Live in Jazz in Marciac (John Zorn, 2010) [BOOTLEG]
PSYCH-JAZZ. John Zorn se lleva a una de sus infinitas encarnaciones, The Dreamers, al festival de jazz de Marciac, Francia, y el 11 de agosto de 2010 lía la mundial con un conjunto pensado para fabricar las atmósferas más densas y sólidas a base de vapores etéreos de un multicromatismo devastador. Para ello se beneficia de los poderes ilimitados de Jamie Saft a los teclados, Kenny Wollesen al vibráfono y percusiones cromáticas, Trevor Dunn al bajo, Cyro Baptista a la percusión, Joey Baron a la batería y Marc Ribot a la guitarra.
Esa es la formación de ensueño que va desgranando los tres primeros temas como quien no quiere la cosa. Con aparente desgana, pero con un nivel de concentración y de gusto inalcanzables, nos sumergen en un mundo del que no vamos a querer salir. Al menos hasta que Zorn deja de dirigir a sus compañeros con sus gestos y muecas para agarrar el saxo alto y despertarnos del sueño a base de solos trepanadores de una violencia que solo habíamos escuchado en los momentos más salvajes de John Coltrane o de algún que otro maestro del free jazz.
Así está el nivel en una muestra más, tampoco creo que la mejor, de las habilidades del neoyorquino y sus compinches, aunque para mí es uno de los puntos más altos en los que he visto a Zorn y los suyos, sean estos los que sean. Será por la querencia que siento por la guitarra inenarrable de Ribot o será por la psicodelia lisérgica que esparcen por la sala, pero lo cierto es que se me hace imposible dejar de prestar atención a unos músicos que son capaces de conjurar paisajes inéditos y espantosamente maravillosos con una gracia que no solemos ver muy a menudo. Tampoco voy a negar que cuando Zorn entra en acción la temperatura aumenta varios grados, cosa que parecía imposible a priori y que da fe del nivel musical de uno de los genios más infravalorados del jazz y las músicas de vanguardia.
No tengo más palabras para describir esto. Simplemente escúchenlo, o véanlo, hay filmación al respecto. Ambas experiencias van a ser un revolcón a más de un concepto preestablecido de esos que nos parecían inamovibles.
JAZZ/THRASH/VANGUARDIA. Si te pones esto a pelo, tu primera reacción va a ser: pero, ¡¿esto qué es?! Luego puedes informarte, leer la historia del Heliogábalo al que Zorn le dedica el álbum, pero va a dar igual, vas a volver a decir lo mismo. Y es que la tercera referencia de esa aberración que el saxofonista bautizó como Moonchild Trio va a hacer que te pienses muy mucho la próxima vez que quieras ponerle el adjetivo "brutal" a lo que sea.
Mike Patton a la voz, Trevor Dunn al bajo y Joey Baron a la batería forman el núcleo duro sobre el que, esta vez, se suman múltiples colaboraciones para añadir órgano, electrónica y voces, además del saxo del propio Zorn, claro. Algo bastante minimalista para contar la historia, o más bien sugerir algo, acerca de la figura de Heliogábalo, nombre que se dio a posteriori a Marco Aurelio Antonino, emperador romano adolescente que en un reinado de apenas cuatro años vivió sobrepasado por su leyenda de escándalos, excesos y la más pura y abyecta decadencia, y casi se podría decir que malignidad.
Un reinado dominado por las bacanales, los excesos y la violencia sin justificación en el que destacan momentos tan inenarrables como aquel en el que, en medio de una de sus interminables celebraciones, sus invitados empezaron a ver cómo caían pétalos de rosas del techo para acabar enterrándolos asfixiados ante la atenta y retorcida mirada de su anfitrión. De ahí el detalle de la portada del disco. Solo un ejemplo de la perversión de un personaje que no hundió al imperio porque solo reinó durante cuatro años.
Y hechas la presentaciones, ¿tiene algo que ver toda esta historia con lo que suena aquí? Pues sorprendentemente sí. Sin apenas palabras, basándolo todo en el ruido deforme, el grito ensartado en mil púas, los susurros más tenebrosos y las atmósferas más turbias, todo esto parece cobrar vida ante nuestros ojos. Una vida que el trío base, Patton a la cabeza, se encarga de cercenar apenas empieza a florecer. Lo mismito que un Heliogábalo que, no hay que ser muy listo para darse cuenta, hubiera disfrutado de esto como el que más. Con su sonrisa maliciosa y sus aires de niño malcriado. Como el que sabe, antes de que se lo digan, que esto lo han escrito para él.
Lo dicho, no creo que haya muchas obras por ahí que puedan alcanzar estos niveles de brutalidad y de maldad reconcentrada. Absténganse los corazones sensibles y ni se acerquen los amantes de los musicales. Esto es demasiado serio y demasiado pétreo. Bueno, en realidad es demasiado, así a secas, para prácticamente todo el mundo.
★★★★☆
1
Litany I
7:52
2
Litany II
7:01
3
Litany III
10:33
4
Litany IV
8:10
5
Litany V
4:27
6
Litany VI
6:16
Total: 44:19
Sexto Vario Avito Basiano fue desde pequeño sacerdote del dios El-Gabal, el dios Sol, en su Siria natal. Llegó a ser incluso sumo sacerdote de esa deidad antes de llegar al trono de Roma y coronarse emperador a los catorce años tomando el nombre de Marco Aurelio Antonino Augusto.
Su reinado solo duró cuatro años y estuvo marcado por la polémica constante empezando por la importación del culto a su dios en detrimento del Júpiter, cabeza hasta ese momento del panteón romano. Se casó cinco veces y su sexualidad era lo que hoy llamaríamos abierta, teniendo innumerables amantes de su mismo sexo.
Todos estos escándalos de índole religiosa y sexual fueron sazonados con una tanda de asesinatos y una represión brutal contra todo aquel que osaba disentir de sus métodos e ideas. El nombre de Heliogábalo solo se le dio mucho después de su muerte a manos de la guardia pretoriana, la cual se acabó rebelando contra él.
A raíz de su muerte se empezó a fraguar toda una campaña de desprestigio hacia su figura en la que se mezclaba la realidad con la ficción. Una de las numerosas historias que se empezaron a extender fue la de las montañas de pétalos de rosa y violeta con la que asfixió a los invitados a uno de sus banquetes.
CULTURA RADICAL JUDÍA. Aquí nos encontramos a Masada impartiendo justicia. Dejando claro que lo suyo es de una categoría de la que no es posible dudar. En este conciertazo despliegan sus poderes como las alas interminables de un albatros. Un ave negra y gigantesca que me sirve para describir el poder acongojante de unos músicos que hacen lo que les da la real gana con sus instrumentos. Un cuarteto formado por batería, bajo, trompeta y saxo en el que lo de menos es de dónde se parte. Lo que importa es a dónde se pretende llegar.
Porque partir, parten de la tradición, de los sonidos ancestrales de un pueblo hebreo al que Zorn pone en valor para reconciliarse con sus raíces. Lo que pasa es que toda esta tradición les acaba quemando en las manos muy pronto, demasiado como para que nos demos cuenta siquiera. Al final, entre las capas de klezmer desaforado, nos vemos envueltos por una tormenta de hard bop y libertinaje que nos lleva a los momentos más ardientes de John Coltrane. Será por la afición a las músicas orientales de este último, pero lo cierto es que su fantasma se nos aparece durante todo el trayecto.
Un fantasma que parece bendecir con su presencia un concierto epidérmico, telúrico, visceral y pulsante como el animal más rabioso. Una música que no parece dejar de bullir y crecer, placentera en la calma y lo convencional, pero inmisericorde en los momentos más indómitos. Una conjunción tan perfecta que solo podemos solazarnos con un equilibrio tan inestable como inmaculado entre lo que podemos estar más o menos hartos de oír y la vanguardia más beligerante.
El ejemplo más perfecto quizás de lo que es el mundo que ha creado John Zorn a su alrededor. Una atmósfera inmejorable para la improvisación a través de la cual consigue que sus músicos se encuentren lo más a gusto posible. Porque, no hay más que verlo, cuando no toca en la banda (que no es el caso aquí) y se limita a dirigir a sus compañeros es cuando podemos apreciar lo en serio que se toma todo esto. Lo que disfruta. Solo que él no dirige, sino que más bien acompaña, empatiza y se sube al barco maravilloso que consiguen armar con su música. Un meritazo del equipo, sí, pero en grandísima medida, también del capitán.
The Circle Maker (Masada String Trio / Bar Kokhba Sextet, 1998)
CULTURA RADICAL JUDÍA. En un par de nuevas encarnaciones de su Masada, John Zorn dirige a dos bandas, una por CD, para escribir una nueva página de oro dentro de una serie de grabaciones que ya a estas alturas se percibía histórica.
Para el primer volumen entrega sus composiciones a un trío de cuerdas, Masada String Trio, el cual, con una maestría fuera de este mundo, las hace florecer y casi diría que erupcionar ante nuestros oídos. Dieciocho piezas de un klezmer diamantino y satinado, endemoniado si quieren, que no le hace ascos a la experimentación ni a los gruñidos de otro mundo que los músicos consiguen sacar de sus instrumentos. Una música que se presenta tradicional, así con todas las letras, para reventar de psicosis cuando menos te lo esperas.
El segundo CD es más convencional. No menos emocionante, eso también, pero sí más previsible. Sin dejar de ahondar para ver hasta dónde llegan sus raíces hebreas, Zorn amplía el trio del primer volumen hasta un sexteto al que bautiza como Bar Kokhba Sextet. Para ello se agencia la colaboración de Marc Ribot (guitarra), Cyro Baptista (percusión) y Joey Baron (batería). Un trío que unido al chelo de Erik Friedlander, al violín de Mark Feldman y al contrabajo de Greg Cohen consigue sacar chispas de las partituras más bellas, melódicas y conmovedoras de un Zorn en estado de gracia.
Por la profundidad de su alcance y lo amplísimo de su abrazo, creo que estamos ante la obra más definitiva de eso que a Zorn se le ocurrió llamar Masada. De entre sus tropecientas encarnaciones y sus miles de álbumes este es uno de los más destacados. O debe serlo por cómo suena, por lo que cuenta y por el aura que le rodea. Ahora bien, pueden no creerme y bucear en un catálogo interminable para comprobarlo. La experiencia va a ser gratificante con total seguridad.
VERSIONES DE PESADILLA. John Zorn no deja dudas sobre su amor por Ennio Morricone y, como si tuviera alguna deuda de por vida con el italiano, lo coloca ahí gigantesco tras él en la portada. Como un moái inmenso o un tótem inalcanzable al que adorar. Luego coge su música y parece que hace lo que quiere con ella, pero si nos paramos a escuchar, nos daremos cuenta de que ha tenido un cuidado extremo a la hora de mantener vivo el espíritu y el sentido de estas composiciones.
Algo que a primera vista parece no ser así, pero que, por mucho que esto no esté pensado para introducirte en la obra del compositor italiano, lo acaba siendo. Por compartir ese espíritu libre casi a toda costa que ha hecho únicos a los dos músicos. Por conjurar igual de bien ambos el polvo del desierto, el amor y la venganza. Por todo esto podemos reconocernos en esta música. Porque aunque parece que Zorn se empeña en destrozarnos nuestros recuerdos más preciados, las películas que retrata son tan poderosas que se acaban imponiendo. Sí, por ese espíritu mantecoso que acaba untándolo todo hasta unir lo que parecía imposible.
Y lo mejor de todo es que estoy seguro de que todo esto ya lo sabía el neoyorquino antes de grabar esta música. Fijo. Entonces, estamos ante una obra que es pura diversión y desenfreno, ¿no? Bueno, tampoco hay que pasarse. Eso mejor se lo dejamos a los Ramones.
★★★☆☆
1
The Big Gundown
7:26
2
Peur sur la ville
4:16
3
Poverty (Once Upon a Time in America)
3:49
4
Milano Odea
3:03
5
Erotico (The Burglars)
4:27
6
Battle of Algiers
3:50
7
Giù la testa (Duck, You Sucker!)
6:06
8
Metamorfosi (La classe operaia va in Paradiso)
4:36
CULTURA RADICAL JUDÍA. En medio de esa vorágine musicófaga en la que siempre se ha movido John Zorn, se inventa un nuevo proyecto con el que ahondar en sus raíces hebreas a través del jazz que siempre va a vertebrar todos sus proyectos. Esta vez se inventa una banda itinerante y mutante en la que constantemente entran y salen colaboradores para dar forma a las composiciones que el neoyorquino dedica a esa Cultura Judía Radical que utilizó como influencia para escribirlas. Un movimiento que encontró cobijo en el sello de Zorn, Tzadik, el cual crearía meses después de la publicación de este álbum.
Podríamos esperar que de esta exploración de la tradición judía surgieran piezas más comedidas, más domesticadas y más, eso, tradicionales. Pues no. Aunque es cierto que hay un fuerte componente lírico y étnico en esta música, lo cierto es que el filo retador, el componente vanguardista, el ruidismo y el atropello siguen tan vigentes como siempre en la obra del saxofonista. Aun dejando espacio para la ensoñación, esta mezcla de klezmer, ambientes cinematográficos, hard bop y free jazz no deja de ser contundente y arisca en muchos momentos.
Una mezcla extremista que hace justicia a la ideología omnívora de su impulsor. Una mezcla que, una vez más, vuelve a ser exquisita, turgente, voluptuosa, rabiosa y decididamente fundamental para aquellos melómanos más inquietos.
Alef es, por tanto, otra maravillosa experiencia dentro del universo Zorn. Solo una advertencia para todo aquel que se adentre en ella: es una llave peligrosa también. Una llave a un universo casi infinito del que es muy difícil poder salir. Un universo que se abre en mil posibilidades, ya sean las diferentes encarnaciones de Masada con sus diferentes denominaciones, sus directos, esa serie llamada Book of Angels con varias decenas de referencias discográficas y que, sin ser de Masada, se deriva directamente de todo esto... En fin, tanta música (y toda espléndida) que no nos va a dar la vida para disfrutarla como merece. Bendito problema.
★★★★☆
1
Jair
4:53
2
Bith Aneth
6:24
3
Tzofeh
5:13
4
Ashnah
6:20
5
Tahah
5:40
6
Kanah
7:26
7
Delin
1:54
8
Janohah
9:40
9
Zebdi
2:45
10
Idalah-Abal
6:15
11
Zelah
3:48
Total: 60:18
Masada, de entre todos los proyectos y colaboraciones de Zorn, puede ser el mejor. O al menos puede aspirar a ello de manera objetiva. Si lo sopesamos con la mente fría, a pesar de la frescura y la virulencia de cosas como Naked City o los primeros discos a su nombre, la solidez y la barbaridad lírica y afilada que conjura esta formación inestable y mutante es inigualable.
Por cuestiones personales, siempre he relacionado a este artista con Steve Albini. Es porque les veo un cierto parecido físico, nada más, pero si comparamos sus carreras, hay puntos en común. Los dos empezaron con proyectos muy virulentos y radicales para ir asentándose con trabajos y grupos más sólidos y más, cómo decirlo, ¿vertebrados? Discos con un plus de sutileza sin dejar de perder el filo experimental ni la autenticidad. En el caso de Zorn esto vendría con Masada. En el de Albini, con Shellac. Disculpen el paralelismo, forzado y casi bobo, pero no dejo de ver una conexión ahí, la cual se me aparece siempre que pongo este álbum a girar.
JAZZCORE. Usando ese rompedor y abrasivo Spy vs. Spy (1989) como plantilla, John Zorn se alía con tres músicos de relumbrón de la Gran Manzana para pergeñar el que iba a ser uno de sus momentos cumbre. Bill Frisell (guitarra), Wayne Horvitz (teclados), Fred Frith (bajo) y Joey Baron (batería) acompañarían al saxo alto del líder e ideólogo del proyecto para convertirse en banda por derecho propio, pasando a ser conocidos por el título del álbum en la subsiguiente gira y grabaciones.
Un título que se ganaron a base de tocar como dios (o el demonio) unas partituras que son puro salvajismo, pero que no renuncian al detalle, al matiz ni a erizar el vello de nuestra nuca. Unas partituras que parecen unidas por el más glorioso azar y en las que se entremezclan, como barajadas por algún duende malicioso, piezas de Zorn con bandas sonoras de películas en una sucesión de géneros tan variopinta y ecléctica como salvaje.
Un nuevo paseo por el borde, por tanto, una nueva exploración de los límites por parte de un creador inquieto y avispado como ninguno. Zorn ya lo decía por aquel entonces: si mi música es tan virulenta y escueta, tan milimétrica y reconcentrada, es porque es lo que la gente pide escuchar. Esto no son palabras textuales, ni mucho menos, pero la idea que quiero expresar es que todo el presunto caos, y el paso de un estilo a otro sin pausa ni para el resuello, no atiende más que al signo de los tiempos que le han tocado vivir al neoyorquino. Que por suerte para nosotros, también nos pertenecen.
Eso es lo que cree a pies juntillas y eso es lo que nos suelta aquí sin filtro ni dosificador. Un auténtico festín que, si se diferencia en algo del álbum anterior con el que homenajeaba a Ornette Coleman, es en que hay algún momento que otro en el que echa el freno y nos obliga a mirar el paisaje que nos rodea. Momentos tan hermosos que parecen increíbles al lado de tanto derrape y tanto grito dislocado.
Naked City es el trabajo de un genio sin paliativos. Uno de esos que no va a grabar nunca nada ni siquiera regular, y que por suerte para nosotros necesita registrar cada uno de sus movimientos. La tarea de ahondar en el reguero de pólvora que Zorn va dejando en forma de discos es gloriosa y lastimosamente interminable. Empiecen por aquí.
★★★★☆
1
Batman
2:03
2
The Sicilian Clan
3:33 ✠
3
You Will Be Shot
1:31
4
Latin Quarter
4:11
5
A Shot in the Dark
3:13
6
Reanimator
1:43
7
Snagglepuss
2:20
8
I Want to Live
2:12
9
Lonely Woman
2:45
10
Igneous Ejaculation
0:23
11
Blood Duster
0:16
12
Hammerhead
0:11
13
Demon Sanctuary
0:41
14
Obeah Man
0:20
15
Ujaku
0:30
16
Fuck the Facts
0:14
17
Speedball
0:43
18
Chinatown
4:28
19
Punk China Doll
3:05
20
N.Y. Flat Top Box
0:45
21
Saigon Pickup
4:50
22
The James Bond Theme
3:06
23
Den of Sins
1:14
24
Contempt
2:53
25
Graveyard Shift
3:32
26
Inside Straight
4:17
Total: 54:59
Lo normal es que te impacte la portada. Esta y todas las que han adornado las diferentes referencias del combo. No puede ser de otra forma ante tal panoplia de asesinatos, mutilaciones y retratos del reverso negativo del alma humana.
Este concretamente cuenta para su portada con la foto Corpse and Revolver, tomada por Weegee en 1942. Se trata de un fotógrafo, cuyo nombre real era Arthur Fellig, que trabajaba como fotoperiodista y se dedicaba a seguir a los servicios de emergencias para documentar, en un serio y crudo blanco y negro, escenas de toda índole, ya fueran accidentes o asesinatos.
Una pieza de art brut que como todo su arte puede verse en los museos y que retrata a la perfección la música misteriosa, callejera y a veces brutal de estos cinco musicazos.
JAZZ/THRASHCORE. ¡Menuda barbaridad se marcó John Zorn con su disco número x8y$@! En una pirueta con precedentes, pero a mucha mayor escala, metió mil estilos en su batidora y los trituró hasta hacerlos pulpa. Que si free jazz, que si grindcore, thrash metal, hardcore... El de Nueva York utilizó como excusa homenajear a Ornette Coleman, una de sus más grandes influencias, para convertir las partituras ya de por sí salvajes del tejano en estas miniaturas hardcore que hacen que su música se lleve igual de bien con el jazz y con el punk más sanguinarios.
Toda esta acumulación de referencias, de percusiones en cascada, de barbaridades (uno de los agradecimientos en las notas interiores del álbum va para Mick Harris de Napalm Death) redunda en un disco tan impresionante y adictivo como insoportable. Una obra en la que no hay tregua, la velocidad es de puro descarrile, los berridos de saxo son de lo más psicótico y chirriante que servidor haya escuchado jamás, y la precisión que se gasta la banda causa auténtico pavor. Un trabajo en el que se homenajea también a Coleman en la forma de grabarla. Dos saxos improvisando a la vez, uno por cada canal, como en joyas del calibre de Free Jazz (Ornette Coleman, 1960) o Ascension (John Coltrane, 1965), dan buena cuenta de lo mucho que ha estudiado un John Zorn en estado de gracia.
Con Spy vs. Spy parece que Zorn nos está mostrando el camino para el jazz del nuevo milenio. A once años del cambio de siglo, el músico parece tener claro que la violencia y el estertor van a ser los nuevos dioses a adorar. Como escribió el propio Zorn en las notas interiores de este disco, "¡el jodido hardcore es el rey!". Una sentencia firme e inapelable que parece creerse a pies juntillas. Y nosotros, claro.
★★★★☆
A1
WRU
2:38
A2
Chronology
1:08
A3
Word for Bird
1:14
A4
Good Old Days
2:44
A5
The Disguise
1:18
A6
Enfant
2:37
A7
Rejoicing
1:38
A8
Blues Connotation
1:05
A9
C&D
3:05
A10
Chippie
1:08
A11
Peace Warriors
1:20
B1
Ecars
2:28
B2
Feet Music
4:45
B3
Broadway Blues
3:42
B4
Space Church
2:28
B5
Zig Zag
2:54
B6
Mob Job
4:24
Total: 40:36
“There’s very conservative backlash in jazz and they seem to have
forgotten the revolution that happened in the 60s with, people like
Albert Ayler, Ornette Coleman and Cecil Taylor. Jazz listeners now put
all that into the trashcan and get uptight about how you should be
playing on chord changes. I find that sad and don’t want anything to do
with it."
“I played Ornette’s music for 15 years, ever since I first picked up a
sax. He completely changed the way I thought about music and I worked
very hard on that record."