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jueves, 29 de julio de 2021

Los goznes del infierno

Pornography (The Cure, 1982)
 

ROCK GÓTICO. Caníbal, destructiva y violenta obra maestra que cierra la "trilogía siniestra" del grupo. La idea central, vivimos en una continua espera y la pornografía consiste en lo que hacemos durante esa espera: herir y hacernos daño. Y este disco te ataca desde la primera dentellada con "One Hundred Years" ("no importa si todos morimos"). Sin piedad te mece por abismos sin fondo ("A Short Term Effect", "Siamese Twins", "The Figurehead"), ríos de lava ("The Hanging Garden"), extraños y perversos vergeles ("Strange Day"), hasta las mismas puertas del infierno ("Cold", "Pornography").

El grupo se encontraba en un callejón sin salida que resultó ser definitivo para ayudar a moldear todo lo extremo que es este disco. Los problemas de Lol Tolhurst con la bebida empezaban a apartarlo de la toma de decisiones. El paso previo para el ostracismo que suele imponerse a todo aquel que pierde el favor del todopoderoso Robert Smith. A esto se le unía un agotamiento creativo que los empujaba a abrir nuevas sendas en su viaje abisal.

Una situación vital que se toca y se huele en la obra más radical de The Cure. Su disco más extraordinario, la ínsula perdida en el mapa de su discografía. Pornography es una barbarie de percusiones primitivas, guitarras fantasma y bajos brutales. Violencia sin filtrar. Una experiencia obligada.

A1 One Hundred Years 6:40
A2 A Short Term Effect 4:22
A3 The Hanging Garden 4:33
A4 Siamese Twins 5:29
B1 The Figurehead 6:15
B2 A Strange Day 5:04
B3 Cold 4:26
B4 Pornography 6:27
Total: 43:16

Es evidente en todo el álbum. El estado de depresión de Robert Smith rozaba lo terminal. Así se sentía entre 1981 y 1982, tras largos meses de giras interminables. La idea que rondaba en su cabeza era hacer un disco que fuera un "jódete" a la industria con el que dar por finiquitado el grupo. Y tener algo tan negativo como fuerza motriz... Bueno, aquí está el resultado.

Por suerte, Smith supo utilizar su arte para canalizar todo el pesimismo que amenazaba con llevarlo al abismo, aunque por el camino, entre una orgía de drogas y alcohol, hubo daños colaterales. Simon Gallup abandonaría el grupo temporalmente tras este disco. Y Lol Tolhurst, cada vez más metido en su alcoholismo, dejaría la batería para pasar a tocar el teclado por un tiempo todavía antes de la expulsión oficial.

No sé si esto por sí mismo explica por qué Pornography es tan brutal. Posiblemente no, pero sí que ayuda a que tiremos de empatía para hacernos a la idea del origen de todas las entrañas hirviendo y la sangre venenosa con la que lo fabricaron.

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El rito

Faith (The Cure, 1981)

 

POP SINIESTRO. El vértice más doloroso de la trilogía siniestra. Un imberbe Robert Smith trata de exponer una tesis sin conclusiones ni resultados sobre la fe, la condena y la redención. En una obra depresiva y evocadora que toma el testigo de Seventeen Seconds (1980) para tratar de llegar más hondo que su estreno en los terrenos de lo gótico.

Para ello redoblan la solemnidad, haciendo que lo lento suene aún más moroso y arrastrado, y lo atmosférico todavía más etéreo. Un ritual de bajos gordos, baterías hipnóticas, teclados fantasmales y guitarras espectrales. No es de extrañar que los compararan con The Doors o Pink Floyd, aunque a nuestros oídos poco o nada de eso haya aquí.

Aun así, el disco no recibió loas unánimes ni nada de eso. Ha sido el tiempo el que lo ha acabado colocando en su sitio como una de las obras clave de la música con querencia siniestra y alma pesimista. Puede que Robert pretendiera dialogar aquí con Nietzsche o Schopenhauer, pero pocos son los que pondrían las letras de esta obra a ese nivel. Sí que hay bastante de esa Trilogía de Gormenghast, las novelas que publicara Mervyn Peake entre 1946 y 1959 dentro del género fantástico, con numerosos toques góticos y surrealistas.

A veces, sin embargo, da igual que no se alcance el objetivo pretendido. Está claro que Smith, el jovenzuelo que escribió este álbum, era un muchacho leído y pretencioso a la vez, pero no podemos menospreciar el hecho de que, a diferencia de la mayoría, se hiciera preguntas, ya encontrara la respuesta a ellas o no. Por eso, aunque este disco pueda sonar ingenuo y adolescente, sigue hiriendo como el primer día. Porque a partir de sus lamentos y sus suspiros podemos volver a reivindicar la necesidad del ateísmo. No es poca cosa en estos tiempos de mojigatería y pensamiento único.

★★★★☆

A1 The Holy Hour 4:25
A2 Primary 3:34
A3 Other Voices 4:27
A4 All Cats Are Grey 5:26
B1 The Funeral Party 4:13
B2 Doubt 3:11
B3 The Drowning Man 4:48
B4 Faith 6:40
Total: 36:44

 

No siempre pasa, pero a veces una gran obra rubrica su estatus por la conjunción de música y envoltorio gráfico. Aquí, Porl Thompson, que había sido miembro del grupo y volvería a serlo en el futuro, envuelve al vinilo en una foto velada de la Abadía de Bolton en la niebla. Todo un acierto que entronca con esa infancia perdida de la que también habla Robert Smith en el disco. No en vano, dicha abadía era un lugar frecuentado por él de pequeño.


El toque final, el golpe de efecto para una obra de cariz existencialista, con Kierkegaard en el punto de mira de un joven Smith férreamente educado en un catolicismo que en ese tiempo veía escapársele por entre los dedos. Grandes temas, por tanto, los que se tratan aquí. Algo que de por sí no es garantía de éxito, pero que unas pocas veces en la vida convierte tus apuntes en algo que merece la pena.

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miércoles, 28 de julio de 2021

La bruma

  Seventeen Seconds (The Cure, 1980)


POP SINIESTRO. Reflexiones sobre étereos estados de ánimo, un bajo omnipresente y la guitarra nerviosa y precisa de Robert Smith. Todo esto nos encontramos en el extremo brumoso de la "trilogía siniestra", el principio de una de las etapas más jugosas para el grupo que iba a convertir el negro en tendencia entre las multitudes de jovenzuelos inadaptados en busca de sí mismos.

Lo que más me gusta del disco es ese minimalismo ambiental que lo cubre todo. Y cómo han conseguido esto con tan poco. La batería de Lol Tolhurst sabe sonar metronómica, implacable y casi electrónica, pero lo que sin duda hace que todo cambie, aparte de la guitarra taquicárdica de Robert Smith, es el ingreso en el grupo de un Simon Gallup al bajo que lo iba a cambiar todo a partir de aquí.

Por todo esto, Seventeen Seconds es un decidido paso adelante incomparable e inesperado si pretendemos buscar pistas de su origen en ese Three Imaginary Boys, que parecía tan lejano ya entonces. La evolución se basa en la ambición de un Robert Smith que se lo jugó todo a la carta del desnudo y que estableció conexiones, queriéndolo o no, con cosas antes imposibles, como el Low (1977) de David Bowie, los guitarreos aéreos de Vini Reilly (The Durutti Column) o incluso el ambient de Brian Eno.

Con su segunda entrega, The Cure fabrica un pequeño clásico de esos que van a habitar nuestros sueños para siempre. Por su sonido melancólico y sólidamente brumoso, por su densa oscuridad y por entregar dos de las joyas más refulgentes de su canon. Me refiero, cómo no, a esas "Play for Today" y "A Forest", quizás los dos mejores ejemplos de cómo casar melancolía terminal con esas melodías que se te clavan en el alma. Para siempre.

★★★★☆

A1 A Reflection ✔
A2 Play for Today ❤
A3 Secrets
A4 In Your House
A5 Three 
B1 The Final Sound 
B2 A Forest
B3 M
B4 At Night
B5 Seventeen Seconds
 
Total: 36 min.
 

Las elucubraciones sobre el título del álbum son variadas y para todos los gustos, aunque centrándose en esos aspectos tétricos y morbosos que son los que un álbum así acaba despertando. Así, hay quien dice por ahí que 17 segundos es el tiempo que se tarda en morir cuando se secciona una arteria o que cada 17 segundos se produce un suicidio en el mundo.

Lo cierto es que Robert Smith nunca ha aclarado la elección del título más allá de afirmar que se trata de una medida de tiempo arbitraria que se encontraba por todas partes en la época. Poca chicha encontraremos por tanto si vamos por ahí.

Sería una conexión muy burda para la sutileza que siempre ha derrochado el de Blackpool. Una sutileza que derrama a manos llenas en una cubierta borrosa y atractiva como pocas en la historia de la banda. Una portada que habla de todos esos sentimientos etéreos de los que hablábamos y de una pasión contenida que me lleva directamente a Caspar David Friedrich y sus paisajes al límite de la expresión, con los elementos en todo su esplendor.

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