NO WAVE. Recopilatorio que completa la obra que DNA ha dejado para la posteridad. Estos casi cincuenta minutos son el complemento imprescindible para redondear el legado de una de las bandas clave del underground en los primeros instantes de ese incipiente post-punk.
Recordemos que el grupo liderado por Arto Lindsay sólo publicó quince minutos de música antes de disolverse en 1982. Por ello, este pirata es tan suculento. No hay nada que no podamos encontrar en esa suerte de integral que fue "DNA on DNA" (2004), pero aquí tenemos agrupado el material no incluido en sus dos referencias de estudio. Y eso me parece a mí que ordena su catálogo y evita la redundancia.
Por lo demás, aquí nos podemos encontrar más de lo esperado. El estertor catártico de la guitarra de Lindsay unido a sus alaridos disfuncionales, la batería repetitiva y espasmódica de Ikue Mori y, según la época, los teclados sencillos y gráciles de Robin Crutchfield o el bajo elástico y pulmonar de Tim Wright. Arte avanzado sin espacio para la teatralidad, agresión sónica, violencia controlada. En definitiva, todas las virtudes y los defectos de DNA alargados hasta unos cincuenta minutazos deliciosamente insoportables.
NO WAVE. El legado de DNA se limita a un single en 7" y a este EP. En total, algo menos de quince minutos de música con su firma. A eso habría que añadir los cuatro temas que Brian Eno incluyera en el recopilatorio "No New York" (1978) y una serie de tomas en directo y descartes. Nada más y nada menos. Siguiendo la ética de esa corriente arty e iconoclasta que alguien llamó "no wave", se consumieron antes de empezar a balbucear. Lo hicieron, eso sí, en una conflagración instantánea que ofreció una luz cegadora y un legado más importante de lo que su brevedad da a entender.
Básicamente, el grupo tuvo dos formaciones con cierta estabilidad. En este EP, su obra magna, el bajo de Tim Wright sustituyó al teclado de Robin Crutchfield, miembro fundador. Esto supuso una modificación evidente en su sonido, ya que hasta ese entonces habían tocado sin bajo. Wright, que había militado en Pere Ubu, incorporó cierta estructura, una base gomosa sobre la que vomitar los ritmos obsesivos y tribales de Ikue Mori y la guitarra amorfa y acuchillada de Arto Lindsay. No en vano, el bajista se podía considerar el único músico en el sentido convencional del grupo.
"A Taste of DNA" se ha convertido con el tiempo en un clásico de la música de vanguardia. Sus escasos diez minutos encierran más misterio, más enjundia y más verdad que muchas obras de carácter vanguardista que pretenden más de lo que consiguen. En este disco no se detectan atisbos de pretenciosidad, ni de gato por liebre. Lindsay ofrece lo que siempre había hecho, una aproximación al instrumento totalmente heterodoxa y desprejuiciada. Utiliza la guitarra como instrumento percutivo y chirriante y deja un sello que muchos han querido imitar sin éxito. Toda esta intensidad, que parece falta de pericia y a la que el tiempo ha puesto en su lugar, es el sello definitivo del grupo y la base sobre la que Lindsay ha desarrollado su estilo en los infinitos proyectos en los que ha participado a posteriori.
Este es un disco de esos que no deja a nadie indiferente. Es difícil y primario como el aporreo de Mori, baterista autodidacta de origen japonés que nunca había tocado antes el instrumento y que sigue la estela de baterías femeninas como la gran Mo Tucker de The Velvet Underground. Comparación facilona, lo sé, pero también irresistible y útil a la hora de relacionar el espíritu libre y rupturista de las dos bandas, si bien todo aquí se ha llevado a los límites más extremos, rozando casi el sinsentido. Tampoco creo que haya que obsesionarse por buscar explicaciones. Lo mejor es dejarse llevar por la vorágine sin esperar aclaraciones de ningún tipo.
NO WAVE. Primera referencia de una de las células terroristas clave en el rock experimental norteamericano. Cuando todavía no habíamos digerido el punk, Arto Lindsay se alía con Robin Crutchfield y Ikue Mori, para darle veinte o treinta vueltas de tuerca al concepto de rock libérrimo. Guitarra, teclados y batería, en este orden, para reventar el panorama a base de espasmos y cuchilladas eléctricas de dudosa procedencia.
Estas dos piezas, junto con otras cuatro para ese recopilatorio seminal que fue "No New York" (1978), auspiciado por todo un Brian Eno, es todo lo que grabó esta formación del grupo. Al menos en el estudio o de manera oficial. Posteriormente cambiarían el teclado de Crutchfield por un bajo cambiando su sonido pero no su posición frontal contra todo lo establecido.
En estos cuatro minutos podemos disfrutar con avidez y deleite de la barbarie de unos locos mágicos que no necesitan saber tocar para que nos acerquemos a escuchar. Lo difícil es quedarse, eso también hay que advertirlo.