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martes, 9 de abril de 2024

Cuero y acero

British Steel (Judas Priest, 1980)

HEAVY METAL. El sexto álbum de Judas Priest fue el que materializó de manera física el poder legendario de una de las bandas más icónicas del heavy metal. La que más, me atrevería a decir. La que se adelantó a todos y selló los manierismos y lugares comunes de una música que entraba en su década de mayor éxito. Con los Judas el metal era lo que siempre debería ser: una cosa sucia, rápida y venenosa como un aguijón.

En este disco cumplen con creces con esa premisa y entregan uno de los tratados más canónicos y brutales del género. Con una terna inicial que a día de hoy no ha sido igualada, se consagran como los mesías de una forma de ver la música de la que iban a tomar nota todos los demás. Basta con pegar la oreja a esa apertura, "Rapid Fire", para mí su mejor canción, para dejarse vapulear por la cantidad de referencias que manejan y la miríada de semillas que plantaron. En ella es imposible no oler el aroma bastardo de Black Sabbath, Motörhead, Venom y los Metallica del Kill 'Em All (1983).

"Metal Gods" es desde su título el epítome de todo un género y "Breaking the Law" derrama a manos llenas esa rudeza callejera que acerca a la obra al rock urbano y que es la culpable de su perdurabilidad y de su capacidad transversal a la hora de captar oyentes en casi cualquier esfera del ámbito rockero. Como "Grinder" y su riff destrozacuellos o ese clásico del rock de carretera made in USA que es "Living After Midnight". Todo eso junto a una misteriosa "The Rage", construida sobre una curiosa línea de bajo y a esa genial "Steeler", con su coda de solos trepanadores que no quieres que terminen nunca, conforman lo más espectacular de un discazo eterno.

Las comparaciones con Iron Maiden siempre han sido la tónica con este grupo, pero en mi opinión con este disco quedan totalmente fuera de lugar. El rango vocal y la variedad de registros de Rob Halford no tiene parangón y así lo demuestra aquí, llegando donde nadie más puede con su aullido y regalándonos interpretaciones rasposas y crujientes justo en el otro extremo. Además, Judas Priest siempre han tenido algo muy especial que en esta, su obra maestra, queda reflejado mejor que nunca: esa capacidad para sonar oscuros, sucios y muy de verdad. Con el punto justo del toque más siniestro de Sabbath y sin llegar a los excesos de la euforia épica de Maiden. Manejando siempre los controles con un equilibrio y una sabiduría que los han hecho, eso, los auténticos dioses del metal.

★★★★☆

A1 Rapid Fire 4:07
A2 Metal Gods 3:58
A3 Breaking the Law 2:34
A4 Grinder 3:56
A5 United 3:31
B1 You Don't Have to Be Old to Be Wise 5:03
B2 Living After Midnight 3:30
B3 The Rage 4:43
B4 Steeler 4:28
Total: 35:50

La influencia de Judas Priest para con el heavy no se limita al sonido del género, sino que marcó la tendencia también en la estética, la pose y la actitud en el escenario. Y en gran medida todo eso lo marcó este disco de manera decisiva. 

No hay más que ver su contraportada para entender de qué va esto de tener todo el poder del metal corriendo por tus venas. Concretamente la indumentaria de Rob Halford marcó a más de unos miles, millones diría yo, de chavales en este planeta. Y es que si Iron Maiden eran los fuegos artificiales y la grandiosidad más bombástica, Judas Priest eran simplemente los dioses del cuero y el acero. 

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martes, 23 de noviembre de 2021

Las entrañas del cosmos

Space Ritual (Hawkwind, 1973) 

ROCK ESPACIAL. El rock hecho materia interestelar. Space Ritual es un auténtico viaje astral, una singladura iniciática hacia las profundidades de la tierra y hacia los confines del universo. Excesivo, saturado, vehemente y caprichoso. En las antípodas de la sencillez, y a la vez elemental y directo. Es una tenebrosa travesía hacia la luz, donde las guitarras suenan enterradas en la mezcla, el bajo y la voz en primer plano y las trompetas son como señales lejanas en baja frecuencia.

Por mucho que busco no encuentro nada como esto. Este disco en directo es artificioso hasta la médula y en ese exceso triunfa como celebración de la experiencia. Las drogas duras que lo alimentan susurran el vértigo salvaje del sí y del no, mientras sus melodías se abren paso a codazos en un bucle infinito. Un vórtice en el que, como en el mejor rock psíquico, no podemos resistirnos a entrar para quedar atrapados y pedir inmediatamente que pare de una vez este dolor.

Debió ser una bendita colisión de astros la que hizo posible este disco extraño y antisocial. Un reducto rancio y demodé que no se parece a nada que se haya hecho. Una colisión entre la distorsión cavernosa y los sonidos místicos del espacio exterior. Una búsqueda de Dios basada en los ritos primitivos, donde visualizamos a paganos adorando a la naturaleza, al fuego, a los elementos, al cosmos. A divinidades antiguas, entes como Sun Ra, Blue Cheer o Faust. Sin duda el ritual repele y crea adicción a partes iguales, cosa que a Hawkwind no parece importarles. Simplemente realizan su labor con una fe ciega. Puede que no quieras, pero al final caerás. Y sin saber por qué, te verás presenciando cómo ejercen de oficiantes de su liturgia. Entre la catarsis y el apocalipsis.

 ★★★★

A1 Earth Calling 1:46
A2 Born to Go 9:56
A3 Down Through the Night 6:16
A4 The Awakening 1:32
B1 Lord of Light 7:21
B2 The Black Corridor 1:51
B3 Space Is Deep 8:13
B4 Electronic No. 1 2:26
 
C1 Orgone Accumulator 9:59
C2 Upside Down 2:43
C3 10 Seconds of Forever 2:05
C4 Brainstorm 9:20
D1 7 by 7 6:13
D2 Sonic Attack 2:54
D3 Time We Left This World Today 5:47
D4 Master of the Universe 7:37
D5 Welcome to the Future 2:03
Total: 88:02

Este disco me traslada a tiempos remotos. Aunque trate de apelar a la inmensidad del cosmos, su crudeza rítmica y su gravedad eléctrica me sugiere mucho más los tiempos primitivos y me sorprendo rodeado por chamanes en una danza ritual que celebra la adoración a la naturaleza, a los astros, a los fenómenos naturales o a deidades antiguas cuyo nombre se ha perdido en las arenas del tiempo.

Es en toda esa ceremonia ritual de huesos y pinturas en la roca viva en la que me sumerge la escucha de una obra dura y demasiado camp en todos los aspectos, pero con un encanto salvaje imposible de explicar o de imitar.

Eso y su conexión con el espacio infinito al que apelan en título e imaginería también la enchufan a la inmensidad de 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968). Una historia de la evolución del hombre y del magnetismo inasible de la creencia en lo sobrenatural, que abarca miles de años en su glorioso metraje. Pero también, rebajando su profundidad intelectual, hay que nombrar cosas más livianas y crudas como esa Los bárbaros (Ruggero Deodato, 1987), puro festival de esteroides y vacuidad. Un álbum que quizás situaría en ese punto intermedio imposible entre la caverna y el cosmos, entre la psicodelia de hueso y la protoelectrónica estroboscópica, entre Steppenwolf y Sun Ra... En un punto imposible, que es el que le da a estas cosas ese encanto adictivo que no podemos explicar y que no podemos despegarnos de la piel.

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