempo que se toma el compositor para elaborar sus ideas, crear tensión y construir grandes arcos, esto es, mantener una idea en el tiempo hasta hacer que la tensión, el desarrollo y la resolución se perciban como un recorrido unitario en lugar de como episodios independientes. Algo que se suma a la idea de que, como con la Heroica, el alemán estaba componiendo ya a una dimensión monumental.
Siguiendo con el papel del violinista, sin dejar de potenciar su virtuosismo, Beethoven se centra en que dialogue con la orquesta "comentando" lo que acaban de hacer sus acompañantes, desarrolle motivos y cante líneas más largas. En definitiva, que el violinista sea un personaje con verdadero peso en la obra y no un mero adorno que se limite a dar espectáculo.
Lo que enlaza con su relación con la orquesta, en la que no solo se potencia el diálogo y los intercambios entre ella y el violinista, sino que, con Beethoven, la orquesta deja de ser solo un marco para el lucimiento del solista y se convierte en un organismo sinfónico autónomo con peso específico, de tal manera que cuando, por ejemplo, introduce el primer movimiento, el violinista entra en un conjunto que ya está en marcha y funcionando a la perfección.
Todo esto sin menospreciar la importancia de un buen violinista en este tipo de composición. Ha habido muchos en la historia que han grabado con solvencia y emoción esta partitura, pero hay que elegir, está claro. En este caso me he decantado por paladear las grabaciones de David Oistrakh con la Orquesta Nacional de Radiodifusión Francesa, dirigida por André Cluytens, por un lado, y la de Jascha Heifetz con la Orquesta Sinfónica de Boston, dirigida por Charles Munch. Grabaciones de 1958 y 1955 respectivamente.
Grabaciones magníficas las dos, en las que podemos disfrutar de la elegancia y la solemnidad apabullantes de Oistrakh y de la precisión endiablada de Heifetz. Dos formas diferentes, pero complementarias, de gozar de una pieza fundamental para el repertorio de violín con orquesta. Tanto que no sé con cuál quedarme. Si con ese violín en primer plano que capta toda tu atención con Oistrakh o con ese equilibrio mayestático entre solista y orquesta que proponen Heifetz/Munch. Es imposible decidirse, ni falta que hace, la verdad.
♪♪♪
I. Allegro ma non troppo
II. Larghetto
III. Rondo. Allegro
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