viernes, 18 de septiembre de 2026
jueves, 17 de septiembre de 2026
Hermanos bajo las alas de la alegría

Grabaciones de referencia:
- "Choral" Symphony (Orchestra and Chorus of the 1951 Bayreuth Festival (Wilhelm Furtwängler / Elisabeth Schwarzkopf / Elisabeth Höngen / Hans Hopf / Otto Edelmann, 1951 [1955]) ★★★★☆
- IX. Sinfonie; Egmont-Ouverture; Leonore III (Berliner Philharmoniker / Chor der St. Hedwigs-Kathedrale / Ferenc Fricsay, 1958 [1959]) ★★★★☆
- IX. Symphonie (Berliner Philharmoniker / Herbert von Karajan, 1962 [1963]) ★★★★★
- Symphonie No. 9 (Berliner Philharmoniker / Herbert von Karajan, 1983 [1984]) ★★★☆☆

He aquí la "Novena" de Beethoven, hito musical sin parangón para el que no hay palabras que puedan hacerle justicia. Una pieza que supone la culminación de muchas cosas: de la construcción sinfónica, de la genialidad de su autor y de los límites de la propia música. Dejémoslo claro y sin eufemismos: estamos ante una partitura que está entre los aspirantes más serios a obra musical más importante de todos los tiempos.
Comprendan, por tanto, que escribir sobre esta pieza imponga un respeto que raya en el terror más absoluto. Porque lo que aquí hizo Beethoven supera no solo a todo lo que escribiera hasta ese momento, sino a todo —o casi todo— lo que estaba por venir después de él. Puedo estar exagerando, pero créanme, si es así, apenas me he pasado unas micras. No hay más que dejarse llevar por el tapiz musical que entreteje el de Bonn aquí, por los pasajes fugados y contrapuntísticos sutiles y perfectamente hilvanados que nos cuela, sobre todo en los apabullantes primer y cuarto movimientos, por los desplazamientos y yuxtaposiciones impagables del tema principal —o de los temas principales, mejor.
En todo momento, la sinfonía da la sensación de trascendencia y de punto y aparte que seguro que perseguía el compositor, con cambios de naturaleza en cada movimiento y una culminación en el último, con la novedad de la introducción de la voz humana en forma de coros y voces solistas, toda una ruptura dentro de la tradición sinfónica en 1824. Así lo entendió el público enfervorecido que asistió a su estreno.
En el primer movimiento, Beethoven parece volver a ese "destino llamando a la puerta" de su quinta sinfonía con una música extraordinariamente tensa y violenta que parece surgir de la nada. En el segundo domina el contrapunto y una energía casi brutal que se desprende del vórtice que crea la repetición del famoso tema inicial. El tercero, por su parte, es un adagio lírico y contemplativo que nos ofrece un mundo totalmente diferente al resto de la sinfonía. Un oasis en medio de un océano turbulento que culmina en un último movimiento coral en el que nos lleva al éxtasis a la vez que cambia las reglas del juego para siempre. El colofón a una monumentalidad y unas dimensiones que serían el patrón para grandes sinfonistas futuros, Mahler y Bruckner a la cabeza.
¿Y cuál es la mejor forma de disfrutar de este hito? Comprenderán que elegir un puñado de grabaciones de las miles que puede haber es una labor titánica e inútil, ya que no creo que haya registro desechable de esta sinfonía. Esta vez, aunque me gusta acotar más, me he sumergido en cuatro grabaciones, todas impresionantes. Estas son: la que hizo Wilhelm Furtwängler en el Festival de Bayreuth (1951), la de Ferenc Fricsay al frente de la Filarmónica de Berlín (1958) y las de Herbert von Karajan con la misma filarmónica en 1962 y 1983 respectivamente.
Grabaciones elegantes, monumentales e inapelables. La de Furtwängler, realizada tras la reapertura del festival bávaro después de la guerra, tiene mucho de mística, con la sensación de que la partitura se está formando ante tus oídos en ese mismo momento. Es una pieza muy querida por su carácter espiritual y por su significación histórica. La de Fricsay es más controlada y transparente, y cuenta con unas voces de excepción encabezadas por el barítono Dietrich Fischer-Dieskau, un auténtico portento en el canto del siglo XX. En cuanto a las de Karajan, su claridad y equilibrio son inapelables en ambas interpretaciones, si bien la primera es más canónica y de referencia que una segunda que nos lo muestra casi iracundo, dirigiendo con corsé tras su reciente operación.
No se obsesionen demasiado. Esta obra es tan inspiradora que es difícil encontrar una interpretación ni tan siquiera regular de la misma. Pónganse la que quieran, si no lo han hecho aún, y déjense llevar durante la hora y pico que suele durar. Descubrirán lo que significa flotar en medio de la inmensidad.
♪♪♪
1. Allegro ma non troppo, un poco maestoso
2. Molto vivace - Presto
3. Adagio molto e cantabile - Andante moderato - Tempo primo - Andante moderato - Adagio - Lo stesso tempo
4. Presto
🔎 Es prácticamente imposible destacar un momento individual de esta sinfonía. Los cuatro movimientos son de un riqueza sin parangón. Personalmente, me gustan mucho los tres primeros por mi querencia por lo instrumental en la música clásica. Me encanta el contraste entre furia desatada de los dos primeros y lo elegíaco y contemplativo del tercero.
Sin embargo, aquí hay que admitir que el último movimiento es el corazón palpitante de la "Novena". Ya había habido intentos de combinar la música coral con lo instrumental, como en la ópera o en oratorios —como los de Bach o Händel—, pero nunca ningún compositor de renombre se había atrevido a incluir la voz humana en una sinfonía.
Un movimiento que Beethoven había ido madurando durante varias décadas hasta plasmarlo en el pentagrama de esta forma tan definitiva. Porque en esta sinfonía todos los movimientos parecen desarrollarse y crecer con el propósito de desembocar en este milagro polifónico que parece otra sinfonía dentro de la sinfonía. Por entidad, por impacto y por cerrar de manera inigualable una obra y casi toda una vida dedicada a la música. Esta no fue la última composición de Beethoven, aunque espiritualmente se le puede considerar así. Al fin y al cabo fue la culminación, la cumbre de sus capacidades.
miércoles, 16 de septiembre de 2026
Los ecos del genocidio

FOLK METAL TRIBAL. Tercera referencia para esta superbanda liderada por Mike Patton (Faith No More, Fantômas, Mr. Bungle) y Duane Denison (The Jesus Lizard), y completada por John Stanier (Helmet). El bajista habitual hasta entonces, Kevin Rutmanis (Cows, Melvins), dejó la banda en plena grabación, ocupándose Denison y Patton de sus partes a las cuatro cuerdas.
Denison fue el que realizó la labor de campo a la hora de seleccionar los temas tradicionales de los nativos norteamericanos sobre los que iban a trabajar. Canciones que el guitarrista escuchó de primera mano en las mismas reservas donde vivían los descendientes de las grandes tribus de antaño. Una motivación que le vino después de escuchar a bandas de rock formadas por indios y darse cuenta de lo convencionales y paniaguadas que sonaban, sin rastro, por supuesto, de sus crudas y polvorientas raíces ancestrales.
Así, este disco, en cierta forma reivindicativo, viene a saldar una deuda para con una música misteriosa, ceremonial y muy profunda. Unos ritmos en los que manda la repetición y unos patrones poco explotados en la tradición, digamos, occidental. Con la habitual desfiguración de contornos que supone que el entonces trío se las lleve a su terreno, pero con una fidelidad hacia las estructuras y líneas melódicas originales muy patente. Un triunfo matizable, que brilla en el misterio y la oscuridad más que en la rabia y el desboque.
Y es que el disco no es de digestión inmediata. Lo telúrico, lo sanguíneo del asunto está casi siempre supeditado a la barbarie de Tomahawk. Algo que nunca va a ser para todos los públicos y que, en este caso, más que potenciar los ingredientes, hace que a veces sea difícil distinguirlos en nuestro paladar.
★★☆☆☆
1 War Song 3:24
2 Mescal Rite 1 2:53
3 Ghost Dance 3:44
4 Red Fox 3:04
5 Cradle Song 4:10
6 Antelope Ceremony 3:59
7 Song of Victory 1:13
8 Omaha Dance 3:57
9 Sun Dance 3:02
10 Mescal Rite 2 5:51
11 Totem 3:04
12 Crow Dance 3:45
13 Long, Long Weary Day 1:23
Total: 43:29
Pisando a fondo

ROCK ALTERNATIVO/NOISE. ¿Qué te puedes esperar de una superbanda en la que tocan miembros de Fantômas, Faith No More, Mr. Bungle, The Jesus Lizard, Helmet, Cows y Melvins? Efectivamente: tensión, riffs enfermizos, patrones rítmicos atípicos y el uso de la voz como un instrumento (de tortura) más. Cosas, todas, que podemos encontrar sin medida en el segundo disco de Tomahawk.
Un álbum que grabaron durante la ingrata gira en la que ejercieron de banda de apoyo de Tool. En ella, la recepción del público fue bastante tibia, lo que no presagiaba esta llamarada de rock ecléctico y variado. Ingredientes que han acabado conformando un álbum bastante más enfocado y hecho que su debut. Sin que eso quiera decir que estemos ante obra maestra alguna.
Tampoco le hace falta aspirar a tales laureles. Lo más destacable del disco ya es lo suficientemente disfrutable como para que aguante las escuchas que le eches. La guitarra de Denison es imaginativa y poderosa como podíamos esperar; la voz de Patton, aunque pendenciera y salvaje, está más en su sitio de lo que podíamos suponer si atendemos a su historial; y en cuanto a la base rítmica, es una auténtica hormigonera funcionando a tumba abierta y sin síntomas de fatiga o falta de rendimiento.
También es cierto que el viaje tiene sus peajes. Habría que señalar unos intentos por salirse del rock más directo que no acaban de encontrar todo el sentido —algunos conatos de experimentación sí que llaman la atención— y un control de calidad que falla por momentos —lo de "Desastre Natural" ¿era necesario?. Cosas que hacen que el disco fluya, pero no para todos los públicos. En ciertos momentos percibo que incluso se arriman a lo progresivo —de ahí supongo las comparaciones con Zappa y Pink Floyd que ha recibido. También, oh sorpresa, a ambientes casi cinematográficos. Algo que seguro que le da prestigio, pero que lo encapsula en un sonido muy determinado que a algunos puede atraerles tanto como causarles repulsión.
¿El mejor álbum de Tomahawk? Seguro que sí. Lo que tengo claro es que este es un buen disco, y eso ya es suficiente para mí.
★★★☆☆
1 Birdsong 5:14
2 Rape This Day 3:16
3 You Can't Win 4:53
4 Mayday 3:36
5 Rotgut 2:55
6 Capt Midnight 3:14
7 Desastre Natural 3:02 🕱
8 When the Stars Begin to Fall 2:58
9 Harelip 3:34
10 Harlem Clowns 3:44
11 Aktion 13F14 4:58
Total: 41:24
martes, 15 de septiembre de 2026
Más malo que un dolor

Bad As Me (Tom Waits, 2011)
CANCIÓN DISLOCADA. "Más malo que un dolor", así titulo esto, pero no se crean que me refiero al contenido del álbum. Más bien trato de alabar, sin mucho éxito, la actitud de un Waits que trata de mezclarse entre la multitud como el ser humano que a veces olvidamos que es. "Soy como tú y tú eres tan malo como yo", nos dice. Porque, seamos claros, quien más y quien menos, todos somos más malos que un dolor.
Sin embargo, algo falla en este planteamiento. No creo que Tom sea exactamente como nosotros, o mejor dicho, no creo que seamos igual de malos que él. De ser así, cualquiera podría escribir este disco, una maravilla en la que utiliza los ingredientes de siempre para darnos un viaje por cada esquina de su mundo. Y encima lo hace sonar de manera diferente a todo lo que ha hecho antes. Con la madera desvencijada de siempre, con el metal oxidado de costumbre y con una voz que nunca ha sonado más rasposa —ni más expresiva—. Con el blues, el jazz, el folk destrozado, el cabaret y el circo, pero de otra forma. Con un dominio absoluto de su dicción y sus requiebros. Algo que solo puede venir de la madurez mejor entendida.
De verdad que no quiero sonar exagerado, pero, por mucho que confiáramos en el de Pomona, no creo que hubiera muchos por ahí que se esperaran tal despliegue en el que, de momento, es su álbum de despedida. Vuelven los sospechosos habituales a la escena del crimen: Marc Ribot, Keith Richards, Flea, Les Claypool, David Hidalgo, Larry Taylor... Y vuelve a meter mano una Kathleen Brennan que seguro que merece un 50% —si no más— en el crédito que se ha venido agenciando nuestro cantautor dislocado desde, digamos, Franks Wild Years (1987).
Todo está aparentemente en su sitio. No hay giros bruscos ni reinvenciones en esta obra. No obstante, debo decir que suena con una viveza, con una fluidez y con un brillo compositivo que me obliga a ponerla por encima de discos que considero totémicos en su canon. No sé si supera a Bone Machine (1992), pero si no lo hace ahora, puede que el tiempo le acabe dando el empujón, y si no, siempre va a estar ahí rondando. Ahora mismo estoy demasiado ebrio de estas tonadas, demasiado mareado como para poder pensar con claridad. Síntoma inequívoco de que estoy delante de una de esas obras gordas y perdurables. Sé que puedo estar exagerando, pero es lo que siento mientras termino esta reseña a la vez que Tom despide el año llevándose el "Auld Lang Syne" a la frontera mexicana. No creo que se pueda ser más oportuno, más ingenioso ni más absolutamente arrebatador.
Llámenme loco, pero no estoy seguro de querer que este disco tenga una continuación. Ahora mismo pienso que sería mejor dejarlo aquí. En las mismas nubes.
★★★★☆
1 Chicago 2:15
2 Raised Right Men 3:24
3 Talking at the Same Time 4:14
4 Get Lost 2:42
5 Face to the Highway 3:43
6 Pay Me 3:14
7 Back in the Crowd 2:49
8 Bad As Me 3:10
9 Kiss Me 3:41
10 Satisfied 4:05
11 Last Leaf 2:56
12 Hell Broke Luce 3:57 🕱
13 New Year's Eve 4:32 ❤
Total: 44:42
domingo, 13 de septiembre de 2026
Materia troncal

MPB. Lo que más me ha gustado siempre de Tom Zé es su facilidad para manosear la tradición de su país, vía Tropicália, hasta hacerla algo totalmente personal. Tanto que parece que está inventando algo en cada canción, cuando no es así en absoluto. Eso era lo más destacable de Todos os olhos (1973), su álbum anterior, y aquí lo depura en el sentido de que se deja de exageraciones para seguir colándonos su experimentación mientras la diluye por completo en el torrente de la convención.
Cuando se experimenta, se pueden tomar varios puntos de vista. Se puede atacar desde la radicalidad más absoluta, ya sea esta sonora, lírica o estructural, o se puede jugar a descolocar al oyente con las melodías más claras vestidas de alguna disonancia, algún motivo confrontacional o alguna digresión que llame la atención del oyente sin aterrorizarlo.
En mi opinión, veo claro que Tom Zé siempre ha preferido lo segundo. Una visión que va perfectamente con mis gustos y que, si bien aplicó de manera deliciosa y más patente en el álbum anterior, aquí florece de manera más sutil. Tanto es así que habrá quien diga que este trabajo no tiene nada de experimental, que es música popular brasileña en estado puro. Craso error. Zé juega con el ritmo, los arreglos y la estructura de las canciones. Y sin embargo, tienen razón todos los que llamen a esto MPB sin otros adjetivos.
Creo que ese es el secreto de las bondades de este disco. Esa integración perfecta, esa voluntad del artista por no quedarse por encima de una canción que no requiere de meneos ni estrangulamientos. Ese saber quedarse en el punto justo, tan inteligente y tan difícil de conseguir. Cualidades que todo el mundo identifica con los grandes álbumes. Otra cosa es que el artista esté siempre dispuesto a desnudarse como lo hace aquí el de Bahía. Eso ya no está al alcance de cualquiera.
★★★★☆
A1 Mã 3:56
A2 A felicidade 3:18
A3 Toc 2:59
A4 Tô 2:50
A5 Vai (Menina amanhã de manhã) 2:19
A6 Ui! (Você inventa) 3:02
B1 Dói 3:33
B2 Mãe (Mãe solteira) 3:43 ❤
B3 Hein? 3:42
B4 Só (Solidão) 4:27
B5 Se 2:30
B6 Índice 1:26 feat. Andrea Osório
Total: 37:45
Y ahora, si no conocéis Todos os olhos (1973), puede que os preguntéis ¿cuál es mejor? Una pregunta muy difícil de contestar. Por mi parte, no podría eliminar ninguno de los dos de mi vida. Ambos me han infectado para siempre. Los dos ofrecen música delicada y evocadora en grado sumo. El primero tiene un corazón experimental más duro y juega con las disonancias y lo desviado de manera más evidente. Este segundo, en cambio, parece plegarse a la tradición sin luchar.Pero al final, ni uno es tan arisco como parece ni el otro es tan obediente y manso como lo pintan. Encuentro más puntos en común que diferencias entre los dos. La similitud más importante estaría en su enorme talla artística.
Y si me presionan muchísimo, acabaría quedándome con la capacidad invasiva de Estudando o samba. No solo es más inmediato, es casi adictivo. Siempre apetece darle al play cuando termina. Algo que, a estas alturas de mi vida, me parece impagable. Lo que no quita que sea incapaz de desechar al otro. Eso sería como hacerte elegir entre uno de tus dos brazos. Simplemente no se puede.
sábado, 12 de septiembre de 2026
Eight miles high

Physical Graffiti (Led Zeppelin, 1975)
EL MARTILLO DE LOS DIOSES. Led Zeppelin volaban más alto que nunca a mitad de los 70. Sin nada que demostrar y con el mundo a sus pies, decidieron que era la hora de entregar ese álbum doble en el que cae todo gran artista cuando está tan pagado de sí mismo y tan resabiado que no sabe ya qué hacer para impresionar. Para ello se encerraron en el estudio con nuevas ideas sobre viejos conceptos y con un puñado de descartes de discos anteriores que podrían haber desestabilizado el proyecto desde los mismos cimientos de la coherencia y la solidez.
Finalmente no fue así. Aunque alguno de estos temas venían de ideas con las que tonteaban desde las sesiones de Led Zeppelin III en 1970, gracias a su magia negra, consiguieron que empastaran de maravilla con "novedades" de la potencia de "Custard Pie" o "In My Time of Dying", saqueos reincidentes a Bukka White y Bob Dylan (o a la tradición) respectivamente. Dos cargas de profundidad que están entre lo más destacable de un álbum que muestra el nivel de seguridad en el que se encontraba el combo. Canciones que no dejan lugar a la duda, con un Bonham más poderoso que nunca y un Plant mucho menos chillón, más serio y menos irritante. Todo esto se redondeó con la labor de Page a los mandos y con los arreglos de cuerda de un Jones, que en "Kashmir" ya estaban anunciando el dinerito y el mucho prestigio que iba a ganar como productor de renombre en unos años. Unos ingredientes que se traducen en el disco más poderoso, sónicamente hablando, de Led Zeppelin. Hasta el punto de que, al volumen adecuado, su pegada puede dejar sin capacidad de reacción.
Y eso que no es todo técnica en el álbum. Eso por sí solo no valdría gran cosa. En Physical Graffiti hay tiempo para todo. En su cerca de hora y media te vas a hartar, a desgañitar, vas a pedir la hora y también vas a disfrutar con una evolución que tiene aquí su cima. Está clarísimo desde la primera escucha. La forma en la que todo suena sin prisas, dándole a cada canción su tiempo para desarrollarse; la manera en la que juegan con la repetición hasta colarnos melopeas monótonas sin paliativos como los mantras más hipnóticos del mundo ("Custard Pie", "Kashmir"); la combinación tan deliciosa y sutil entre el blues rock de toda la vida y los aires orientales que les obsesionaban ("Kashmir", "In the Light"); la madurez, en definitiva, que les habilita para entregar melodías reposadas e inmortales como en "Ten Years Gone" o "Down by the Seaside". Una forma de hacer las cosas que solo es posible si tienes carta blanca por parte de la discográfica y de la afición. Algo que te pasa una vez en la vida, si es que te pasa.
También es cierto, que quede claro, que bajan el nivel en la última cara de manera notable. Hasta el punto de hacer temblar ese aire de obra completa, sólida y de una pieza que habían logrado alcanzar hasta ese momento. Ahí el disco hace aguas, aunque tampoco es un fragmento tan desechable como dicen algunos por ahí. Sigue habiendo temazos, por mucho que la falta de coherencia y de nexos de unión entre ellos hable más de relleno para llegar a la duración deseada que otra cosa.
Con todo, Physical Graffiti es un obrón espectacular que no hace más que revalorizarse con los años. Una cumbre desde la que solo se podía descender, como así sería. En muchos aspectos su obra más rotunda y brutal. Su disco más complejo, el que mejor suena y el que más convence a los descreídos. No voy a decir que sea mi favorito ni el mejor, ahí tengo que quedarme con el cuarto, pero este sexto trabajo tiene una potencia y una personalidad imposible de igualar. Por eso siempre será el más apasionante.
★★★★☆

