JAZZ FOLK CÓSMICO. Parecía que este disco iba a ser diferente a su hermano mayor, todo un punto y aparte para Buckley. Sin embargo, a pesar de que consta de canciones más cortas, no siempre aparecen más estructuradas ni más ortodoxas en sus formas. Sí que muestran melodías claras y sí que engatusan con la voz del cantante, que hace lo que le viene en gana y siempre con sentido. Lo que no quita que haya algunos momentos demasiado alambicados que hacen que la experiencia sea más trabada de lo esperado.
Momentos que, seamos claros, se concentran en el cierre, con una "The Train" que trata de volvernos locos en la línea furibunda de "Gypsy Woman" (Happy Sad, 1969). Todo lo demás, también hay que reconocerlo, es un fluir taciturno y pausado, sin sobresaltos y con una sensación de nudo en la garganta que no hace sino dejar claro que estamos ante un vocalista sobrenatural y ante una obra excepcional.
Precisamente, por esa capacidad para mantenernos enganchados y casi diría que en vilo, diría que prefiero este disco al anterior. Y eso que reconozco que ese es más sólido, más coherente y está mejor acabado. Sin embargo, este Blue Afternoon no me produce esa sensación de extravío y desorientación que me provoca su hermano mayor. Una concreción de la que son muy culpables los músicos acompañantes, Lee Underwood, guitarra y piano, a la cabeza. La forma en la que todos fabrican el colchón perfecto para Buckley es uno de esos misterios que nadie sabe de dónde surgen, pero que todos notamos que están detrás de la forja de toda obra maestra.
★★★★☆
A1 Happy Time 3:15 A2 Chase the Blues Away 5:10 A3 I Must Have Been Blind 3:40 A4 The River 5:47 B1 So Lonely 3:27 B2 Cafe 5:40 B3 Blue Melody 4:55 B4 The Train 7:53
JAZZ FOLK CÓSMICO. El tercer álbum de Tim Buckley es un compendio de jazz de cámara
sutil y largo como la sombra de un árbol antiguo. Un auténtico arrebato
de finura que se erige en una isla en su discografía, porque el
experimento que propone todavía entra casi a la primera. Lo de largo puede ser injusto, ya que solo dura los tres cuartos de hora de rigor. Lo que pasa es que se hace difícil sustraerse a la extensión mostrenca de la mayoría de cortes que lo componen. Algo que potencia esa sensación de que el álbum dura más de lo que lo hace en realidad.
Para abrir boca, Buckley tira de gusto y deja que su voz planee sobre una base extirpada del "All Blues" de Miles Davis. Todo un tour de force que resuelve con gracia y contra todo pronóstico, ya que consigue nada menos que hacer suya una canción armada sobre una de las piezas clave de todo un Kind of Blue (1959).
Ahí es nada, pero es que eso era solo el principio. La introducción ritual para una serie de ejercicios en los que prima la improvisación y la libertad más extrema. Una serie de piezas elástica y sin limitaciones en su vocación por servir de vehículo expresivo sin corsés en forma de estructuras definidas o estribillos. Brutalidades artísticas que o te entran hasta el tuétano o te resbalan sin remedio.
De entre ellas destacaría "Gypsy Woman", por su furia poética casi free jazz, y pondría mis reparos a "Love From Room 109...", dispersa, aletargada y deshilachada en extremo. "Buzzin' Fly" y "Dream Letter" devuelven el disco a la excelencia, mientras que "Sing a Song for You" retoma el verso-estribillo, aunque en un estilo heterodoxo anunciador de su famosa "Song to the Siren". Canción que, a pesar de ser publicada años después, fue concebida en este periodo.
En resumen, estamos ante un álbum único dentro del catálogo del californiano. Una obra sólida, experimental, plácida y bella hasta decir basta. Seis piezas que basculan entre lo interesante y lo genial para disfrutar de los entresijos artísticos más recónditos de Tim Buckley. No siempre a tumba abierta, y con algún que otro frenazo, pero con un balance final claramente favorable.
★★★☆☆
A1 Strange Feelin' 7:49 A2 Buzzin' Fly 6:00 A3 Love From Room 109 at The Islander (On Pacific Coast Highway) 10:47 B1 Dream Letter 5:10 B2 Gypsy Woman 12:19 B3 Sing a Song for You 2:36
Concerto for Piano and Orchestra No. 3 / Symphony No. 5 (Berliner Philharmoniker / Herbert von Karajan / Glenn Gould, 2008) ★★★☆☆
Jean Sibelius siempre se ha caracterizado por retratar como nadie con su música el paisaje, el ethos y la idiosincrasia de Finlandia, la tierra que lo vio nacer y en la que vivió hasta su muerte en 1957. Hay numerosos ejemplos en los que ese paisajismo sonoro nos sobrecoge con su descripción certera del frío, el viento y las postales nevadas de su tierra. Esta sinfonía, la del cisne, es uno de los mejores retazos de esa emotividad arrancada de los mismos elementos.
Una música diáfana, pero también tormentosa, apacible y serena, pero también voluptuosa y agitada como la tempestad, la calma, el frío y el viento helado. Sin dejar de lado la calidez del hogar que también se cuela entre estas notas: destellos impresionistas a veces, surgiendo como la niebla y colándose de puntillas en tu alma para no salir jamás. Esa es la potencia de una música que emerge de lo local para conquistar el mundo en cualquiera de sus rincones.
Mitos nórdicos que se han intentado encerrar en plástico en numerosas ocasiones. En mi caso, me he sumergido en las versiones de Karajan con la Filarmónica de Berlín, grabada en 1957, y la de Paavo Berglund con la Filarmónica de Helsinki, grabada en 1986. La primera posee más valor histórico que musical, y el oyente llega a ella más por el Concierto para piano nº 3 de Beethoven que abre el CD, y en el que participa Glenn Gould, que por la sinfonía de Sibelius. Y no es de extrañar, porque, aun ofreciendo la calidad esperada con Karajan, tampoco ofrece nada especial.
Algo que sí podemos disfrutar con la espectacular versión de Berglund. Una toma que se caracteriza por su excelente claridad estructural y por su huida del sentimentalismo excesivo. Una grabación hecha en casa en la que podemos comprobar la fortaleza de la conexión entre Sibelius y Finlandia. Algo que es básico para poder entender y disfrutar a fondo de la música de uno de los mayores compositores de finales del siglo XIX y principios del XX. Un genio que aquí se presenta apasionado, elegante y sutil elevado a la enésima potencia. Lo que me deja claro que, si no estamos ante su mejor sinfonía, estamos ante una de ellas. Y créanme que esto no es decir poco.
♪♪♪
1. Tempo molto moderato - Allegro moderato (Ma poco a poco stretto) - Vivace molto - Presto - Più presto 2. Andante mosso, quasi allegretto - Poco a poco stretto - Tranquillo - Poco a poco stretto - Ritenuto al tempo I 3. Allegro molto - Misterioso - Un pochettino largamente - Largamente assai - Un pochettino stretto
FOLK ROCK CÓSMICO. El segundo disco fue un ejercicio de afirmación artística en toda regla. Puede que el más equilibrado de su carrera, al compensar su lado pop y su respeto por la estructura de la canción con una vertiente experimental que reventaría en obras como Lorca (1970) o el brutal Starsailor (1970). Un equlibrio que ya se percibe a todas luces inestable.
Aquí hay toques de riesgo y confrontación, pero dominan el paisaje las canciones. Tonadas dulces, pero duras, con más de una estructura heterodoxa que se iba a convertir en marca de la casa. Como ya he dicho, un falso equilibrio en el que incluso los fogonazos de luz están bañados de oscuridad, y que es el que hace de Goodbye and Hello uno de sus mejores álbumes.
Y eso que no es un disco que entre a la primera. Su rareza, que puede provocar incluso una leve repulsión en el oyente, se ve mitigada cuando conseguimos penetrar en piezas clave como "Pleasant Street", "Hallucinations", "Once I Was", "Morning Glory" o "Phantasmagoria in Two", una pieza de una belleza clásica, gaseosa e inenarrable. Canciones preñadas de un exotismo terminal y evanescente potenciado por la producción—torpe e inestable—o por su mismo ADN. Ambos, diría yo, dejan a las tonadas flotando en el aire bastantes segundos después de terminar.
El secreto mejor guardado en una obra que también se nutre de experimentos del calibre de un tema titular que en sus más de ocho minutos visita tierras inexploradas en esto del folk psicodélico. Un semifallo delicioso que anuncia el futuro del cantautor de manera pretenciosa e ingenua. Y con una seguridad, eso también, que solo puede venir del que sabe perfectamente lo que está haciendo.
★★★★☆
A1 No Man Can Find the War 2:58 A2 Carnival Song 3:10 A3 Pleasant Street 5:15 A4 Hallucinations 4:55 A5 I Never Asked to Be Your Mountain 6:02 B1 Once I Was 3:22 B2 Phantasmagoria in Two 3:29 ❤ B3 Knight-Errant 2:00 B4 Goodbye and Hello 8:38 B5 Morning Glory 2:52
FOLK ROCK. Un debut más curioso que genial y que ofrece pistas, más que certezas, sobre la grandeza futura de un cantautor único. Pistas escasas y a veces engañosas, porque apenas dejan intuir los hitos de sus experimentos vocales y musicales. No en vano, este es su disco más convencional. El más pop y por tanto el de menos peso y poso.
Curiosamente, cuando lo escucho, no veo grandes defectos en estas melodías tan bien acabadas. Si acaso, un algo anticuado al que hay que acostumbrarse y sobre todo, y esto es lo peor, la sensación de que la voz de Buckley parece querer salirse de este sonido tan encorsetado.
Con estas ideas trato de explicar que hay algo que no encaja en este álbum y no sé bien qué es. Hay momentos en los que el agudo poderoso del cantante no empasta con los arreglos. Es como si fuera demasiado para tanta levedad. Y eso es incómodo, pero lo peor es que, como nos demostraría en unos meses, queda lejos de la voz propia que no iba a tardar en encontrar.
Dicho esto, ¿estamos ante un álbum predecible en la línea del folk rock de tintes psicodélicos que se hacía en la época? No exactamente. ¿Es tan bueno que se convierte en la mejor puerta de entrada al arte del cantautor? En absoluto. Tendrá algo bueno, seguro que sí. Sin embargo, mientras te empeñas en encontrarlo, estás perdiendo un tiempo demasiado valioso con el que explorar el resto de su discografía. Un tiempo que, créeme, vas a necesitar.
★★☆☆☆
A1 I Can't See You 2:40 A2 Wings 2:30 A3 Song of the Magician 3:05 A4 Strange Street Affair Under Blue 3:10 A5 Valentine Melody 3:40 A6 Aren't You the Girl 2:01 B1 Song Slowly Song 4:13 B2 It Happens Every Time 1:49 B3 Song for Jainie 2:43 B4 Grief in My Soul 2:03 B5 She Is 3:05 B6 Understand Your Man 3:06
MPB CONTEMPORÁNEA. La portada ya nos muestra la voluntad de hacer algo clásico y perdurable. Un eco que se repite en los arreglos minuciosos y flotantes que llenan una obra preñada de dulzura y elegancia en cada uno de sus detalles. Desde el mismo artwork hasta una secuenciación made in heaven, desde la voz atemporal y hermosísima de Bernardes hasta los toques sutiles de funk, jazz y bossa nova que no enmascaran, sino que potencian este pop de autor totalmente arty y personal a la vez.
Quince viñetas de pura poesía existencial. Selfies emocionales con los que Bernardes trata de explicar su entorno más íntimo y su lugar en el orden de las cosas. Con una música que parece beber de mil cosas, eso, invisibles, pero cuyos ingredientes no podemos identificar con exactitud. Solo podemos decir que es algo delicado, frágil y casi volátil. Quince suspiros insuflados de la belleza más pura y más indescriptible.
Belleza sin mácula que se debe, por supuesto, a la inspiración sublime del paulista a la hora de componer e interpretar estas canciones, pero que también se engrandece por unos arreglos de fantasía y por una producción que da con un sonido en el que te puedes sumergir de manera casi física. Cosas invisibles, otra vez, que hacen que el álbum pueda impactarte como una experiencia emocional subyugante o que también se pueda disfrutar como música de fondo mientras haces otras cosas.
Algo, esto último, que no es un defecto y que hace de este trabajo parada obligada para casi todo el mundo. Melómanos empedernidos, turistas musicales, fiesteros irredentos (con ganas de relajarse) y hasta los más aferrados de cualquier género ajeno a esto deberían darle una oportunidad al segundo trabajo de Bernardes. Porque les va a gustar a poco que se bajen las revoluciones de sus ajetreadas vidas y escuchen de manera limpia y atenta, pero sobre todo porque se van a dar cuenta de que sigue habiendo esperanza para la música que se hace en nuestros días, para los que creemos que los artistas comprometidos nunca se extinguirán y, en definitiva, para toda la humanidad. Sí, esta música nos deja claro que sigue habiendo mil cosas invisibles en las que creer.
★★★★☆
1 Nascer, viver, morrer 1:53 2 Fases 4:18 3 BB (Garupa de moto amarela) 2:46 4 Realmente lindo 3:25 5 Meus 26 5:00 6 Falta 3:03 7 Velha amiga 4:07 8 Olha 4:19 9 Esse ar 3:02 10 Última vez 5:22 11 Mistificar 3:07 12 A balada de Tim Bernardes 6:06 13 Beleza eterna 5:29 14 Leve 3:51 15 Mesmo se você não vê 2:21
Título: Concierto para piano nº 3 en do menor, Op.37
Título original: Concerto pour le Pianoforte avec accompagnement d’Orchestre en ut mineur, Op. 37
Autor:Ludwig Van Beethoven
Año de composición: 1800-02
Género: Concierto para piano y orquesta
Grabaciones de referencia:
Piano Concerto No. 3 in C minor, Op. 37 (Daniel Barenboim / Berliner Staatskapelle, 2007) [VIDEO]
Concerto for Piano and Orchestra No. 3 / Symphony No. 5 (Berliner Philharmoniker / Herbert von Karajan / Glenn Gould, 2008)★★★☆☆
He aquí una de las obras clave para entender a un Beethoven todavía joven que ya aspiraba a las cotas más altas de prestigio y consolidación entre el público. Un pianista conocido por su estilo enérgico y apasionado en la Viena de la época. También por su incalculable capacidad improvisatoria. Sin embargo, todavía estaba lejos de su época heroica de madurez. Detalles todos que podemos apreciar en sus conciertos para piano, todos intensos y apasionados, si bien hoy nos vamos a centrar en el tercero.
Este concierto para piano y orquesta lo empezó a pergeñar Beethoven, según la mayoría de estudiosos, a finales del siglo XVIII, revisándolo en diferentes fases hasta 1802, según las fuentes autorizadas. Se trata de un concierto con un primer movimiento claramente deudor de su admirado Mozart, concretamente de su Concierto para piano mº 24 (1786), también en do menor. Aquí Beethoven, más que imitar de manera inerte, digiere y expande la obra del austriaco para usarla como punto de partida en un viaje que se torna una experiencia absolutamente dramática y expansiva.
Él mismo estrenó esta obra en 1803, dirigiéndola e interpretando las partes al piano, en un ejercicio de control total que dice mucho sobre su apabullante personalidad. Como ejemplo de su carácter impulsivo e irreductible, mencionaré las palabras de su amigo, Ignaz von Seyfried, el cual se encargaba de pasarle las hojas de las partituras en sus conciertos: "No vi nada salvo páginas en blanco; como mucho, en alguna que otra página, unos cuantos jeroglíficos egipcios totalmente ininteligibles para mí aparecían garabateados para servirles de pista: y es que tocaba todas las partes solistas de memoria, ya que, como solía ser el caso, no había tenido tiempo para escribirlas en papel."
Creo que con eso queda todo dicho, y a la vez se plantea la duda de si debemos criticar tanto enfoques como el de Glenn Gould, que seguía esa costumbre de tocar sin partitura al pie de la letra, o quizás deberíamos tomarlo como algo puramente beethoveniano. Porque precisamente una de las grabaciones que he usado como referencia para esta obra es la que hizo el pianista canadiense bajo la dirección de Herbert von Karajan. Dirección por decir algo, porque más bien parece un enfrentamiento en el que el austriaco no se pliega al estilo de Gould y se limita a dirigir la orquesta en un diálogo de besugos tan intenso y beligerante que acaba siendo una de las grabaciones más interesantes que se puedan escuchar de este concierto. La grabación se produjo en 1954 para ser rescatada en 2008. Toda una revelación, ya que entre toda la tensión y el enfrentamiento que ofrece el estilo pétreo y monolítico de Karajan contra los arabescos fragmentarios y excesivamente intrincados de Gould podemos encontrar revelaciones inéditas y totalmente inesperadas. Al menos en algunos momentos.
Aun así, una vez saciado nuestro interés por el morbo más heterodoxo, es obligatorio centrarse y sumergirse en la fantástica recreación que hizo Daniel Barenboim (dirección y piano) en el Klavier-Festival del Ruhr. Ahí dejamos de oír a Gould para empezar a oír a Beethoven. Y es que por la claridad en los planos sonoros, la naturalidad rítimica de Barenboim y la integración perfecta entre el piano y la orquesta podemos decir que estamos ante uno de los trabajos de referencia para este concierto para piano. Un trabajo pulcro, elegante y de una sensibilidad infinita para hacer justicia a una obra que puede que no esté entre las más grandes del canon beethoveniano, pero que es una gozada de principio a fin.