sábado, 8 de marzo de 2025
jueves, 12 de octubre de 2023
El silencio como un estallido
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jueves, 10 de mayo de 2012
En el volcán
Agharta/Pangaea (Miles Davis, 1975/1976)
JAZZ ELÉCTRICO. El 1 de febrero de 1975 Miles Davis ofreció dos pases en concierto en Osaka (Japón). El resultado de la erupción quedó registrado para siempre en cuatro rodajas que repartió en dos discos gemelos, Pangaea y Agartha. El primero recoge la actuación del grupo por la noche, mientras que el segundo se encarga de glosar la actuación de la tarde. Para la posteridad, más de tres horas de música carnosa y chispeante con improvisaciones mastodónticas que alargaban los temas hasta límites insospechados e insoportables para el oyente medio.
Los traumas y problemas que acosaban a Miles en la época se colaron de alguna forma en unas grabaciones hiperactivas y sudorosas que también dejan su espacio para la meditación y el gemido pausado del trompetista. Sería, no se sabía entonces, su despedida de los escenarios y la creación musical durante seis años. No es de extrañar. Tras escuchar estas grabaciones se aprecia el agotamiento. Y en los momentos en que no se aprecia, es fácil intuirlo. Nadie puede vaciarse así y seguir como si nada. Ni siquiera Miles.
Agharta se nutre de las teorías budistas sobre la existencia de una civilización subterránea. Según parece, este territorio se situaría en Asia y su capital, Shambala, estaría debajo del desierto de Gobi. Pangaea toma el nombre del supracontinente origen de los actuales, que existió durante las eras Paleozoica y Mesozoica, hace cientos de millones de años. Se trata de títulos evocadores, rimbombantes y nada tímidos para una música que tiene más que ver con el concepto oriental de la misma. El pop no tiene nada que hacer aquí. La improvisación se impone a unos patrones de funk hipnótico y de una elasticidad casi ilimitada en jams que parecen no querer acabar nunca.
Mis investigaciones por la red no me han dejado claro cuál de los dos discos se publicó antes. Lo que sí parece claro es que Pangaea recoge la actuación nocturna de los dos pases que Davis ofreció ese día y suele haber consenso en colocarlo por debajo de su hermano en el escalafón. No puedo decir que esté de acuerdo con dicha apreciación. Para mi oído poco entrenado en el jazz, el ambiente y el tono me parecen idénticos a los de Agharta. Lo veo como un disco, otro, torrencial en el que el directo es la excusa para explayarse en improvisaciones que aterran en su extensión.
En su conjunto, estas más de tres horas de música escuecen y apabullan, eso es innegable, en una obra que tuvo que ser mutilada en cuatro partes para poder ser editada en vinilo. Con el CD se solucionó el problema y en las ediciones actuales podemos disfrutar sin cortes ni cambios de cara de toneladas de vibración funk-jazz y sinuosos temas inacabables de trompeta electrificada. Una trompeta que, pasada por ese wah-wah tan característico de esta época de Davis, serpentea, se enrosca y ataca como una víbora. Un wah-wah que te come en casi todo el trayecto. La verdad es que no sé si hay algún instrumento que no lo use. Guitarras, bajos, trompetas... El sonido telúrico de una masa terrestre en erupción. Continentes que se quiebran y se separan.
Una descripción muy sugerente, aunque tampoco se puede decir que todo sea disfrute a lo largo de toda esta filmación del cataclismo en tiempo real. Ni se puede, ni se pide... Y por supuesto tampoco es algo que Miles pretenda. Como me dijo cierto profesor al presentar su asignatura: "no les prometo diversión".
★★★☆☆
Total: 97:51
miércoles, 9 de mayo de 2012
Rojo estroboscópico
JAZZ ELÉCTRICO. Este es el disco más aventurero, adictivo y salvaje que se haya grabado jamás. No sé si exagero, es difícil saberlo ante tamaño coloso de la música popular. Lo cierto es que la obra maestra de Miles Davis no envejece ni un minuto desde ese lejano 1970 en el que se parió. Y fue un parto difícil. Ni el público ni el entorno del trompetista acababan de verlo con buenos ojos, pero por suerte eso no iba a detener a Miles en la culminación de su reinvención como Apolo eléctrico en plena celebración de su negritud.
In a Silent Way (1969) ya fue revelador y catártico. Un monumento que inauguraba un ciclo de exploración y frenesí eléctrico. Este lo supera y se erige en cúspide de un sonido y una actitud. El disco, cuyo título homenajea y retuerce el "brebaje de brujas" (Witches brew) de Macbeth (William Shakespeare), es una monstruosidad doble que se acerca a los 100 minutos. La primera rodaja la ocupan dos temas. "Pharaoh's Dance" abre fuego y llena la cara A como un manto eléctrico, donde el teclado y sus dibujos marcan la pauta y rellenan huecos inimaginados en el subconsciente. Joe Zawinul es responsable de la composición y marca claramente un ambiente fantasmagórico que agarra al oyente por el cuello desde que empieza a sonar. El pianista se erige en consejero espiritual de Miles en esta etapa de fusión salvaje, no solo en este disco sino desde el mismo comienzo con el anterior. El segundo tema también se merienda la cara B por completo y el título habla por sí solo. Es, efectivamente, un "brebaje de zorras", un tema lascivo, vicioso y afilado como una daga al rojo vivo. Pulsaciones y eyaculaciones de trompeta marcan el dibujo principal de una pieza densa, magmática y brutal.
La principal característica de este álbum sería la libertad expresada en improvisaciones largas, carnosas y que no conocen límites. Estas continúan en un segundo volumen sustantivo, que empieza con un ritmo mareante y letal en "Spanish Key" y continúa en una exhibición de ese guitarrista sutil, melódico y demoníaco que podía ser John McLaughlin (su nombre da título al tema). Volcánico como esa salvajada en crescendo desatado que es "Miles Runs the Voodoo Down". Con un final apocalíptico, es la perfecta introducción para "Sanctuary", un cierre que comienza ensoñador y clásico para ir envenenándose y dejarte a las puertas de Jericó.
Tengo la costumbre de asociar la música con colores. En mi discoteca hay discos negros y azules, malvas y blancos. Y no me refiero a sus portadas (aunque eso pueda influir). El sonido que contienen me inspira una u otra tonalidad. Pues bien, este disco sería ROJO. El rojo de las luces estroboscópicas. O quizás el naranja brillante y explosivo de la lava encendida. Y de eso tienen buena culpa las dos primeras composiciones. El resto acompaña, borbotea y estalla, pero son las dos primeras el pórtico iniciático, la bienvenida traicionera y bajuna a unos placeres ocultos y muchas veces inalcanzables. Es oir los primeros acordes empujados por la batería insistente de "Pharaoh's Dance" y verlo todo de color carmesí. Como si un velo de gasa roja envolviera mis pensamientos. Imágenes de brujas y zorras bailando el baile de la barbarie. Y el caldero borboteando para la eternidad. Miles fue un santo y una figura inimitable. Y Bitches Brew lo atestigua como el testamento que cualquiera querría legar. Aunque no pertenezcas a este mundo.![]()
A pesar de ser un disco a todas luces difícil, fue el primer disco de oro para Miles Davis.
Fueron pocas las piezas de este disco que tuvieron ensayos previos a su grabación. La mayor parte de ellas se grababan después de seguir unas breves indicaciones de Miles. Simplemente indicaba el tempo, algunos acordes o algún detalle de la melodía principal. Con eso debían tener más que suficiente los músicos para desarrollar su arte.
En "John McLaughlin" Miles no tocó nada, algo cuando menos curioso en un artista tan aglutinador y absoluto.
En esta grabación la edición tuvo un protagonismo importante. No es fruto de la casualidad a pesar de lo que pueda parecer. Se unieron diferentes secciones y se añadieron efectos para conseguir el resultado final.
La maravillosa portada es obra de Mati Klarwein, poseedor de un estilo más que característico que virtió en otras portadas míticas como la de Abraxas (Santana, 1970):
lunes, 7 de mayo de 2012
"A legend is an old man with a cane known for what he used to do. I'm still doing it.”

Davis nació en el estado de Illinois y sus primeros pasos discográficos se iniciaron en los primeros 50, cuando arreciaba el bebop y la improvisación salvaje. Pronto pasó a la suavidad del cool jazz y experimentó con los entresijos del jazz modal. Escalas para la improvisación en lugar de acordes que resultaba en un sonido más cálido, calmado y nocturno con drones elásticos y soplidos extáticos que elevaban al oyente de forma pausada y continuada. De esta etapa surgieron algunas de sus obras clave. De entre todas destaca el que puede ser su disco más querido e importante. Una joya llamada Kind of Blue (1959). Esta etapa plácida pero nada complaciente se prolongó a lo largo de los 60 con joyas como Sketches of Spain (1960) o Nefertiti (1967).
Y tras la calma, por supuesto, estalló la tormenta. Davis nunca ocultó su querencia por los sonidos negros más radicales que estaban poniendo el mundo patas arriba. James Brown, Sly Stone y Jimi Hendrix serían claves para entender el siguiente paso del trompetista. Electricidad infecciosa, bases funk/rock y wah-wahs diabólicos empezaron a poblar los discos de los 70. Obras tan capitales y absolutamente eternas como In a Silent Way (1969) o Bitches Brew (1970) conjugaban una expresividad torrencial y una ausencia de limitaciones bestial. A estas les siguieron una tanda de grabaciones en directo en formato doble extenuantes y excesivas. Un momento de ardor que para el oyente resultaba tan jugoso como imposible de abarcar.
Después de esto, en la etapa de madurez, nos encontramos de todo, aunque en general se aprecia un bajón importante como no podía ser de otra forma. Miles lo había dado todo y más. Se atrevió y salió victorioso en casi todo lo que se propuso y nos legó para la posteridad un canon inigualable por cantidad y, sobre todo, calidad. Un buen puñado de obras maestras y una actitud sincera e irreductible. Música muy fuerte. En todos los sentidos.
3 básicos
A Kind of Blue ***** (1959)
La seda tersa en el momento cumbre del cool. Un disco mítico por lo que significó para el futuro de la música pero también, y conviene no olvidarlo, por la conjunción astral de unos músicos apabullantes unidos en una fuerza común, vibrante y directa a las estrellas. Inagotable.
In a Silent Way ****1/2 (1969)
La revolución eléctrica con los primeros postulados de ese maestro de ceremonias que fue Joe Zawinul. Dos temas largos para completar un tratado de excitación progresiva y latente en el que la atmósfera se crea viciando el sonido y retorciendo los acordes. Grande y rotundo.
Bitches Brew ***** (1971)
La brutalidad del funk/rock disimulado aún pero que se infiltra en unas improvisaciones mayestáticas. Zawinul está en pleno apogeo aquí. Como también un guitarrista joven pero para nada inexperto llamado John McLaughlin. ¿Les suena? Miles gobierna una nave en llamas directa hacia el Estigia y sabe delegar cuando es necesario en una lucha sin prisioneros. Insaciable.
El mejor tema
Entre tanta joya y tanto sonido devastador me quedo, no sin cosilla por los demás, con "All Blues", un temazo de 11 minutejos que se infla como un globo de manera progresiva y sin llegar a estallar para que acabemos flotando en el éter agarrados a su cuerda. La trompeta de Davis suena aquí expresiva y cálida como nunca (o como siempre) y la banda que acompaña es la de ese disco hecho en el cielo al que pertenece el tema. John Coltrane, John "Cannonball" Adderley, Bill Evans, Jimmy Cobb... estos son los nombres más destacados en un tema histórico dentro de un disco que hizo historia.
lunes, 30 de abril de 2012
Matices de azul
Grabado en 1959, Kind of Blue amplía y sella el movimiento "cool jazz". Es la expresión máxima de esta variante sedosa y aterciopelada de hacer jazz que se enfrentó a los exabruptos del bebop una década antes. La perfección del disco es sencillamente abrumadora. En cinco temas espaciados, brumosos y sublimes, Davis susurra al oyente, lo acuna y lo empuja con suavidad para que flote en el espacio durante tres cuartos de hora inimaginados hasta y desde entonces. Bueno, esto lo hace el mago de la trompeta junto a una banda de antología. La alineación da hasta escalofríos. Al trompetista lo acompañan Julian "Cannonball" Adderley al saxo alto, Bill Evans al piano (Wynton Kelly lo toca en "Freddie Freeloader"), Paul Chambers al contrabajo, Jimmy Cobb a la batería y el soberbio John Coltrane al saxo tenor. Un conjunto terrorífico que ofrece lo mejor de sí mismo y que transmite el hecho de estar haciendo historia en cada nota.
El disco se abre con la caricia de un piano y termina entre susurros apagándose lentamente como un suspiro. Y en medio parece que no ha ocurrido nada, cuando en realidad nuestra sonrisa y la bruma de nuestro cerebro nos indica que vamos a tardar en recuperarnos de la conmoción. "So What" abre con parsimonia y embrujo instantáneo para enlazar de manera natural e imperceptible con su continuación natural. Se trata de una apuesta doble sobre el tema inicial, "Freddie Freeloader". Después de estos dos momentazos inextricables, sutiles y hermosos, nos sumerjimos en las aguas plácidas y cálidas de "Blue In Green". Un auténtico sueño en el que retozar gozosos mientras esperamos el turno para mi favorita del disco, "All Blues", once minutos y medio de blues bullente y vibrante que no deseas que acaben nunca. O sí, porque solo de ese modo se podrá disfrutar del final herido, falsamente plácido, nocturno, pasional, que es "Flamenco Sketches". Un adelanto de lo que nos esperaba en el excelente Sketches of Spain (1960) y perfecto cierre para un mito de estas dimensiones.
Kind of Blue es de esos discos que tienen una historia para cada oyente. Es un mundo en sí mismo. Tan grande que no admite simplificaciones ni análisis absolutos. Es una de esas obras de arte que no pueden explicarse porque no parecen hechas en este mundo. El batería, Jimmy Cobb, ha dicho alguna vez que este disco debe haber sido hecho en el cielo. Y sin embargo es tan terrenal que conmueve y duele como el primer día. No, este no es simplemente "el disco". Este disco es EL JAZZ.![]()
Total: 46 min.
El disco supuso un antes y un después para Davis, entre otras muchísimas cosas, por ser el receptáculo donde volcó sus inquietudes con el jazz modal que se enfrentaba al hard bop y su intrincada improvisación y cambios de acorde. El jazz modal es más melódico y menos abrupto. Los acordes se mantienen durante más compases y el uso de drones lo hacen en suma (y simplificando mucho) más suave y cálido.
- El disco ha influido enormente en el jazz como es de esperar, pero también en otros estilos de música, entre ellos el rock y la música clásica. No en vano, siempre está presente en cualquier lista de mejores discos de la historia.
- "It (Kind of Blue) must have been made in heaven." (Jimmy Cobb, batería del sexteto de Miles Davis).
- “That will always be my music, man. I play 'Kind of Blue' every day – it's my orange juice." (Quincy Jones).
- "(Kind of Blue) It's like the Bible—you just have one in your house." (Q-Tip).
miércoles, 25 de abril de 2012
La pausa y el ritmo
COOL JAZZ. Una injusticia total. Estos temas fueron grabados entre 1949-50 pero hubo que esperar hasta 1957 para disfrutarlos todos juntos. Algunos de ellos ya habían ido apareciendo en singles o recopilatorios de 10 pulgadas. El tema "Darn That Dream", además, empezó a añadirse como parte del disco a partir de las reediciones posteriores a 1971.
Se trata de una grabación seminal para el jazz. Ayudó a instaurar y definir lo que se llamaría "cool jazz", una corriente surgida tras la segunda guerra mundial que se contraponía a los ritmos enrevesados y frenéticos del bebop. El "cool" no nació con estas grabaciones pero la importancia del álbum lo hace fundamental para entender su evolución. No solo por darle una forma nueva a esta música que empezaba a basarse en ritmos más pausados y ambientes meditativos. El disco abrió una grieta en la ortodoxia, y eso siempre es destacable. Los tonos pastel cubrirían el rojo fuego del bebop, y de eso este disco fue maestro.
Lo más destacable de estas grabaciones radica en que a pesar de ser publicadas ocho años después de ser registradas fueron recibidas como toda una innovación. La sonoridad del noneto Capitol de Davis rasgó más de una vestidura. Ni pensar quiero qué hubiera pasado de haberse publicado en 1950 como debería si alguien hubiera tenido el valor o la visión para hacerlo. Avanzado para la época, fresco y hermoso, este nacimiento del "cool" merece su sitio en cualquier colección medianamente seria.











